Balance del año para saber cómo aportar a la paz en 2020

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Estas fechas que recurrentemente son de balance y descanso tuvieron un quiebre por la agitada coyuntura que atraviesa el país, realmente buena parte del mundo termina 2019 con varios quiebres o cambios, golpes de Estado, gobiernos en crisis, movilizaciones multitudinarias, temáticas que marcan la agenda cada vez más como el cambio climático. Como una pausa sin corte se nos va 2019 con toda la expectativa de un 2020 con una mayor fuerza ciudadana movilizada, la expectativa de los gobiernos locales alternativos y la pregunta sobre cómo actuará el régimen, aunque hasta hoy no de señales de ningún cambio.

Este año transcurrió de escándalo en escándalo y cortinas de humo por doquier. Aun así, el régimen cada vez más desnudo y desesperado, impuso todas las medidas que la agenda neoliberal les impone y la impunidad les determina. Un aumento de salario mínimo de 1.656 pesos diarios a la par de 3.000 millones de dólares que ingresaron a la fortuna de Sarmiento Angulo, mientras desde el 19 de Diciembre arreciaron los asesinatos de líderes sociales haciendo de las fiestas un amargo transitar entre la indignación y la rabia.

En el balance personal, este fue un año en el que redescubrí el valor de nuestras gentes en las regiones y la claridad del porqué hay que insistir en el (los) acuerdos de paz más que nunca. Son las comunidades victimizadas ayer y hoy quienes contienen la esencia de nuestro país. Somos hijos e hijas del campesinado, no importa cuántas generaciones atrás, la raíz que nos vincula al país como fórmula de paz, la tierra y la agricultura. Si se afloja la tierra se desatoran los conflictos y son las y los campesinos quienes además de preservar, resistir y producir en condiciones adversas se han atrevido a proponerle al país. Siempre fue así y ahora hay que darle mayor fuerza, visibilidad y compromiso.

De las comunidades de paz en el Urabá de Antioquia y Chocó me quedo con tres reflexiones que serán parte de mi derrotero en 2020 y quiero compartirles:

1. Las comunidades de paz son parteras de los procesos de diálogo y del valor de la palabra, han construído una cultura de respeto humanitario con base a sus valores culturales. Un ejemplo en el que han abierto sus corazones a que responsables del conflicto les visiten y les hablen con la verdad por más fuerte que esta sea. Durante todo 2019 vimos un efecto profundamente transformador en excombatientes, exparamilitares, exmilitares, exguerrilleros, empresarios y funcionarios públicos con este ejercicio. Reside en estos ejercicios una dimensión social y cultural de la reconciliación ligada a la vida comunitaria y la existencia territorial que acerca la distancia entre lo rural y lo urbano, a la vez que desdibuja la burocracia estatal. Es la palabra en el territorio la que transforma. (No tanto en las oficinas)

2. Frente al cerro sagrado Jaykatumá, en Carmén del Darién (Chocó) nos dijo un viejo que las ansias de la minería sobre esta zona es de décadas, que ahora lo disputan con familias ligadas al latifundio y la ganadería extensiva que compraron el título minero y que sí bien han resistido, si no existe una economía que logre dinamizar las comunidades (que viven en extrema pobreza) tarde o temprano las dragas vana a tomarse el cerro. ¿Con tanta riqueza natural, de biomasa, energética y cultural, no podremos dinamizar economías sustentables que le rompan el paso a la minería y al narcotráfico? Creo que tenemos toda la capacidad tecnológica y científica para avanzar en acueductos y energía limpia, en laboratorios basados en los productos orgánicos, en infraestructuras sostenibles. Ganarle a los señores de la guerra es demostrar que la paz es rentable.

3.  La Universidad de la paz (UPAZ) es una iniciativa educativa que se propone como medida de justicia restaurativa a las afectaciones que dejó y deja el conflicto armado. Dicen en las comunidades de paz que no les sirve de nada ver a los responsables en cárceles si el estado de las regiones sigue siendo el mismo. Proponen como medida de sanción propia ir a las comunidades a ser partícipe de la UPAZ comprometiéndose en contenidos, pedagogías y obras. Con esa mirada logramos este año que alrededor de ocho universidades iniciaran convenios o intercambios para implementar un modelo de universidad que, a través del conocimiento, se cimenten los cambios necesarios en las regiones que se comprometieron a la paz. ¿Existe un sentido más práctico que la academia comprometida con el desarrollo digno de su país?

En 2020 adelantaremos campañas para construir una Universidad de Paz que profesionalice las comunidades reconociendo sus saberes, realizaremos campañas para que algunas comunidades de paz tengan acceso a agua potable, abriremos caminos de comercialización de productos campesinos de comunidades victimizadas con empresarios, comerciantes y consumidores comprometidos con la paz, impulsaremos las muestras culturales y la sabiduría de los pueblos pacíficos. Ese tal vez sea nuestro mejor propósito de fin de año y el mejor balance para derrotar la guerra. 

¡Un feliz y movilizado 2020 para todas y todos!

 

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