Por: Laura Baron-Mendoza

Bogotá desnudó también su clasismo en el Paro Nacional

“En tu lucha contra el resto del mundo te aconsejo que te pongas del lado del resto del mundo”.

Franz Kafka

Al despertar el pasado viernes 22 de noviembre Bogotá se dio cuenta de que estaba convertida en una gran pesadilla, una capaz de atormentar cada rincón de la ciudad. Bogotá, ciudad análoga a Gótica, aclamaba un héroe o heroína para salvarse de unos extraños personajes disfrazados de vándalos que pululaban las calles y cuyos intereses aún son una incógnita. Esta ciudad, con sus recientes episodios, deja varios sinsabores que pasan por la deshumanización de unos y otros como justificante de actos violentos, hasta una ciudadanía con sed de armarse en medio de alarmantes murmullos y sobresaltos que resultaron ladinos rumores orquestados.

Tradicionalmente Colombia ha optado por la diáfana opción de remitirse al peligroso optimismo comparativo para usarlo como utensilio y sobrellevar la violencia en todas sus tonalidades. En ese sentido, se ha considerado que aquello que les pasa a unos, no les puede pasar a esos otros generalmente ajenos y, por tanto, indiferentes ante las vivencias de los primeros. Esta opción ha conllevado a acoger lo intolerable dentro de la normalidad. En otras palabras, en Colombia, un acto de violencia es tan normal (pues le sucede a otros) que es tolerable. He ahí la cuestión, esa violenta normalidad ha empezado a dejar de ser tolerable y cada vez más hay quienes se suman a este rechazo, un rechazo ante un patrón de acciones villanas que se han dejado pasar de largo. Aunque el pasado viernes no termina con el imperio de ese optimismo comparativo, idóneo para eliminar toda pizca de empatía, sí ha sido necesario para descubrir un panorama que resulta en una angustiosa acentuación y visibilización de los privilegios sectorizados de Bogotá.

Lo sucedido el 22, y los días subsiguientes, no afectaron todos los rincones de la ciudad, por lo menos no de la misma manera. El común denominador entre los habitantes de Bogotá fue la existencia de una preocupación subyacente y asimilable a la de Gregor Samsa cuando despertó convertido en un insecto. Esta incontrolable preocupación varía su naturaleza tratándose del sector bogotano de que se trate. Ahora bien, cualquiera que sea, dicha preocupación es capaz de dejar a un lado la corrupción, la explotación desmedida de los recursos naturales y culturales, la violencia, el micro crimen y otros asuntos que convocaron a miles a las calles el día anterior.

Así, para unos cuantos la preocupación se enmarcó en el llegar cumplidos al trabajo pues, de lo contrario, el desempleo amenazador florece y el monstruo de la pobreza coquetea con más ímpetu. Ahora bien, esa mañana, esa tarde y esa noche del viernes 22 otros cuantos se preocupaban por los retrasos para disfrutar de una reunión de amigos, hacer las compras del día, llegar al gimnasio o a la peluquería. Todo esto mientras que la celaduría tuvo que atravesar la ciudad a pie, en bicicleta, o como pudiese para llegar a hacer la guardia a su edificio, comerciantes tuvieron que realizar lo mismo para poder estar a su disposición y que nada le faltase en su despensa o armario, entrenadores emprendieron una maratón en medio de una infraestructura en destrucción para que usted pudiese hacer lo mismo en una estilosa cinta para correr, y los de la peluquería ni durmieron por ir a su rescate con el fin de asegurar un refinado cepillado para que luciese en esa gran fiesta de viernes novembrino. Todo lo anterior, mientras la ciudad estaba en llamas. Lo turbador es que esta preocupación se torna en una exigencia u obligación para unos al servicio de otros. 

Este caos levantó un telón para develar, con mayor crueldad, la marginalización, la apatía y la absurdidad que caracteriza la capital. El aterrador viernes demostró la lectura bogotana de “nosotros” y “ellos”, la incapacidad para conocer el valor de la vida, la preeminencia del interés propio y el privilegio a satisfacciones pasajeras. Al terror del viernes, al menos, se le debe un paso adelante para visibilizar las realidades paralelas en las que nos movilizamos, así como la indiferencia entre estas. En consecuencia, modificaré la frase de Kafka para señalar que, como colombianos, hay problemas que jamás resolveremos hasta que no sean nuestros problemas. Con esto, se forja ferozmente la necesidad de seguir evidenciando que las situaciones estructurales, por las que varios hacen ruido poéticamente con cacerola en mano, afectan el día a día de quienes los señalan a la ligera.

@laurabm02

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