“Perdonando lo imperdonable”: un corto para entender cómo afecta el conflicto a los niños y niñas

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Diez estudiantes de grados octavo y noveno del oriente de Cali hicieron un cortometraje, de 10 minutos, que retrata la realidad del conflicto armado en el Pacífico colombiano. Fueron dirigidos por dos estudiantes de Cine y Comunicación Digital y apoyados por la Comisión de la Verdad.

Justo cuando en la Institución Educativa Los Ángeles de Dios, ubicada en el barrio Manuela Beltrán (comuna 14, oriente de Cali), comenzaba la cátedra de paz para enseñar sobre las marcas que ha dejado el conflicto armado, asesinaron a Luis Fernando Montaño, uno de los jóvenes víctimas de la masacre de Llano Verde, perpetrada el pasado 11 de agosto en los cañaduzales de este sector. Montaño era estudiante de grado décimo de este colegio. Desde ese día, sus profesores y amigos decidieron que antes de acabar el año harían un homenaje artístico en su nombre. El pasado 27 de noviembre, lanzaron el cortometraje “Perdonar lo imperdonable”.

Aunque el producto audiovisual no es precisamente sobre la vida de Montaño ni sobre la masacre de Llano Verde, sí es sobre el impacto que tiene el conflicto armado en los niños y niñas del país, sobre todo de la región Pacífico. En alianza con la Comisión de la Verdad y la Escuela de Facilitadores Sociales de la Universidad Autónoma de Occidente (UAO), diez estudiantes de esta institución recibieron capacitaciones en producción cinematográfica y en memoria de la guerra.

El profesor Jimmy Castillo, encargado del área de Ciencias Sociales, cuenta que “el cortometraje recoge lo que nosotros veníamos enseñando en la Cátedra de Paz y la de Historia. Esta es una Institución donde buscamos escuchar siempre las historias de los niños, donde ellos nos hablan de sus vivencias en el conflicto”.

Cali es la ciudad receptora de las víctimas de la violencia que provienen del norte y sur del Valle del Cauca, el Cauca y Nariño. Hasta el año pasado, se estimaba que 20.000 las víctimas del conflicto han llegado desplazadas hasta esta ciudad. Gran parte de ellas se han asentado en las comunas 11, 13, 14 y 15, ubicadas al oriente. Por eso, en el barrio Manuela Beltrán, muchas de las familias son oriundas de otros municipios y han llegado en búsqueda de oportunidades y de un entorno lejos de la guerra.

El cortometraje, que tiene una duración de 10 minutos, narra la historia de una joven de 14 años llamada Mari, que desde pequeña vivió hechos de la violencia, como el secuestro de su padre por parte de la guerrilla, el desplazamiento forzado y el asesinato de su mejor amigo, de quien estaba enamorada. En el filme, la protagonista se encuentra frente a frente con uno de los victimarios, a quien luego decide perdonar. La historia fue escrita por James Valencia, un niño de 14 años, estudiante de grado noveno; fue protagonizada por los niños, niñas y los docentes del colegio, y editada por Guadalupe Escandón y Santiago Ortiz, estudiantes del programa de Cine y Comunicación Digital de la UAO.

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Guadalupe Escandón cuenta que “el objetivo del taller, que duró tres meses, era reivindicar las voces de los niños en la guerra, porque siempre la historia la cuentan los adultos. Todos los niños debían escribir una historia y una propuesta de guion, para luego entre todos elegir cuál grabaríamos. Podía ser realidad o ficción, pero elegimos la de James porque creemos que retrata la realidad de muchos de ellos”.

Aunque la historia de la película se desarrolla en Cali, James quería que la grabaran el El Tambo (Cauca), de donde es oriundo y salió desplazado con su familia. Si bien su guión es una historia que le ocurrió, señala que sí se inspiró en lo que ha vivido a su corta edad. “Nosotros le pedimos que escribiera algo con lo que se identificara, tuvimos que cambiar algunas cosas por temas de locación y logística, pero es cercano a la vida de él”, agrega Guadalupe.

