Se conmemoran 20 años

Por la verdad de la toma de Gutiérrez

El 8 de julio de 1999, en Gutiérrez, Cundinamarca, guerrilleros de las Farc mataron a 38 jóvenes soldados desarmados, adscritos al Batallón Landazábal Reyes. Uno de los sobrevivientes busca visibilizar a las víctimas.

Leonor Cortés, Darío Alfaro y Ana Fabiola Cardona, víctimas de la toma de las Farc a Gutiérrez, Cundinamarca. / Gustavo Torrijos - El Espectador

El soldado profesional Darío Alfaro ha pasado los últimos meses buscando de puerta en puerta, en un barrio del sur de Bogotá, a la madre de su compañero Fredy Reinaldo Grillo. Toc toc. Abren un portón, pero le dicen que allí no vive, que no saben quién es. Toc toc. Toc toc. Le responde el silencio. Toc toc. Le sugieren que vaya a la cuadra más arriba. Alfaro ha golpeado en más de 20 casas, pero no se cansa, aunque la tarea sea complicada. No conoce a la mujer y el único dato que tiene es el nombre de su hijo asesinado hace 20 años.

Nadie le va a sacar de la cabeza que la va a encontrar: “Parece difícil, pero así he logrado dar con varias de las mamás de mis compañeros. Ya se vuelve un reto, ¿sabe? Si a mí me hubieran matado en esa masacre, yo hubiera querido que hicieran lo mismo con mi mamita. Es que los muertos también se mueren en la memoria”.

El soldado Alfaro es uno de los ocho sobrevivientes de la toma que la exguerrilla de las Farc hizo en el municipio de Gutiérrez, Cundinamarca, el 8 de julio de 1999. Esa masacre, como hoy la llaman los militares, fue uno de los más duros golpes que recibió el Ejército Nacional en medio del conflicto con ese grupo armado.

Los guerrilleros asesinaron, en estado de indefensión, a 38 soldados adscritos al batallón Landazábal Reyes, ubicado en Bogotá, que prestaban el servicio militar y no tenían más de 20 años. Los informes forenses de ese momento aseguran que recibieron tiros de gracia a menos de un metro de distancia. Luis Fernando Ramírez, el entonces ministro de Defensa del gobierno de Andrés Pastrana, calificó el hecho como “demencial”. Alfaro, que sobrevivió a este y una decena de combates en Meta, Antioquia y Sumapaz, dice que la toma de Gutiérrez es parte de los hechos que están en la bolsa de lo indescriptible.

 
 

El 10 de julio se registró que fueron asesinados 38 soldados y resultaron heridos ocho. / Archivo

La toma de Gutiérrez

“Poco antes del canto del gallo de las cinco, la fría bruma de esta pequeña localidad cundinamarquesa fue rota por un disparo seco. Al instante una lluvia de ráfagas terminó por romper la tranquilidad para dar paso a la jornada más dramática de este pueblo, ubicado a tres horas de Bogotá. Las Farc iniciaron así un ataque que hasta el cierre de esta edición presentaba un balance desolador”.

Así comenzó la noticia que al día siguiente de la toma de Gutiérrez publicó El Espectador en dos páginas. Allí se revelaron algunos datos claves para determinar que la acción de las Farc había sido una infracción al Derecho Internacional Humanitario (DIH), la rama del derecho que busca limitar los efectos de las guerras en el mundo. Allí quedaron registrados la indefensión de los soldados, la utilización de cilindros bomba y la intención de las Farc de asesinar a los retenidos, según la interceptación de las comunicaciones entre Víctor Suárez, conocido como el Mono Jojoy, y Henry Castellanos, Romaña, quien comandó la toma.

 
 

El Espectador, después de la visita a la zona, registró la destrucción  tras el ataque de 500 guerrilleros. / Archivo

El sargento (r) Pedro Nel Villa, en ese entonces analista de inteligencia militar, explica que Gutiérrez era una zona estratégica para las intenciones de expansión de las Farc en el país: “Este municipio fue importante, porque era un corredor de movilidad para ellos entre Meta y el centro. Los avances de sus estructuras obedecían a lo que ellos denominaron Plan Estratégico para la Toma del Poder. En ese año llegaron a Cundinamarca alrededor de 28 frentes, entre ellos el 51, 52, 53, 54 y 55, además de 350 compañías móviles. Su objetivo era cercar Bogotá”.

Gutiérrez estaba a un paso del páramo de Sumapaz, donde los guerrilleros tenían asiento histórico y trasladaban sus tropas sin mayor inconveniente. Hoy el sargento Villa recuerda que en 1999 alertó a sus superiores de una posible toma de Gutiérrez, pero no valoraron su advertencia.

