Por: Columnista invitada

El Centro Nacional de Memoria de nuevo en el ojo del huracán

Por: María Emma Wills, exasesora de la Dirección General del CNMH

Memorias desde el Estado: ¿Para quiénes?

Quienes hemos transcurrido nuestra vida en la academia, conocemos las varias tesis que existen sobre el Estado y las violencias en Colombia. Desde distintas orillas y énfasis, se señala de manera recurrente cómo la debilidad del Estado colombiano ha sido el caldo de cultivo perfecto para que las dinámicas democráticas de resolución de conflictos no prosperen y más bien se instalen las vías violentas.

La debilidad del Estado es una categoría de análisis que admite distintos significados. Algunas miradas la equiparan a ausencia: el Estado sería débil en muchos territorios por la falta de jueces, escuelas, vías de comunicación, acueductos, o centros de salud. En otras lecturas, la debilidad estatal se asocia a una falta de legitimidad institucional que se traduciría en una dificultad para alcanzar el monopolio completo de las armas.

Por su parte, algunos politólogos y sociólogos investigan esta debilidad desde el ángulo de las arraigadas tradiciones clientelistas de las que provenimos y la huella que han dejado y dejan en la construcción del conjunto institucional. La escuela llegaría, sí, pero a nombre de cual o tal gamonal; el notario, nombrado por el alcalde, llevaría a cabo sus funciones, sí, pero protegiendo los intereses de los amigos de su mentor político. El Estado, en Colombia, haría presencia por fin en veredas y territorios pero con nombre propio. Esto llevaría a una respuesta estatal enormemente fragmentada, ineficiente y discontinua en el tiempo.

El opuesto de la debilidad institucional arraigada en los clientelismos consistiría en un fortalecimiento estatal que le permitiera a las instituciones actuar, no a nombre de una corriente política, sino de unas políticas públicas producto del debate y escrutinio públicos orientadas a satisfacer los derechos de la ciudadanía en general.

El Centro Nacional de Memoria Histórica es producto de una ley, la ley 1448 de 2011, que configuró una política pública para reparar a las víctimas y a la sociedad en su conjunto, sin distingos de credos religiosos y políticos. Se sometió a varios debates en el Congreso y en los medios de comunicación y fue revisada por la Corte Constitucional. En el corazón de esa ley están, no unas víctimas en particular, sino todas las víctimas del conflicto armado. En ese sentido, el Centro, por mandato legal, tiene una vocación incluyente –escuchar y contribuir a reparar simbólicamente a todas las víctimas—superando la tradición clientelista que pone los recursos públicos al servicio de unos, los copartidarios, y excluye de esa oferta institucional a otros.  

El CNMH, durante sus primeros seis años de existencia, escuchó a víctimas de todo tipo de violencias cometidas por los diversos actores del conflicto armado. En ningún caso, los funcionarios pidieron carnets de afiliación política o indagaron por las convicciones ideológicas de los testimoniantes. Nunca preguntaron, antes de acompañar un proceso de memoria, qué pensaban las víctimas de las negociaciones de paz o del gobierno Santos, ni por quiénes votarían en las próximas elecciones. No escogieron los sufrimientos a reparar ni distinguieron entre unas y otras víctimas. 

¿Puede alguien como el Dr. Acevedo, quien ha trinado con tanta inquina contra personas de izquierda, representar la dignidad del cargo que va a ocupar y ofrecer a todas las víctimas del conflicto armado la disposición a escuchar sin ofender? ¿Puede él, luego de sus intervenciones públicas, ofrecer las garantías de imparcialidad para acompañar a las víctimas de quién él considera sus enemigos políticos?

Algo tienen en común los perfiles que ha propuesto hasta ahora el Señor Presidente: todos los candidatos participan en la esfera pública, no como académicos, sino como militantes y escuderos de una causa partidista en particular. Ese requisito nos regresa a la época de los clientelismos más tradicionales, cuando un Presidente solo nombraba a sus correligionarios en cargos de autoridad y poder. Transforma al CNMH en aparato ideológico de un partido y desdibuja su vocación integradora como punto de encuentro de múltiples voces.

Memorias desde el Estado: ¿Cómo?

En regímenes totalitarios, la memoria, a través de toda la institucionalidad, se pone al servicio del proyecto totalitario y se convierte en memoria oficial. En su afán de crear e imponer unanimidad, borra hechos incómodos y crea un pasado glorioso del que el régimen es el guardián y continuador. Así fue bajo el nazismo en Alemania o bajo Stalin en la URSS. En esas circunstancias, la memoria se convierte en un instrumento del poder político ahogando y persiguiendo el pensamiento crítico e imponiendo una mirada única, mítica y heroica, sobre un pasado fabulado.

Reconociendo estos peligros, la ley 1448 prohibió la producción de una memoria oficial desde el Estado. Para llevar este principio a la práctica, el CNMH acompañó procesos de memoria muy diversos que culminaron en la producción de informes, exposiciones, canciones, monumentos, dibujos, poesías, siguiendo muy distintos acentos y sentidos. De ellos, surgió, no un relato partidista, sino un gran archivo público del dolor, la esperanza y la dignidad de todas las víctimas del conflicto armado.

En los casos en que las narrativas fueran más allá de consignar los hechos violentos y respondieran no solo a ¿qué pasó? sino a ¿por qué pasó lo que pasó?, el CNMH asumió las respuestas consignadas en los informes como provisionales y sujetas a la crítica de contradictores a quienes nunca vio como sus enemigos. Por eso, impulsó seminarios y conversaciones inéditas y asumió el debate, no como una ofensa, sino bien por el contrario como una escuela de democracia donde la ciudadanía, con autonomía, puede ir constituyendo su propio juicio crítico frente al sentido de los hechos.

¿Puede alguien como el profesor Acevedo, que insulta públicamente a sus opositores y censura cursos y bibliografías en el ámbito universitario, garantizar esta pluralidad, indispensable para la construcción de una memoria democrática?  

 

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