De ideologías y realidades

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Los odios viscerales presentes en la actual polarización ideológica que vive Colombia no nos pueden llevar a los militares, en actividad y de la reserva activa, a desviar nuestra mirada sobre otros asuntos que quizá también deberían importarnos.

Es válido poner en entredicho la presumible participación de las Farc en el magnicidio de Álvaro Gómez Hurtado, luego de que tres integrantes del hoy partido político así lo admitieran en una carta a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Las dudas afloran con el paso de las horas y en el horizonte no se ven luces que guíen a los responsables de desatar este nudo gordiano.

Claro que el asunto es de la mayor importancia, pero de ahí a centrar nuestra conversación interna exclusivamente en este caso, me parece un verdadero despropósito. Igual pasó con el carcelazo de Uribe, donde se vaticinó un cisma similar al que dividió a la iglesia Católica en el 1054 d. C. Nos parecemos a las gentes de Bizancio, discutiendo si los ángeles tienen sexo (masculino o femenino) y, para estar a tono con esta posmodernidad, si son asexuados o pertenecen a una minoría protegida.

Por este motivo, me indigna el silencio casi sepulcral de la reserva activa en relación con el magnicidio del general Fernando Landazábal Reyes, crimen que también reconocieron los exFarc. El único escrito que he logrado descubrir en el universo de la internet lo escribió hace algunos días el capitán retirado César Castaño en La Crónica del Quindío. Él, dada su antigüedad en la milicia y a su vastedad de conocimientos, pudo rendir tributo póstumo en un escrito magistral de 600 palabras.

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Pero seguramente muchos integrantes de la reserva activa trabajaron con él, conocieron su pensamiento, atestiguaron sus ejecutorias y podrían entender los porqué de su asesinato aquel aciago 2 de mayo de 1998, a manos de pistoleros que llegaron a su casa en el norte de Bogotá. No he leído escritos vehementes, como los que suele circular en los grupos de WhatsApp, en los que se exija verdad sobre este episodio a ‘Timochenko’, ‘Lozada’ y sus copartidarios, mucho menos diatribas haciendo tales exigencias a la JEP y a la Comisión de Francisco de Roux.

Yo, que abracé la carrera de las armas cuando Landazábal ya estaba en uso de su retiro y no conocí ni su talante ni su comando, quisiera conocer las motivaciones de su magnicidio, en el entendido que en el conflicto colombiano moderno son pocos los oficiales generales que han sido víctimas de este tipo de acción.

He leído sobre los asesinatos de los generales Rincón Quiñónez y Gil Colorado, a fin de no hacer realidad aquella máxima sobre la historia y los pueblos atribuida a demasiados personajes históricos como para saber quién fue el primero que, en verdad, la dijo, pero que la mayoría de los autores endosan a Napoleón Bonaparte y, otros, al filósofo español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana.

Opino que tal mezquindad o reticencia en la reserva activa al hacerse pública la identidad de los presuntos autores intelectuales y materiales de este magnicidio, dice mucho sobre nuestra inversión de valores como importante grupo de la sociedad. ¿Cuál sería la explicación para tamaño desacierto? ¿Qué nos está pasando?

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Creo que por estar imbuidos en esta especie de fundamentalismo político del país, los integrantes de la reserva activa estamos cada día perdiendo más nuestro norte. Una realidad que se acrecienta cuando en el ahora afloran múltiples iniciativas de participación en la contienda electoral, bien a través de movimientos y candidatos en teoría independientes, pues es muy pronto para hablar de la existencia real de un partido político que aglutine a las reservas de Colombia. ¡Esta indolencia no puede volverse paisaje!

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