Por: Columnista invitado

El silencio de la piedra

Juan David Enciso Congote*

Eran cerca de las 7:00 pm. Junto a las delegaciones de universidades y organizaciones sociales, nacionales e internacionales, la gente estaba reunida en la sede comunitaria de la Zona Humanitaria. Así la han denominado para manifestar su determinación de rechazar la presencia de cualquier actor armado. La penumbra y la poca luz eléctrica le daban al encuentro un aire solemne. Los ojos están puestos en la seño que va a inaugurar el festival de la memoria.

Entonces ella, ayudada por la luz de la linterna que sostiene su acompañante, abre el libro y empieza a leer: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados; yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros; aprender de mí, que soy manso y humilde de corazón…”. Luego vienen las palabras de perdón a quienes les han hecho tanto daño. Más tarde, esa misma noche, tuve la oportunidad de conversar con ella. Me expresó su profunda convicción de que sólo Jehová puede conseguirnos la paz.

Han pasado más de veinte años desde que todo ocurrió; los que fueron desplazados pudieron retornar, construir las viviendas con sus manos y consolidar de paso la organización comunitaria. Son, en su mayoría, afrodescendientes.

Dos meses después, el festival de la memoria se realizaba también en Chocó, pero esta vez el pueblo anfitrión era una comunidad Embera, en la ribera del río Jiguamiandó. Empezó con una caminata al Cerro Sagrado; en otro momento nos dirigimos al cementerio ancestral donde asistimos a una breve ceremonia ritual. El cementerio, en un claro del bosque, invitaba al recogimiento.

Es muy interesante encontrar que estos pueblos, que viven en un esfuerzo permanente por mantener la unidad y preservar la paz, anclan sus luchas en el mismo suelo en que han echado raíces sus tradiciones sagradas. Para el observador externo puede parecer un recurso simbólico, que dota de solemnidad la conmemoración del misterio del dolor, la muerte y la lucha. Sin embargo, conviene adentrarse un poco más en las razones que dan sentido a los rituales sagrados para comprender por qué se constituyen en motor de vida y esperanza.

Quien vive su fe por convicción ha llegado a descubrir la belleza del cosmos y, sobre todo, de lo más sublime de las relaciones humanas. No se trata de una decisión: es un fenómeno que nos toma por sorpresa y nos mueve a reconocer que hay en dicha realidad algo innegable y sobrecogedor. Puede provenir del claro del bosque que invita a reservar el espacio para algo entrañable o de la ternura que inspira el hijo o de la persona débil o lo que es más impactante, del perdón sincero del que ha sido ofendido y conserva la paz.

Hace poco, en un evento sobre educación para la paz, el rector de una escuela indígena hablaba de la importancia de promover los valores de la convivencia, entre los que destacaba apreciar el silencio de la piedra. En nuestra vida cotidiana ni siquiera caemos en cuenta de que la piedra está en silencio, pero alguien que está abierto a los detalles más sutiles de su entorno piensa en ello y ve en un trozo de roca una pequeña muestra del universo que se deja escudriñar e intuye en el orden y la armonía una sabiduría que desborda sus dotes intelectuales.

Esa misma actitud puede ayudarnos a cultivar la humildad para aceptar que a veces somos incapaces de resolver los grandes dilemas de nuestra vida, empezando por los conflictos que hemos causado con nuestro propio egoísmo, como decía Barba Jacob, “hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos...”. Pero al mismo tiempo vemos que muchos saben pasar la página y probablemente sea esa la actitud que ha permitido que la vida sobre la tierra no solo subsista, sino que florezca una y otra vez en medio de la guerra.

Es la desesperanza la que lleva a algunos a desilusionarse de las religiones tradicionales; y ciertamente los que nos decimos creyentes llegamos a escandalizar a otros con nuestro comportamiento. No obstante, es bueno recordar que el monoteísmo -islamismo, judaísmo y cristianismo- no propone la defensa de los buenos sobre los malos, sino el mensaje universal de que ante la Misericordia Divina nadie es digno de tirar la primera piedra.

Por eso la verdadera reparación no puede agotarse en el resarcimiento a la víctima sino en la rehabilitación solidaria del victimario; primero, porque cualquiera de nosotros es capaz de cometer los peores crímenes y por eso no podemos señalar la paja del ojo ajeno. Pero, sobre todo, porque en esos “días en que somos tan móviles, tan móviles”, llegamos a descubrir con alegría que en realidad la vida de cualquier persona es sagrada; se ve en los que saben recibir pedradas en silencio mientras ponen la otra mejilla.

Ante la contemplación de ese fenómeno, tal vez estemos dispuestos a suplicar humildemente que el espíritu de reconciliación que ha guiado a los grandes corazones ilumine nuestra mirada para ver con misericordia al que quizá ha caído al abismo por cuenta de las piedras indolentes de nuestro silencio ante la injusticia.

*Coordinador del Centro de Estudios en Educación para la Paz de la Facultad de Educación de la Universidad de La Sabana.

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