La Comisión de la Verdad, entidad que hizo posible el proyecto, solo puso una condición a los dos estudiantes de cine que liderarían los talleres: el producto final tenía que ser algo que reflejara las voces de los niños sobre la guerra. Y eso ocurrió. Maybe Caicedo, de 14 años y uno de los protagonistas, afirma que ha crecido escuchando las historias de la guerra de sus compañeros: “A mí no me ha tocado vivir la violencia pero a mis amigos sí, la mayoría son desplazados. Y a partir de este taller, me abrieron los ojos”.

De hecho, explica, es por la realidad que ha visto en el barrio que sueña con ser abogado, pero a raíz de esta experiencia también quiere estudiar actuación o producción audiovisual. “Aprendí cosas que uno viendo en una película no se da cuenta, entonces cuando esté grande quiero seguir contando historias a través del cine pero juntándolo con las leyes”.

Él no fue el único que se lanzó a actuar por primera vez. El profesor Jimmy Castillo, por ejemplo, hizo el papel del padrastro de Mari, quien vive junto a ella los hechos de la guerra. “Inicialmente yo sólo apoyaba el proceso desde afuera pero me invitaron a participar y bueno, creí que era una forma de acercarme más a los estudiantes en su realidad”. Al igual que Jimmy, otros miembros del colegio, como los profesores de Educación Física, Ciencias Naturales y hasta un trabajador de servicios generales, se involucraron en el rodaje.

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Para Guadalupe Escandón también fue una experiencia enriquecedora, pues una de sus pasiones es el cine comunitario. Aunque asegura que también fue todo un reto: “Santiago y yo elegimos hacer, como trabajo de grado, una pasantía comunitaria. Al principio queríamos elegir un proyecto que fuera sólo de mujeres, pero nos ofrecieron trabajar con niños y en temas de conflicto armado y eso fue muy interesante”. Para llegar a la pasantía, explica que pasó por la Escuela de Facilitadores Sociales, un programa de su universidad en el que recibió capacitación, durante un semestre, en el que aprendió cómo interactuar con los adultos mayores, mujeres, niños y personas que han vivido momentos de violencia.

La Escuela de Facilitadores Sociales, que dirige Paola Andrea Luján, es un proceso social en el que buscan que los jóvenes de todas las carreras puedan aterrizar los conocimientos académicos al servicio de una comunidad específica. Desde este año, la universidad logró una alianza con la Comisión de la Verdad para que los estudiantes que opten por la pasantía comunitaria se acerquen a temas relacionados con el conflicto armado que vivió Colombia por más de medio siglo. Según ella, es una apuesta para que desde la academia se adentren en otras realidades.

El mayor reto para los dos estudiantes de cine fue preparar los talleres en medio de la cuarentena por la pandemia del COVID-19. Relatan que comenzaron en septiembre de este año con clases virtuales sobre historia del cine, fundamentos de las películas y con conocimientos generales para una producción; sin embargo, fue hasta el rodaje que pudo conocer frente a frente a los estudiantes del colegio. “Eso fue lo más duro, hacer todo a través de una pantalla y además fue frustrante en cierto punto porque nosotros comenzamos capacitando 13 niños pero terminamos con 10, porque los otros tres tuvieron que retirarse por las complejidades para conectarse a las clases por internet”.

Durante los tres días de rodaje se unieron para cumplir el sueño de rodar, con equipos profesionales, su primera película. El único sinsabor que tienen es que, por ahora, no pueden publicarla en ninguna plataforma digital: ese es el requisito para participar en Festivales de Cine, en los que esperan que el trabajo de los niños se lleve algún galardón. Para el próximo año, los estudiantes ya están planeando una segunda parte del cortometraje. El profesor Jimmy Castillo apoyará este proyecto: “El plan es sentarnos a escuchar a los chicos para pensar qué queremos grabar, pero la idea es que siga por la misma línea de los procesos de reconciliación en el conflicto armado”.

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