Por: Christian Rodríguez

Al flautista de la guerra colombiana

Hace más de medio siglo nació en Antioquia un personaje siniestro que habría de gobernar una república en llamas llamada Colombia. Educado por la Iglesia y bajo el adoctrinamiento de “quien reza y peca empata”, se formó para enamorar multitudes y alcanzar sus objetivos sin importar consecuencias. La imagen de un flautista persa hipnotizando serpientes bien podría representarle. Este mago macabro es hoy el personaje más importante de Macondo, todavía una aldea de casas de cañabrava, ríos de agua cada vez menos diáfanas y de guerras al parecer interminables.

“El innombrable”, como también se le conoce, ha decidido pasar a la historia como la emulación de un pequeño tirano. Tan al estilo latinoamericano. Su grandeza estriba en impedir que una de las guerras más cruentas de este país se cierre por fin. Primero lo intentó con el nobel de paz, que carga sobre sus espaldas la sangre de miles de jóvenes pobres disfrazados como soldados muertos en combate. Y lo sigue intentando hoy con su presidente que hace al pie de la letra lo que le dice el siniestro personaje, pues ha sido él quien le ha puesto en donde está.

La decadencia colombiana es tal, que así como en otras sociedades el artista suele representar la imagen de una época sobre la cual esa sociedad se identifica. En Colombia ha sido este reconocido político quien llena plazas y sigue siendo aclamado por una gran parte del país como una suerte de representación nacional, muy a pesar de que en su haber haya relaciones con la mafia (cartel de Medellín), con el nacimiento del paramilitarismo, sea propietario de grandes extensiones de tierra (mucha de estas arrancadas a los campesinos), o que tenga familiares condenados por delitos de narcotráfico, o que haya despilfarrado dinero público (o sea del pueblo) para mejorar sus bienes personales, etc.

A este siniestro personaje, que aún gobierna la pequeña villa llamada Colombia y ordena desde su castillo en tinieblas los hilos de sus marionetas asesinas, muy pocas personas han logrado reconocerle, pues se esconde tras sus ventanas negras señalando con el dedo su próximo ataque. Dicen que a veces se disfraza de persona, sonríe y hasta habla fingiendo sensatez para no ser descubierto a la luz del día en pleno pueblo. Pero en las noches, vuelve a sus aposentos y toca la flauta del encantamiento sangriento.

De nada sirvió que al pequeño flautista de la muerte, que funge de tirano escondido, le dieran lecciones grandes maestros como aquel político filósofo de pelo blanco que alguna vez quiso ser presidente de la república en llamas y hoy descansa en paz. Desde pequeño su amor por el dinero y la avaricia le corrompieron el corazón. Ese interés desmedido por el poder lo llevó incluso a darle rutas aéreas al narcotraficante más temido del mundo, y hasta ser ensalzado por este como “muchacho bendito”. Pero nada pasa en la república del banano y las masacres, del país incendiado y aun en llamas.

Y mientras tanto, el títere mayor como personaje de comedia barata tiene el descaro de llamarnos a quienes nos fuimos del país. ¡Volver a qué, compadre, ¿pa´ que nos peguen un balazo?! Usted que tanto cantó vallenato en campaña, ¿no leyó una frase de Escalona que dice: “y como aquí, no puedo estar, iré vagando por la vida, como la errante golondrina, que nadie sabe a dónde va”? Muchas gracias pero no, mejor intente romper los hilos y no escuchar la melodía de la muerte si no quiere ser recordado en un triste busto cagado por palomas, las mismas que hoy tanto quiere asesinar.

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