Por: Juliana Bustamante Reyes

El testimonio del Testigo

A pesar de ser un periodista reconocido desde hace muchos años, hasta hace poco menos de un año para muchos colombianos el nombre de Jesús Abad Colorado era desconocido. En muy poco tiempo, sin embargo, ha venido convirtiéndose en la voz de la resistencia contra este nuevo estado de cosas que nos presentan las políticas erráticas pero alineadas en el sabotaje a la paz del gobierno de Iván Duque y que parecen querer perpetuar la guerra en Colombia.

Jesús Abad Colorado o Chucho, como muchos lo llaman, es una víctima más del conflicto colombiano a quien la violencia lo tocó desde muy chiquito cuando su abuelo fue asesinado, dos tíos desaparecidos y vivió en carne propia el desplazamiento que lo llevó a terminar estudiando periodismo a Medellín.  Es un reportero gráfico que desde hace años decidió contar la historia de la guerra colombiana desde la fotografía, por lo cual ha sido testigo directo de algunos de los más atroces hechos de violencia que ha sufrido nuestro país: la masacre en la Comunidad de San José de Apartadó en 2005, la Operación Orión en la Comuna 13 de Medellín, la toma de Granada (Antioquia), el aterrador atentado en la iglesia de Bojayá (Chocó), entre muchos otros. Fue periodista de El Colombiano e investigador del Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación en Colombia, en tiempos en que la memoria emergía como un elemento fundamental en la reconstrucción del país. Ha ganado múltiples premios de periodismo y ha hecho varias exposiciones de su trabajo en Colombia y el mundo.

Jesús Abad lleva más de 25 años retratando el conflicto colombiano. Su testimonio irrefutable lo dan las imágenes que ha captado, sin interpretaciones, sin señalamientos, ni juicios; simplemente mostrando la realidad de la violencia en Colombia.  La mayor virtud de su obra la da el hecho de estar atravesada por la humanidad del dolor de las víctimas que magistralmente logra captar con su lente y que nos convoca como colectividad a mirarnos y asumir lo que nos corresponde como parte de una nación donde han pasado y siguen pasando los hechos de violencia más crueles, como si se tratara de un irremediable destino al que estamos condenados todos los que somos parte de ella.

El reconocimiento de Abad Colorado en la cultura popular ha venido creciendo a raíz de la exposición “El Testigo” que se inauguró el pasado mes de octubre en el Claustro de San Agustín, a pocos metros del Palacio de Nariño en Bogotá y que presenta más de 500 fotografías que dan cuenta de la tragedia de la guerra en Colombia, la devastación de la violencia y la desolación del conflicto, pero que, a la vez, logran recoger el aspecto humano de ese relato y transformarlo en un testimonio de esperanza, paz y reconciliación. Mientras muestra las imágenes de familias desplazadas, campesinos cargando ataúdes, niños y mujeres llorando a sus muertos y desaparecidos, personalidades silenciadas por las balas o paisajes destruidos por la guerra, igualmente recoge el brillo de las estrellas en una noche luego de una entrega de fusiles o exalta esos árboles que crecieron entrelazados en la colina de un pueblo donde ocurrió alguna masacre. Rescata el poder de la naturaleza que toma y retoma lugares abandonados y se resiste a desaparecer, como un grito llamando a la vida a pesar de la muerte. Le pone nombre y apellido a quienes fotografió y los honra contando su historia particular.

El documental del mismo nombre que se hizo también sobre el trabajo que Abad Colorado ha realizado, parte de la reflexión sobre la tragedia de matarnos entre hermanos. Y de cómo, a raíz de una fotografía tomada en una escuela abandonada por la violencia en la que quedaba escrito en el tablero el relato de Caín y Abel, él todavía no ha podido determinar en Colombia, quién sería quién en nuestra historia. Esta pieza es el complemento perfecto a la exposición pues el periodista regresa a esos lugares en los que estuvo retratando acontecimientos dolorosos y se reencuentra con lo que hoy queda de ese registro: los espacios reconstruidos, los adultos antes niños, los mayores antes jóvenes, las ventanas traslúcidas antes abaleadas y recupera en el presente la voz de esas víctimas reconociendo su lugar entonces y ahora en el relato de nuestra historia como país, llenando a esas imágenes de contenido humano y conectando al espectador con su propia historia, la de sus compatriotas que han vivido el horror de la guerra y que sueñan con la posibilidad de vivir en paz.

En esta semana santa que acaba de terminar, en días de introspección para tantos, Caracol TV transmitió el documental que solo había estado en cartelera por un fin de semana en octubre pasado o que solo había sido proyectado en espacios limitados. La acogida fue tal que incluso en Twitter se volvió tendencia el llamado a emitirlo nuevamente. Colombia, acostumbrada a la violencia y casi anestesiada por su inminencia, necesita (y quiere) saber lo que le ha pasado y conectarse con el dolor de tantas víctimas que reclaman la posibilidad de poder vivir sin violencia, creer en la vida y recuperar los sueños que se llevó el horror de una guerra que no fue ni es suya, pero que sufrieron de primera mano.

Tanto el documental como la exposición de Jesús Abad Colorado son piezas valiosísimas de memoria histórica que nos pertenecen a todos los colombianos y que tenemos el deber de conocer con el propósito de que episodios como los que muestran no vuelvan a repetirse. La esperanza es que también nuestros nuevos gobernantes, que solo deben cruzar la calle para visitar la exposición o que pudieron prender el televisor para ver el documental, entiendan el valor y su responsabilidad de hacerlo. Conocer y entender lo que nos ha pasado como sociedad podrá llevarnos a caminar juntos hacia un propósito colectivo de reconciliación realmente transformador.

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