Los guardianes de la memoria del Catatumbo

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La Asociación de Desplazados de la Provincia de Ocaña publicó recientemente un libro escrito a decenas de manos de dos generaciones, que recoge la historia de sus miembros en el marco del conflicto armado en la región.

Cuando las familias de la Asociación de Desplazados de la Provincia de Ocaña (Asodepo) decidieron erigir un monumento para recordar a las víctimas del conflicto armado en el Catatumbo, pensaron en un bocachico, el pez que habita las cuencas del norte de Colombia y remonta las aguas de los ríos en migraciones masivas conocidas como subiendas. Para las familias, el bocachico es testigo silencioso de los horrores de la guerra en la región, sus ríos Magdalena y Catatumbo hechos vertederos de cuerpos.

El monumento se alza en Brisas del Polaco, un barrio en Ocaña en el que las familias de desplazados construyeron sus hogares tras una lucha de años por sus derechos como víctimas de la guerra. Estas familias, que sufrieron y atestiguaron la violencia de paramilitares, fuerzas armadas y grupos guerrilleros, crearon un segundo monumento, uno que no representa el silencio, sino que lo rompe.

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En el libro Reviviendo el pasado, construyendo el futuro reunieron 60 historias de víctimas del conflicto armado en el Catatumbo: 30 de personas que sobrevivieron a la violencia y 30 de personas asesinadas o desaparecidas. Con el bocachico y el libro, publicado a finales de diciembre de 2020, completaron una iniciativa de memoria histórica que trazaron hace 17 años. Ahora quieren culminarla con la difusión de las historias que recogieron.

El libro, escrito entre dos generaciones y a varias manos, se produjo con el apoyo del Programa de Apoyo a la Construcción de Paz en Colombia (Propaz), de la Cooperación Alemana para el Desarrollo (GIZ). Treinta hombres y mujeres de 14 años en adelante hicieron las entrevistas y contribuyeron en la redacción.

Para hacerlo, se formaron como Guardianes de la Memoria con el apoyo de la Corporación Construyendo Poder, Democracia y Paz (Poderpaz), la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (CEV) y la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Durante el período de formación, estudiaron iniciativas afines en Latinoamérica, proyectos de construcción de memoria y protocolos de documentación de violaciones de derechos humanos.

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El diálogo intergeneracional es, quizás, el aspecto más importante de la iniciativa. La memoria histórica es un legado de las familias a sus hijos. Al hacer a los jóvenes custodios de las historias de sus mayores, la Asociación sentó las bases de un relevo generacional para el futuro avance de las luchas de esta. “Nosotros como jóvenes aprendemos de cada uno de ellos, y aunque no entendamos totalmente lo que sienten, ahora nos sentimos más admirados y comprometidos por todo lo que han vivido y construido, y sobre todo por el deseo que tienen de que nada de eso vuelva a ocurrir”, cuenta uno de los jóvenes que trabajaron en el libro.

Para entender la historia del colectivo, revisaron documentos y organizaron un Círculo de la Memoria, espacio de diálogo con algunas de las personas que fundaron la Asociación. Luego entrevistaron a las 60 familias, elegidas de diferentes municipios y con diversas experiencias del conflicto para lograr con la totalidad de los testimonios una visión amplia de las formas de la violencia y resistencia en el Catatumbo.

El resultado es una colección de relatos cortos que narran los hechos violentos y describen a las víctimas sus intereses y proyectos de vida.

“Le gustaba mucho el pescado guisado, disfrutaba mucho de ir al río a pescar, preparaba los anzuelos la tarde anterior y luego iba en la mañana a sacar bocachico”, cuenta uno de los familiares de Abdiel, campesino de 22 años que, según los testimonios, fue torturado y asesinado por el Ejército Nacional.

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“A Ezequiel lo recuerda su familia como una persona amable, sociable y colaboradora, fue parte de la junta de acción comunal y participaba en la construcción de caminos veredales”, cuentan sobre Ezequiel, padre de nueve hijos. Desapareció, según testigos, en territorio bajo el control de las Farc.

