Bojayá, un doloroso recuerdo

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La vida no es lo que uno vivió, sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda”: Gabriel Gracia Marquez

Bojayá, dos de mayo de 2002. ¿Que cómo lo recuerdo? Mi mente parece paralizada en el tiempo, han pasado 19 años y las imágenes desgarradoras del destrozo humano circulan como el viento invisible, se siente el dolor, la tristeza y la angustia. Mi cabeza intenta procesarlo todo y como aguas, a veces turbias y en otras ocasiones cristalinas, se van asomando las lágrimas y los rostros agobiados de mi gente. En esta tragedia perdimos más de 86 vidas. Escucho voces, algunas tienen sabor a rabia, pero también deseos de que esto no se repita.

En el 2002 era un joven cuyo único patrimonio era la esperanza, había luchado ante muchas adversidades, me desafiaban los deseos de estudiar, miraba a otros jóvenes como yo, sin oferta, algunos dando la batalla para no caer en los procesos de reclutamiento, y otros perdiendo la misma. Era testigo de cómo se reunían en lugares clandestinos a bailar con el silencio, pues, ante el temor de ser descubiertos por los actores armados, decidieron solo imaginar la música de tambores y mover sus cuerpos. Quizá era nuestra forma de resistir en un mundo en donde parecía que los ciudadanos no teníamos derecho más allá de la resignación.

Ante tanto abandono entendimos que solo era posible sobrevivir si buscábamos la unión como familias y nos protegíamos juntos. Así habíamos elaborado la Declaración “Por la vida y la Paz en Bojayá”, esa que rechazó el 30 de abril de 2002 el comandante “Camilo” de los paramilitares, esa misma declaración había sido también rechazada por la guerrilla de la Farc. Las comunidades en lugares distintos les habíamos solicitamos a ambos grupos armados que nos dejaran libres de sus acciones violentas, que no era otra cosa que la aplicación de las mínimas reglas del DIH, pero las armas estaban aceitadas, y la mente de los combatientes sorda ante el llamado de piedad por la humanidad de los humanos en peligro. Sus conciencia y corazones bombeaban venganzas, ellos solo respondían a los llamados de confrontación.

Ante tal panorama estaban dadas las condiciones perfectas para vivir la barbarie. Sobre el Estado recuerdo que tampoco dijo nada, solo ignoró las alertas de la Iglesia y de la comunidad internacional.

Yo bajaba y subía el río Atrato con un grupo de misioneros y misioneras, el defensor regional estaba en shock al ver la magnitud del problema. Eso también se le hizo saber al gobierno central de la época, ya era mayo de 2002 y ahora era en Bojayá, el lugar donde nací, donde se materializaba otra de las más de 1.980 masacres que ocurrieron en el marco del conflicto armado. Lo más grave es que aún siguen pasando, no somos capaces de parar esta maldita guerra. ¡Hombre, ya es hora de quitarle pesadillas a miles de seres humanos!

Con tantas tragedias, algunas personas perdimos y otras ganaron. Los perdedores fueron las comunidades despojadas, las mujeres que vieron cómo desaparecieron a sus esposos e hij@s, también los que no pudimos volver al territorio, los que no pudimos ni llorar a nuestros muertos. Contrario a ello, hay quienes ganaron y extendieron sus negocios ganaderos, agroindustriales, petroleros, portuarios, los que ganaron poder y caudal electoral en medio del conflicto armado, que sigue existiendo porque beneficia a alguien.

Mi memoria desmemoriada no recuerda quiénes fueron los responsables de la omisión y de cumplir el deber de protección del Estado, pero sí recuerdo la imagen de nuestros seres queridos fallecidos. Ojalá que no sean los mismos que se oponen y atacan, por sus miedos a la verdad, un sistema de justicia transicional que es una apuesta por los derechos más preciados de cualquier ser humano: la justicia y la paz.

*Comisionado de la Verdad

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