Después de esta toma, y más tarde la de Mitú (Vaupés), las Fuerzas Militares dieron un giro a su táctica y estrategia. Para combatir la presión de la guerrilla en Cundinamarca crearon la primera Unidad de Fuerza de Despliegue Rápido y la primera escuela de soldados profesionales. Alfaro fue uno de esos primeros militares entrenados y dice, al igual que el sargento Villa, que después de eso presenció los peores combates en la región, mientras que el Gobierno negociaba una mesa de diálogos con la guerrilla.

Los salvavidas

Leonor Cortés Torres recuerda que cuando se enteró de que su hijo, Jorge Trujillo Cortés, era uno de los asesinados de Gutiérrez tomó un taxi y se fue hasta el batallón, en Bogotá. Entró a una sala donde había unas mujeres golpeando las paredes, otras gritando y unas cuantas sedadas. “Se me acercó un señor y me dijo: “Lo sentimos, Trujillo es uno de los caídos”. Y en ese instante yo caí con él”. Jorge era su único hijo. Aun así el Ejército se lo llevó a prestar servicio militar. Tenía 19 años.

Es una mujer fuerte, aunque ella insista en que no lo es. Después de la muerte de Jorge cree que quedó loca. Y más que loca, sola. “No tengo a nadie. Hoy tengo a mis loros y a mi gatica. Estoy sola, estoy sola, estoy sola”. Su respiración se acelera y ella, para controlarla, se golpea el pecho. Leonor sabe bien, y lo expresa, que el tiempo no cura, que el pasado puede ser sinónimo de presente y que hay perdones que se quedarán en los bolsillos.

Ana Fabiola Cardona, madre de Ricardo Arturo Hidalgo, otro de los soldados asesinados, también recuerda el caos cuando les dieron la noticia. Pero ella no gritó. Se sentó en un muro y trató de convencerse de que no era cierto. Ricardo, el tercero de sus cuatro hijos, había estado hace 15 días en su casa: “Esa tarde se quedó conmigo. Desde que estaba en el Ejército le daba sueño todo el día. Se quedó profundo en mis piernas hasta que se me durmieron. Intenté aguantar porque quería tenerlo ahí, pero ya me dolía mucho”. Ese recuerdo y sus nietas fueron su salvavidas.

Pero ella no se agarró sola del flotador. Cuando vio a Leonor a la deriva, también la jaló y durante más de cinco años vivieron juntas en su casa. Compartieron sus hijos y sus dolores. Había tardes en las que se encerraban en un cuarto a llorar. Otras en las que cocinaban y se reían a punta de recuerdos. Ahora se llaman “hermanas de dolor”. Ya no viven en el mismo hogar, pero son vecinas. Leonor compró un terreno cerca y juntas intentaron hacer una tregua con esa cotidianidad acelerada.

 
 

Después de los hechos, diversos sectores salieron a rechazar las posibles negociaciones entre las Farc y el Gobierno de Andrés Pastrana. / Archivo

Hace casi dos años Alfaro las contactó. Cuando se desarrollaban las negociaciones de paz en La Habana (Cuba), entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc, se le ocurrió que era el momento de dignificar a sus compañeros y hacerles frente a los hechos que todos, incluido él, pretendieron ignorar. A pesar de haber durado 20 años lejos, sentía la responsabilidad de traerlos a la memoria colectiva, porque no era justo que el país y el Ejército no los recordaran.

Alfaro arrancó por un mapeo de las víctimas. El Departamento Jurídico del Ejército le ayudó a recolectar información de algunas madres. A unas tuvo que buscarlas puerta a puerta. A otras las llamó o las contactó a través de redes sociales. También localizó a los sobrevivientes. “Solo pensaba que era muy importante estar ahí. Ese proceso de paz me hizo caer en cuenta lo importante que nos reconozcan, que sepan lo que vivimos, que esos nombres no se queden en una cruz en Gutiérrez”.

Y lo logró. Al menos una parte que para él era importante. Hoy 200 víctimas se reúnen en Gutiérrez para conmemorar los 20 años de la toma. La primera parte del evento será un acto privado en el lugar del ataque, donde las familias visitarán los árboles que se sembraron el año pasado y que tienen una placa con el nombre de sus hijos. Luego cocinarán entre todos un sancocho, la última comida que tuvieron con ellos antes de prestar servicio militar.

Este es un primer paso, pero esperan continuar trabajando para ser visibilizadas. Están a la espera de que la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) los llame. Alfaro, Ana Fabiola y Leonor advierten que no están dispuestos a perdonar, sin embargo, exigen de las Farc que reconozcan lo que hicieron. La verdad que no han escuchado en 20 años.

Aunque les preocupa que Romaña y otros excomandantes de las Farc no hayan vuelto a la JEP, y no creen que lo hagan. Y si ellos no están, la verdad de Gutiérrez quedará a medias. Aunque también reconocen que no se imaginan tenerlo en frente. La única que piensa en esa escena es Leonor. Está segura de que si la vida la pone cara a cara con el máximo responsable de la muerte de Jorge, le pediría lo imposible: “Devuélvame a mi niño”.

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Laura Dulce Romero / @Dulcederomerooo

Verdad

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