Estos relatos cumplen con el primer propósito enunciado en el título de la investigación, el de revivir el pasado. El conflicto ha cambiado, pero sigue vivo. Según “Líderes desprotegidos y comunidades indefensas”, informe de Human Rights Watch, se registraron 179 homicidios entre enero y finales de noviembre de 2020. La Defensora del Pueblo reportó los asesinatos de 29 defensores de derechos humanos desde 2016. El año 2021 abrió con confinamientos y desplazamientos. A mediados de enero, alrededor de 250 personas tuvieron que abandonar sus tierras en La Silla, zona rural de Tibú, por enfrentamientos entre grupos armados, como los Rastrojos y el Eln.

La conclusión del libro es una serie de recomendaciones de las víctimas para que el conflicto cese. Todos los reclamos de la Asociación están en el terreno de la justicia restaurativa. “No compartimos las penas que se les dan a los victimarios, ya sean guerrilla, paramilitares o miembros de la Fuerza Pública”, dice Alfredy Galvis, integrante de Asodepo y líder del proyecto de investigación. “Son normativas que se respetan, aunque no se aceptan. Asodepo no discute ni pierde el tiempo en algo que en la normativa no va a cambiar. Uno prefiere sacrificar derechos para que el derecho de la paz se vuelva una realidad”. Eso, dicen las familias, depende de la protección de otros derechos…

El derecho a los restos de sus seres queridos:

“Que sigan en la búsqueda, para ver si mi pelao aparece, sea vivo o sea muerto. Si aparece vivo, qué mejor sería; y si aparece muerto, pues uno ya sabe. Eso para nosotros es lo más importante, por el tema de la salud, de verdad que necesitamos unas ayudas y la reparación”.

El derecho a la verdad

“A mí sí me gustaría saber la verdad, conocer al que lo mató, conocerlos a ellos, por qué mataron a Mono si él era sano. Yo quiero que a mí me paguen todo lo que perdí, quiero una reparación integral. Yo, por ejemplo, he estado con psicólogos y también he llevado mucho a la niña. Quiero que mis hijos tengan lo que yo trabajé y lo que él trabajó, que hereden nuestro trabajo. Llevo 16 años desplazada, ¿cuánto no le habrán sacado a esa finca?, dicen que es el Estado el que la tiene llena de palma”.

El derecho a una vivienda digna

“La verdad es que lo económico nunca va a llenar los vacíos, pero el Estado sí debería ayudarnos a tener una vivienda, que nos reparen con una vivienda, igual con el estudio, porque eso nos queda para toda la vida y uno puede de esa manera superarse”.

El derecho a la repatriación

“Sería muy bonito que pudiéramos retornar, mi hermana es una de las que quisiera que todo fuera como antes, uno tenía su casita, no era mucho lo que teníamos, pero sí vivíamos bien, como familia vivíamos bien”.

Entre tanto, las familias de Asodepo, esperan que el libro lleve a una comprensión más amplia del conflicto armado e ilumine posibles caminos para terminarlo. “El fin principal es llamar al sentido humano a las personas naturales que son del común, pero especialmente las personas de las entidades públicas y privadas, dice Galvis. “Me gustaría que les generen interrogantes que lleven a indagar a los hechos históricos en los que nos ha sumido en este conflicto que parece no parar”.

*Periodista y profesor de cátedra del Centro de Estudios de Periodismo de la Universidad de los Andes.

**Este texto forma parte de un mapeo de iniciativas de memoria acompañado por el Programa de Apoyo a la Construcción de la Paz en Colombia (Propaz), programa de la Cooperación Alemana para el Desarrollo (GIZ). El objetivo del programa es que las políticas de paz se implementen de forma participativa y eficiente. Dos de sus ejes clave son el fomento de iniciativas relacionadas con la justicia tradicional y la memoria histórica, y el apoyo a la búsqueda de personas dadas por desaparecidas.

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