Por: José Obdulio Espejo Muñoz

El tiempo del olvido

Hubo un tiempo en el que los colombianos estuvimos confinados en nuestras ciudades y municipios de residencia. Prácticamente desaparecieron las caravanas de vehículos con familias enteras que viajaban a sitios turísticos y balnearios. El temor de perder la libertad en los bloqueos ilegales de vías conocidos como “pescas milagrosas” superaba el deseo de disfrutar de momentos de ocio y esparcimiento.

Era la época en la que algunas columnas y cuadrillas de las Farc habían logrado sembrar su reino de terror en los cuatro puntos cardinales de nuestro país. De esta pesadilla tampoco escapaban los transportadores de carga y pasajeros. Era común la quema de automotores y ver vehículos bomba atravesados en caminos y carreteras, principales y secundarias, que impedían el derecho a la libre movilización de los colombianos.

Tiempos obscuros en los que terroristas de la talla de Víctor Julio Suárez Rojas, alias ‘Jorge Briceño Suárez’ o ‘Mono Jojoy’, se pavoneaba ante las cámaras de los medios de comunicación y aseguraba que sus huestes asesinas abandonarían las selvas para tomarse las ciudades, teniendo por telón de fondo las jaulas con alambres de púas donde mantenía cautivos por igual a políticos, soldados, policías y ciudadanos, al mejor estilo de los complejos de Auschwitz.

Para combatir este pandemónium, el Ejército Nacional ‒por antonomasia la fuerza terrestre de seguridad del Estado‒ se comprometió como ningún otro ente gubernamental en la campaña 'Vive Colombia, viaja por ella', una de las aristas más perceptibles de la recordada y controvertida Política de Defensa y Seguridad Democrática. Paulatinamente se recobró la normalidad y poco a poco los viajeros fueron transitando nuevamente las carreteras durante las temporadas vacacionales de mitad y fin de año,  los puentes festivos de la Ley Emiliani y la Semana Mayor como la que acaba de terminar.

En aquellos aciagos momentos de la nación, el Ejército, sin proponérselo, adoptó un sencillo ademán que hoy me atrevo a ponderar como un verdadero hito de memoria histórica institucional, tan necesario en estos oscuros tiempos para la institucionalidad castrense y para quienes hacemos parte de esta fuerza, en actividad o como parte de la reserva activa. Al paso de los viajeros, los soldados, apostados a lado y lado de las vías, empezaron a alzar su dedo pulgar con la mano cerrada, símbolo de acuerdo o aprobación en multitud de culturas de todo el mundo. En Colombia era señal inequívoca del triunfo de la sociedad sobre una minoría que pretendía sumirnos en el terror y el oscurantismo, si bien este sencillo gesto empezó a tomar un significado propio y único: la seguridad que sólo puede brindar el soldado.

Como respuesta a la tropa, los conductores comenzaron a devolver el particular saludo haciendo sonar los claxon y bocinas de sus automotores. Muchos, inclusive, adoptaron la práctica de parar en los retenes militares para ofrecer una bebida ‒fría o caliente, según el caso‒ y así aliviar las extenuantes jornadas de aquellos jóvenes ataviados con el uniforme de fatiga del Ejército y que veían expuestos a los rayos del sol o bajo la inclemente lluvia. Asistimos a una espontánea simbiosis entre el pueblo y sus soldados.

Pero, !oh sorpresa! la que muchos nos llevamos durante esta Semana Santa. El saludo de los soldados cambió. Ya no alzan el pulgar de su mano derecha al paso de los viajeros. Ahora se les ve hacer el tradicional saludo marcial o militar que estilan la mayoría de los ejércitos del planeta y que consiste en llevar la mano derecha con los dedos juntos hacia la sien o a la visera de la gorra que se lleva puesta. ¿Qué pudo pasar?

No quisiera ahondar en las circunstancias que motivaron tal decisión y menos conjeturar sobre quién promovió este cambio que considero desafortunado. Como escribí líneas arriba, el pulgar arriba es, a mi juicio, un hito de memoria histórica militar que dice mucho del rol de nuestros soldados durante el conflicto armado en los últimos tres lustros. Como tal, debería preservarse y documentarse para la posteridad, en el entendido que mantiene vivo en la memoria lo que hizo el Ejército para recuperar el derecho a la libre circulación de los colombianos por el territorio. ¡Es hora de entender qué es memoria histórica!

Me inclino a pensar que este cambio, que alguien consideró sutil, deviene de una vieja, pero recurrente práctica en la vida pública en muchas latitudes, según la cual “escoba nueva, barre nuevo”, por lo que es mejor tachar de un plumazo aquellos hechos que recuerden a los antecesores. Lo hacían, verbo y gracia, los faraones en Egipto, cuando ordenaban borrar de monumentos, obeliscos y pirámides, los glifos que configuraban el nombre de un antiguo monarca.

Así como el saludo romano o el saludo fascista de la Alemania nazi ‒por citar dos ejemplos extremos de épocas específicas en los anales de la historia humana‒ tienen distintos significados y significantes, el saludo del soldado colombiano con el pulgar arriba y la mano empuñada simboliza la prevalencia de la democracia, las instituciones y la vigencia del imperio de la ley.

Uno nunca cambia lo bueno. El mejor ejemplo lo tiene The Coca-Cola Company. La firma de bebidas gaseosas fundada en Atlanta, Estados Unidos, en 1871, jamás ha modificado el concepto que envuelve su producto estrella. Y no me refiere a la forma del envase o al logo tipo de su tradicional soda de color negro, mucho menos a los eslogan empleados en 148 años de historia: ¡Coca-Cola es felicidad! Quizá me equivoque, pero ¿ustedes qué opinan?

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