El miedo, un viejo conocido

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Llevamos cerca de 45 días aislados, siguiendo las instrucciones de quedarnos en casa para cuidarnos y protegernos del corona virus. Confiamos en que nuestros líderes se encargaran de que la emergencia que vivimos se supere pronto. Para la gran mayoría de personas esta situación ha producido dinámicas de vida totalmente desconocidas.  En el proceso de aislamiento en el cual las redes sociales y los medios han producido todo tipo de contenidos, convirtiendo internet en el repositorio tanto de la información como de los sentimientos de buena parte de la humanidad, se observa la perplejidad en la que -sobretodo los habitantes de las ciudades de clase media y alta- han quedado en esta coyuntura.

El enemigo que amenaza afuera nos hace escondernos en nuestras casas para estar seguros; cuando salimos a comprar lo indispensable, caminamos con desconfianza y procurando pasar lejos y sin mirar a la cara a las demás personas que parecen todas representar una amenaza; hay una latencia en el ambiente que nos dice que algo malo está pasando, cerca de nosotros y que a cualquiera nos puede tocar. Las cosas que llegan a nuestras casas, se dejan en la portería, son desinfectadas e inspeccionadas como si fueran explosivos y no se permite que nadie distinto a los recluidos traspase nuestros umbrales; cuando suenan los timbres o citófonos nos sorprendemos porque además de no querer que nadie se acerque a nuestro refugio seguro, tememos que su presencia comprometa nuestra seguridad. Nos domina, en fin, el miedo a algo desconocido pero que sabemos que puede matarnos o por lo menos hacernos mucho daño. Protegemos a nuestros hijos de semejante amenaza, sin tener muchas certezas, diciéndoles que esto algún día pasará. Enfrentamos la escasez de lo que quisiéramos comprar y no tenemos alternativas distintas a lo más cercano a nuestros hogares. Tememos también, que seguir en esta situación termine por comprometer nuestra propia supervivencia por cuenta del colapso económico que produce vivir en un entorno de limitación de derechos.

Para otros tantos en esas mismas ciudades, pero en circunstancias menos favorables, la opción de resguardarse no existe. Estas personas tienen que ir en contra de las normas para sobrevivir, encontrarse de frente con el enemigo y esperar que no acabe con ellas. Son quienes su realidad les impide tener alternativas y por eso no pueden unirse al respeto ciudadano de las normas y, de hecho, deben irse en su contra.

Si pensamos con cuidado este escenario y lo extrapolamos a otra realidad única, esa sí solo de Colombia, podemos encontrar similitudes asombrosas que tal vez no imaginábamos. En las zonas remotas de nuestro país, en donde el conflicto armado sigue vivo y nunca se ha ido, en el Catatumbo, los Montes de María, el Cauca o Urabá, por ejemplo, esa zozobra es, también, un modo de vida. Cuando se vive la guerra de verdad, en el campo y las zonas donde nunca ha llegado el Estado, el miedo es la regla general de convivencia. Se confía en que ‘el que manda, sea quien sea,’ protegerá a toda la comarca de sus amenazas externas.

Así han vivido por décadas muchos colombianos, saliendo con temor de sus casas sin saber si van a regresar o con qué se van a encontrar; evitando el contacto humano por temor a que les haga daño, con miedo de los demás, porque no saben quién es su enemigo, aunque se sepa que hay una amenaza real. La casa es el refugio seguro que se quiere conservar como santuario en donde solo entran los conocidos. Muchos líderes de remotas tierras temen recibir en sus puertas sufragios que les anuncien que la muerte ronda. Como nos pasa hoy, se sabe que algo malo está pasando y que puede tocarle a cualquiera. En la guerra también, los niños crecen oyendo que esto algún día terminará.

Y quienes también por la precariedad deben salir a encontrarse con sus posibles verdugos, buscan formas para defenderse o buscar alianzas para protegerse. La necesidad de sobrevivir y la falta de alternativas, lleva a que recurrir a delinquir sea una forma de mantenerse vivo. A ello se suma el hecho de sufrir la escasez de vivir en lugares remotos y la pobreza generalizada porque la gente y los pueblos en medio de la guerra no tienen oportunidades de progreso. Vienen ahí los negocios ilegales y el establecimiento de estructuras de poder que se hacen cargo.

En estos tiempos de aislamiento, de solidaridad espontánea y de reflexión sobre lo que somos, tenemos la oportunidad de pensar que la privación que nosotros hemos sentido en las ciudades el último mes y medio, se parece mucho a la que viven aquéllos colombianos a los que la guerra les ha negado todo o casi todo, pero durante décadas. Entender que en muchos lugares de la Colombia profunda se vive en situación de emergencia permanente y que el miedo es lo único que se conoce, que nunca ha contado con un liderazgo desde el Estado que conjure esa situación, tal vez sea el mejor resultado del ejercicio de consciencia colectiva que hemos intentado hacer quienes enfrentamos esta coyuntura desde el privilegio que nos entrega este sistema inequitativo y desigual en el que vivimos.

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