Por: Columnista invitado

El cura de mi barrio

Por: Pablo Cala.

Recibe a los vecinos en el atrio, saluda de mano y mirando a los ojos, lo mismo pide que hagan al iniciar la misa los más de trescientos feligreses que van a ella. Es un sacerdote algo tradicional en su ceremonia, apegado al ritual litúrgico, en cada misa atraviesa el templo en procesión, le gusta el incienso y las campanas que anuncian la genuflexión. No se puede catalogar que sea un cura de derecha o izquierda, ni de centro, no es un cura obrero o de la teología de la liberación, tampoco es del opus dei o algo similar, es un cura tradicional, un cura del común, el cura de mi barrio.

Cada una de las cuatro misas del domingo están a reventar y la de la noche parece que fuera la celebración de la pascua en Semana Santa, más de mil vecinos acuden cada domingo. Lo rodean unas veinte personas, entre lectores, acólitos, cantores, nunca son los mismos en cada celebración, excepto el que canta, que además de hacerlo muy bien, cuenta con un excelente sonido que motiva a que todos cantemos, aunque lo hagamos mal, porque nunca se deja de escuchar la voz principal.  

En la misa de mediodía del domingo, el cura de mi barrio realizó una reflexión en la homilía con lo que más le caracteriza, un lenguaje sencillo, sin show, sin gritar, sin regañar, expresándose como si hablara contigo en la sala de la casa. Este domingo el evangelio fue sobre la parábola del Buen Samaritano y su reflexión empezó diciendo “esta semana han pasado muchos acontecimientos políticos de los que podríamos reflexionar a partir de esta palabra” y pensé que hablaría de la continuidad de asesinatos a líderes sociales, defensores de derechos humanos y miembros del partido político FARC, o tal vez de los migrantes en cualquier parte del mundo, de los nuevos desplazados forzados en el país, en fin.

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El cura de mi barrio decidió iniciar su reflexión con una noticia que sacudió las redes sociales populares de Bogotá, en especial por Whatsapp, donde un hombre de 57 años, vendedor ambulante, Guillermo Ignacio Trujillo, falleció frente a un hospital en Bogotá sin ser atendido bajo el argumento del personal del centro asistencial que “ni la institución ni la ley permite atender fuera del hospital, se atiende todo de puertas para dentro”. El cura de mi barrio preguntó a todos ¿existe una ley para no ser solidarios y misericordiosos? 

Esta lamentable noticia fue el prólogo de su homilía sobre el Buen Samaritano. “La gente ve situaciones injustas cada día. Todos las vemos. Se ve la debilidad humana, la persona herida, el maltrato humano. Todos lo vemos, pero muchos no hacemos nada. El siguiente paso al ver debe ser sentir, sentir misericordia, compasión. En la parábola, el sacerdote y el levita no sienten misericordia. ¿por qué no hicieron algo por el hombre lastimado? Para entender su reacción, debemos saber que eran judíos, le hacían culto a la Ley de Moisés y lo planteado en los libros de Levítico y Números, donde se prohíbe tocar el cadáver porque quien lo hace queda impuro, esa es la ley y ellos cumplen la ley. Es la justificación legal para no ser solidarios, lo que evidencia que por ser algo legal o ser ley, no es por ello buena, misericordiosa o solidaria.

El samaritano ve y siente, por ello se acerca, cuida y sana al herido. La ley en su caso no le impide la solidaridad, es samaritano, no es judío, más aún, es enemigo de su doctrina, de la ley judía. Ve y siente y la ley no lo cohíbe a ser solidario, compasivo y misericordioso.

Pero no solo siente y se compadece, sino que obra, hace algo para ayudar y transformar la realidad del hombre lastimado. Obra según su corazón. 

En el corazón humano está inscrita la solidaridad, pero es la ley la que cohíbe a ser solidarios. Estamos en un Estado Social de Derecho, somos ciudadanos y está bien cumplir la ley, pero cumplir la ley no debe alejarnos de ser humanos, de actuar éticamente. Hacer lo urgente, curar heridas, primeros auxilios, el buen Samaritano no se queda solo viendo, trasciende lo inmediato, lleva al herido a una posada y cuida de él, al día siguiente vuelve, paga el hospedaje y está pendiente de lo que se necesite. Es responsable con el otro, es una responsabilidad ética y social. Es su responsabilidad cuidar del herido, evitar su muerte, protegerlo. 

Ese es el buen Samaritano, el que puede Ver la injusticia, sentir misericordia y compasión, actuar con responsabilidad social, siendo solidario”.

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El cura de mi barrio logró la atención de toda la feligresía y al terminar su reflexión preguntó: ¿Qué hacemos frente a lo que vemos en nuestro país, en el barrio, somos solidarios hacemos algo como el buen samaritano? No olviden que de nada vale decir que se ama a Dios si no se ama al prójimo siguiendo el ejemplo del buen Samaritano.

Siguió el ritual. El cura de mi barrio invitó a todos a tomarse de las manos y cantar juntos el padre nuestro. La fila para la comunión parecía interminable, mientras se escuchaba una canción tan alegre y de buen ritmo, que hacía que el cuerpo se moviera solo, llevando el ritmo a los pies o cadera. Con esa alegría salió la gente una hora después de iniciada la celebración, la mayoría a buscar almuerzo o cualquier actividad de una tarde de domingo, yo me salí a escribir estas líneas. 

Muchos jóvenes, hombres y mujeres de diferentes generaciones, escucharon la reflexión, y pensé que, si tan solo una persona saliera a su día a día practicando el mensaje de Ver, Sentir y Actuar para transformar las injusticias, podríamos estar ante un nuevo momento de la sociedad colombiana, donde nos podamos desacostumbrar a la muerte y todo a lo que se asocia a ella. Igual pensé que así otros no lo hagan y de esa reflexión del cura de mi barrio todos se olvidaran al llegar a casa, me queda la responsabilidad de ponerla en práctica cada mañana.

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