Por: Laura Baron-Mendoza

Distopía y realidad global

Los eventos políticos, a nivel global, durante los dos últimos años parecen indicar que los escenarios anticipados, imaginados y, sobre todo, indeseables, planteados por autores como George Orwell en su novela 1984, son nuestra realidad.

En esta novela, el sujeto controlador de la sociedad – el Partido- recurría a una herramienta de dominación mediante el uso del doblepiensa. Este último, no es sino un engaño consciente capaz de “sostener dos creencias contradictorias de manera simultánea” ¿No es acaso afín a las prácticas que evidenciamos todos los días en nuestro contexto político?

No me invento nada al decir que decisiones como el Brexit en el Reino Unido, el Plebiscito por la Paz en Colombia, nuestras elecciones presidenciales y las de Brasil el domingo 28 de octubre, han estado atravesadas por el empleo de mentiras que derivan en un control de masas mediante el lenguaje. Lo anterior lo hemos conocido como noticias falsas (fake news) que, si queremos emplear un término más apropiado en español, esto se conocería como paparrucha.

Numerosos medios de comunicación nos aprovisionan diariamente de noticias parcializadas que alteran e interpretan la realidad, generando no sólo una mentira, sino la creencia de esta como única verdad. Así las cosas, esa mentira involucra forzosamente el olvido selectivo de hechos, cuyo conocimiento, tal vez, no sea conveniente para ciertos sujetos o sectores.

Un claro espejo son los incontables intentos en Colombia para forjar el olvido de variados desfalcos, masacres, sus orígenes, responsables y colaboradores; esto sin desconocer los admirables y crecientes esfuerzos tanto comunitarios como gubernamentales para la construcción de memoria en la última década. Así, por ejemplo, es sencillo comprender porqué muchos admiten el nombramiento de funcionarios públicos cuyas acciones cuestionan cualquier idoneidad para los cargos; o cómo manipulan las acciones de otros para decretar su inhabilidad. Las noticias falsas moldean la información, y han convertido a la sociedad colombiana en receptora pasional, no racional.

A Francis Bacon se le atribuye la frase “el conocimiento es poder”. Sin duda alguna, esta frase vive en el ejercicio del doblepiensa, hoy re bautizado como posverdad (post truth).  Al estar inmersos en una dinámica en donde la información pierde objetividad y prioriza las emociones, somos damnificados de este fenómeno.

Ahora bien, se debe admitir que el manifiesto aumento de la desigualdad, la corrupción, el resentimiento económico, el descrédito de las instituciones, la desconfianza, el enfado ante la hipocresía, entre otros, facilitan la exacerbación de emociones en temas de particular interés nacional. Es por ello por lo que un discurso que aluda a la reducción de impuestos, la moralidad, la religión, la protección de la infancia y los valores perdidos de una sociedad, cuenta con herramientas coquetas que cautivan sin mayor interrogante. Estas promesas rebosadas de exageraciones invocan nuestras frustraciones más enraizadas y promueven la canalización de pasiones. Con esto, se cohíbe al ser a indagar acerca de las fuentes de información, o las implicaciones de las propias decisiones. Y al final, después de percibir los efectos negativos, se opta por la salida fácil: culpabilizar al otro.

El peligro de todo esto se desvela cuando esa pasión deriva en egoísmo y entra a tolerar disposiciones que colisionan con los derechos de los demás. La construcción de muros divisorios, la estigmatización de cualquier naturaleza, las salidas militares y regímenes de represión, son algunas de las medidas que se estimarán justificadas para superar el estado de fatalidad en que la sociedad misma se considera.

Ahora bien, todo contratiempo es una oportunidad para replantear el sendero. Si se quiere vislumbrar un cambio, el primer paso es la demanda persistente por el acceso a la información no alterada ni fragmentada. En consecuencia, sí es motivo de protesta cuando, por ejemplo, se radican proyectos legislativos que pretendan perpetuar el desconocimiento de violaciones de derechos humanos. La información hace parte de nuestra historia y es a partir de ella que la sociedad decide y escoge diseñar una vía para la construcción de su comunidad imaginada.

Si se continúa negando, desconociendo o tergiversando, Colombia, así como sus países vecinos, permanecerá sumergida en la violencia junto con verdades sofocadas. En todo caso, la solución inicia con la toma de decisión individual de exigir, indagar, debatir, y construir junto aquellos que piensan de manera distinta. Este es el verdadero diálogo, decía Zygmunt Bauman.

Todos estos eventos, conducen a preguntarse si estamos cruzando los mismos ríos y de manera análoga a quienes reivindicaron libertades que creíamos ya dadas por sentadas en el siglo XXI. De ser así, esas aguas también nos enseñaron que después de las oscuras noches, llegan días más brillantes.

 

 

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