Copacabana, dormitorio del narcotráfico: los inicios

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A finales de julio de 1990, Diana Turbay, hija del endogámico matrimonio del expresidente Turbay y su sobrina doña Nidia, partió de Bogotá para tener una entrevista con el sacerdote guerrillero Manuel Pérez, entonces comandante del ELN. La entrevista se realizaría a las afueras de Medellín, al norte de la zona metropolitana, en un pueblito llamado Copacabana, donde sería guiada por emisarios de la guerrilla junto con su equipo periodístico. Una vez en la finca donde debía llevarse a cabo la cita, los emisarios resultaron ser sicarios de Pablo Escobar, y el cura Pérez una mentira bien elaborada: “queda usted detenida señorita Diana por los extraditables”, dicen que dijeron los sicarios. Años después, la muerte de Diana Turbay, y el secuestro de algunos personajes de la élite bogotana, fue inmortalizado en el libro de García Márquez, Noticia de un secuestro publicado en 1996.

Pero en Copacabana ya venían sucediendo cosas extrañas, mucho antes de la muerte de Diana Turbay y del famoso libro de García Márquez. Una de éstas, (y entre otras) la construcción de una fortaleza, augurio de lo que vendría después. A finales de los setenta, la finca Las Catas del político J. Emilio Valderrama, cacique conservador de Antioquia, íntimo de Misael Pastrana, varias veces ministro de estado, fue comprada por la familia Correa Arroyave, recordados por ser una familia pobre, pero que con el tiempo se hicieron millonarios y hasta caballistas. El jefe de los Correa Arroyave era Pablo Correa, compañerito de Pablo Escobar en la banda Los Pablos donde debutaron en el bajo mundo, tiempo después Escobar eliminaría a Correa para comenzar la lenta confección del Cartel de Medellín, sin peligrosos rivales.

Copacabana, un pueblo conservador hasta los tuétanos, a veinte minutos en bus de Medellín, donde el Cardenal López Trujillo, príncipe de la iglesia colombiana celebraba multitudinarias misas. El inolvidable “papable paisa” que en los años ochentas exaltaba a los curas de la arquidiócesis que trabajaban con el Cartel en el programa Medellín sin tugurios y no dejaba cantar en la ceremonia dominical a los jóvenes por sus ideas cercanas a la teología de la liberación, creó el tufo a incienso para que los Correa Arroyave convirtieran éste caserío en una cabelleriza gigante. Lo hicieron comprando casas a diestra y siniestra y marcándolas con el logo del Cónsul, la figura en tinta y sangre de su millonario caballo, emblema de su poderío, hoy un recuerdo tristemente célebre del enloquecido Caliche Correa, segundo del clan, y que la gente aún recuerda con temor en las calles.

Este pueblo, sobre el que no se dice nada en las memorias del conflicto colombiano, solo algunas menciones de exjefes paramilitares como Monoleche, quien expresó que en este municipio Fidel Castaño tuvo tierras, y que para finales de los años 70 y principios de los 80, era un destino apacible de poderosos políticos y mafiosos antioqueños, nos hace pensar que la realidad de hoy no dista mucho de aquella. En Copacabana continúan capturando mafiosos y criminales de alto rango de estructuras criminales como la oficina de Envigado o de reductos paramilitares vinculados al narcotráfico de la zona metropolitana de Medellín. El estancamiento de este municipio no es ingenuo, pues siempre fue un territorio propicio para las fincas de recreo y retaguardia estratégica de la mafia.

En cualquier caso, la modernidad le llegó a este pueblo de la mano del narcotráfico como a Medellín y el municipio de Bello. Pronto, muchos jóvenes de aquella generación de los años 70 y 80, sin acceso a educación y condenados a ser obreros en el débil cordón industrial de la zona metropolitana, se convirtieron en reconocidos sicarios del Cartel. “Copa”, como se le conoce a Copacabana, ardería en llamas, con sus jóvenes muertos por doquier, entre el humo del basuco y canciones de salsa. El nuevo lugar de culto será la morgue, el silencio, el señalamiento, los murmullos, hasta que “el salvador”, un influyente político antioqueño educado en la academia liberal de Medellín, trazara las estrategias de desarrollo que hoy cuarenta años después, mantiene este municipio postrado a sus pies. Como en los tiempos más oscuros, el ostracismo pareciera perseguir a este pueblo en la figura de su gamonal.

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