Por: Columnista invitado

¿Cuándo nuestros ríos volverán a ser tranquilos?

Por Leyner Palacios Asprilla*

Mi padre es un recio campesino chocoano. Hubo una época que también fue comerciante; llenaba su canoa de víveres y enseres para remontar el río Bojayá con un motor pequeño de 9.9 caballos de fuerza. Yo me acuerdo de esos viajes, a veces con alegría, a veces con nostalgia. Eran días de faena dura junto a papá, mamá y los hermanos, días de comer el fiambre entre el monte, en medio del río aguantando soles o aguaceros. Al pasar por corrientes como Sabaleta, Canturrón o Quiebrachampa había tramos en que debíamos descargar la canoa porque el cauce era intransitable, la arrastrábamos al hombro, luego volvíamos a cargarla y seguíamos nuestro rumbo hacia las cabeceras de los ríos. Arriba, en los pueblos de indígenas, mis padres cambiaban las mercancías por huevos, maíz, plátano o por cerdos que bajábamos el rio Bojayá en la misma canoa, luego subíamos por el Rio Atrato hasta Quibdó para vender los productos. En el camino nosotros nos bañábamos en cada charco que encontrábamos y armábamos un corrinche tremendo. En esos años la vida era dura pero tranquila como el río.

El último viaje que hice con mis padres para cambiar mercancías en las cabeceras del río Bojayá fue en 1995. Después nuestra tierra se llenó de grupos armados y emboscadas, de zozobra y miedo. Mi padre no volvió a comerciar en las cabeceras del río. Yo he vuelto muchas veces, pero ya se acabó el corrinche y el baño en los charcos cristalinos: ahora hay que subir a llevar ayudas humanitarias, hay que atender comunidades confinadas en medio de la confrontación, hay que ir a sacar víctimas que huyen porque su vida tiene precio.

En estos días las comunidades del Pacífico recibimos noticias terribles de todos los puntos del litoral. Unos sicarios intentaron hace dos semanas secuestrar y asesinar a un líder en Tumaco, a plena luz del día y en el centro de la ciudad, amenazando además a todos los miembros de una conocida asociación de Consejos Comunitarios de la región, que fueron quienes impidieron el crimen.

En los resguardos indígenas del Alto Andágueda los atentados de los grupos ilegales han provocado el desplazamiento de cientos de indígenas hacia Santa Cecilia, Pereira y Medellín, como había ocurrido en los peores días de la guerra, como vuelve a ocurrir ahora a pesar de las alertas tempranas y los múltiples llamados que las organizaciones han hecho a las autoridades.

Desde Bojayá denuncian que una profesora indígena fue secuestrada por la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional y no se sabe nada sobre su integridad. Imaginemos el temor allí: los niños sin su docente, amarrados a la esperanza de que Ankoré, su creador, los proteja.

Los ríos del Bojayá hoy son campos de batalla y disputa entre el ELN y los paramilitares, mientras en Guapi y López de Micay, dos municipios de la costa pacífica caucana, durante la última semana se presentaron homicidios selectivos, torturas, casos recientes de desaparición forzada y varios enfrentamientos entre grupos armados que tienen aterrorizadas a las comunidades.

Algunos medios hablan de más de 200 líderes asesinados en los últimos años y una de esas lideresas, Francia Márquez, luchadora por el medio ambiente, los derechos humanos y de las víctimas, defensora de la paz, fue estigmatizada por una reconocida periodista.

Los habitantes del Pacífico hemos apostado por la paz porque sufrimos y seguimos sufriendo con este conflicto que sólo nos deja dolor, miseria y despojo. Fue el conflicto armado el que le abrió las puertas a la minería devastadora y a los cultivos de uso ilícito que destruyen nuestras lógicas ancestrales, fue el conflicto el que trajo a los despojadores y ladrones de tierras. Los actores armados nos impusieron liderazgos que nunca pedimos, socavaron nuestros procesos organizativos, desintegraron la forma como nos relacionábamos con nuestros territorios según los usos ancestrales.

Desde las principales organizaciones étnico territoriales de la región otra vez apostamos por la paz. Hemos constituido una Comisión autónoma e interétnica para esclarecer los hechos del conflicto en el Pacífico, con nuestra propia mirada étnica, porque queremos aportar a la verdad y la armonización, a la reconciliación y los pactos de convivencia. Las comunidades del Pacífico no nos rendimos ni nos resignamos. Queremos que nuestros ríos vuelvan a ser tranquilos.

*Secretario general de la Comisión Interétnica de la Verdad del Pacífico

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