Por: Columnista invitado

Cacerolazo y encapuchados

Por Francisco de Roux*. 

En 1977 el Paro Nacional fue en los tiempos del "entrismo". La guerrilla había entrado en organizaciones de la sociedad civil que legitimaban las armas en manos de guerrilleros como retaguardia de la lucha social; estos grupos guerrilleros, apoyados en el reconocimiento que les daban organizaciones populares, sindicales y estudiantiles,vieron en el momento la posibilidad de desatar la insurrección general contra el sistema. La clase media era menos en tamaño y los sectores populares añadían a las indignaciones la rabia por el robo de las elecciones del 19 de Abril.

El punto importante era la aceptación de la violencia en la lucha social y por ende de la combinación de las formas de lucha contra el monopolio de las armas en manos del Estado.

Obviamente había un debate al interior de esas organizaciones civiles populares y había desacuerdos sobre la presencia armada que penetraba la lucha social, pero esa presencia permanecía y tenia amplia aprobación asi fuera tácita. En ese escenario el encapuchado era un héroe y muchas organizaciones sociales y vecinos se unieron a ellos para hacer barricadas con llantas incendiadas para aislar las ciudades.

En el paro del 21 de Noviembre la situación es distinta. Ya no hay "entrismo" aprobado explícita o tácitamente por las organizaciones de la sociedad, sean sindicatos o estudiantes, indígenas o campesinos. Colombia en una inmensa mayoría no quiere las armas en la política, ni acepta la violencia como partera de la historia. La clase media del estrato tres tiene la mayoría relativa. El sindicalismo, victimizado en el conflicto es un serio agente de paz. La juventud lucha por un futuro distinto a los años del enemigo interno. La guardia indígena ha demostrado que la seguridad no la dan las armas. En las elecciones a alcaldes y gobernadores la participación en las urnas más grande de la historia acaba de expresar que no quiere la guerra y que rechaza a los políticos que polarizan porque la gente sabe que, con la historia de Colombia, aupar la polarización puede volver a meter armas en la política y en la lucha social pues hay heridas muy profundas de todos los lados que, activadas por los que incitan al odio y al señalamiento desde los dos extremos, pueden posicionar de nuevo al conflicto armado como lo determinante de la política en nuestra sociedad.

La marcha inmensa ciudadana y pacífica fue un clamor contra las injusticias acumuladas en desigualdad, corrupcion estatal, desempleo, racismo, y desprotección de la vida humana y la vida de los territorios. Y fue una marcha contra la violencia y contra la polarización extrema y provocadora de guerra. Por eso esta vez el encapuchado fue un paria que encarna todo lo que rechaza una nación de 10 millones de victimas: las bombas, el reclutamiento y destruccion de la niñez y la juventud por la guerra, el secuestro, las desapariciones, los falsos positivos, las minas anti personas, las masacres. El cacerolazo final fue de rechazo a todas las injusticias sociales y políticas y de rechazo a los encapuchados.

Sin embargo es necesario ver en esto toda la verdad que se devela. La presencia de los llamados vándalos, minoritarios y reprobados muestra que el conflicto armado continúa en manos de una minoría capaz de obstaculizar gravemente la convivencia si no se la toma en serio por caminos razonables que expliquen el por qué de la continuación. El narcotrafico, el ELN, la disidencias y otras formas de paramilitarismo están actuando y mostraron en las ciudades lo que se viene expresando con sufrimiento de las comunidades en Choco, el Catatumbo, Arauca y el Guaviare. En lugar de salir ahora desde los dos extremos de la polarización a señalar culpables para derrotarlos políticamente y declarar una nueva guerra interna, tenemos que explicarnos el por qué de estas formas de continuación y abrir el espacio a soluciones negociadas e incluyentes basadas en el respeto a los derechos humanos y en la determinación de llevar hasta el final La Paz iniciada en los acuerdos de La Habana. El cacerolazo al caer de la noche tenía ese sentido, por la justicia, los cambios estructurales esperados, la paz incluyente y la no continuación de la barbarie. 

*Esta columna es una posición personal y no la escribió como Presidente de la Comisión de la Verdad. 

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