Por: Camilo Álvarez

Cuatro años adelante, 200 años atrás

Un político le promete a un país llenarlo de cárceles y cementerios, por lo tanto, de presos y muertos. Un político se mete a tu cama y a tu vientre para decidir cuándo y cómo debes tener hijos, decide con quién y cómo debes tener relaciones sexuales, te dicta con qué y cómo debes recrearte, cuál debe ser tu espiritualidad y en que debes creer bajo las órdenes de un nuevo ministerio de familia.

Un político usará el agua potable para extraer petróleo, fumigará veneno sobre las familias campesinas y sus cultivos, le pondrá impuesto al huevo y al arroz. Incrementará las tarifas del gas, del agua, la energía eléctrica y la recolección de basura.

Te dirá que para obtener recursos tu familia tendrá menos educación, cultura y tecnología; te aumentará los impuestos y le quitará cobros a quienes más tienen.  

Un político intentará borrar un acuerdo de paz de una guerra de 50 años y hará todo lo posible por crear una nueva guerra, a la vez inmiscuirse militarmente en temas de carácter regional. Un político desmembrará la tutela, le quitará posibilidades a las consultas populares y a la consulta previa y limitar aún más la democracia.

Esta es Colombia a un poco más de mes de nuevo gobierno. Una agenda marcada por fundamentalismos nos depara el cuatrienio 2018-2022, en el tránsito de 1460 días hacia adelante un gobierno que nos quiere llevar 200 años hacia atrás.  Tal vez, un pueblo sensato no elegiría un político así; es algo que no sabremos porque las campañas están marcadas por el arte del engaño.

Son nuestros miedos los que permitieron que un proyecto cómo el que podemos ver hoy claramente llegará al poder. La percepción de inseguridad, los fantasmas de la guerra, el delito común, el aborto, la homosexualidad, el consumo de psicoactivos, la religión y la xenofobia no son nuestros principales problemas, pero si la base donde anidan nuestros principales miedos.

Al delito común es el rostro visible del miedo cotidiano, la inseguridad es ante todo una percepción donde somos vulnerables, la seguridad que la contrarresta es en cambio una afirmación de la necesidad de autoridad, de presencia de más vigilancia, más policía, más ejército. 

La justicia es vista como la distancia entre el estado y la vida real; mientras el estado exige tramites la vida real exige castigo, y quien exige castigo no piensa en corregir el cauce sino en despejar la vía, mientras más severo más aleccionante, mientras más fuerte más cercano a justificar la idea de limpieza social.

Por ese miedo que genera la necesidad de más seguridad se reproduce un sistema de violencia, y no se nos hace extraña la promesa de más cárceles y cementerios.

El libre desarrollo a la personalidad es la manzana del árbol prohibido, el consumo de psicoactivos y la orientación sexual, es el camino que conlleva la expulsión del paraíso. El debate será sobre la conducta de los consumidores y no sobre la economía del narcotráfico. Sobre la conducta el deber ser se apuntala en castigar al productor y al consumidor mientras en su doble moral deja de ver el intermediario, el cartel o el estado que se lucra.

Por ese miedo no nos extraña enviar a nuestros jóvenes a una nueva guerra por el control de las drogas, las fumigaciones a comunidades rurales y áreas protegidas.

Los derechos sexuales y reproductivos son tan incomprendidos como quien decide ser gay, lesbiana, trans, bi o intersexual. Hay más miedo del rayo homosexualizador que del colapso de Hidroituango. Por ese miedo no nos extraña el ministerio de la familia, o que personajes como Vivian Morales y Alejandro Ordoñez ocupen cargos en la política pública.

Sobre los miedos cabalga un cadáver llamado política tradicional, al que le gusta la guerra, la corrupción, el despojo y el hambre. Para que la paz sea posible hemos de quitar los miedos para generar confianza. Un pueblo que confía en sí mismo nunca aceptará un horizonte en el que el destino de sus hijos sean las cárceles o los cementerios. 

Al contrario de las apariencias, creo que el fundamentalismo arrecia porque la vieja política está contra las cuerdas y el retrovisor tiene más peso en los cruces que la vista panorámica. Campea la idea de restauración y frente nacional, el poder que expresa ese sabor caduco con moho en las ideas.

Contra las cuerdas porque este nuevo ciclo es claramente una reacción a las intenciones renovadoras que están en disputa; el acuerdo de paz, sistemáticamente saboteado implicó no solamente la dejación de las armas de buena parte de la insurgencia, girar el eje de la guerra como explicación y justificación de todos nuestros males ayudó a ver con nitidez que el origen de las deficiencias como nación residen en la mercantilización de la vida social,  en el poder del estado y  en la corrupción de lo público para el beneficio privado.

La irrupción de ciudadanías activas y activadas, determinadas en su propio carácter, hizo que las grandes diferencias entre los poderosos de siempre desaparecieran, y quienes se acusaban ayer de altas traiciones juntaran sus maquinarias para mantenerse en el poder.

En esa alianza gobierna el miedo y el pasado es la vía elegida para mantenerse. Están contra las cuerdas y por ello crear cortinas de humo permanentes será la manera de protegerse o evadirse de ser procesados judicialmente. Aferrarse al poder para evitar su declive a toda costa, así sea llevándose por delante todo un país, devolvernos a la constitución de 1886 es su fórmula.  Pero la historia reciente dice que hay cambios en ciernes y que, por más incumplimientos, la paz y la democracia hoy más que nunca serán fruto de las ciudadanías.

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