¿Elección imparcial de un nuevo comisionado de la verdad?

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Con todo, el reemplazo de María Ángela Salazar Murillo bien podría ser afrodescendiente como ella y haber estado en las filas de cualesquiera de las instituciones de la Fuerza Pública. ¿Por qué no? En la pasada convocatoria participé, pero en esta me abstuve, pues no los creo con el profesionalismo suficiente para elegir a quien critica con argumentos su trabajo.

El sino trágico que en el año de la pandemia recorre los pasillos virtuales de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, CEV, quizá sea un mensaje terrenal o divino para que en la próxima elección se equilibren las cargas bajo la égida del equilibrio, la justeza y la objetividad.

Es evidente que Colombia vive un conflicto armado por posiciones ideológicas que, en el papel y en la praxis, resultan a todas luces irreconciliables. El desgastado proceso de paz de La Habana entre el Estado y las Farc, es ejemplo palpable de este argumento. La posibilidad de hacer realidad el artículo 22 de la Constitución es hoy más lejana y esquiva que antes del 26 de septiembre de 2016.

En este particular contexto, ¿no suena lógico que la entidad responsable de redactar el informe final acerca de qué pasó en más de seis década de guerra fratricida precisamente cuente en su abanico de posibilidades con representantes de estas posiciones antagónicas? ¿Esta gran conversación nacional no exige que todas las partes estén sentadas alrededor de la mesa?

Esta es tal vez la principal lección que nos deja el posacuerdo con las Farc. La paz jamás ha sido estable ni mucho menos duradera, como la soñamos muchos. Quien opine diferente no vive en el país o no es un consumidor recurrente de medios de comunicación masivos, domésticos o foráneos.

Crecimiento desbordado de cultivos de coca, masacres por doquier y asesinato selectivo de líderes sociales, exmilitantes de las Farc y de soldados y policías en actividad y de la llamada reserva activa son nuestro pan de cada día. El apellido de los señores de la guerra muta y se ajusta a las circunstancias: ELN, Nueva Marquetalia, Clan del Golfo, Caparrapos, Rastrojos, carteles de Jalisco y Sinaloa, etcétera.

De ahí que la selección objetiva, plural y transparente de un nuevo comisionado de la verdad sea un imperativo ético y moral de Francisco de Roux y sus áulicos. No se necesita la teatralidad de un proceso de selección, como el que ya se adelantó tras el fallecimiento de Alfredo Molano Bravo, para escoger a alguien análogo con la actual línea argumentativa e investigativa de la CEV. ¡Los mismos con las mismas!, como dirían nuestros mayores.

Con todo, el reemplazo de María Ángela Salazar Murillo bien podría ser afrodescendiente como ella y haber estado en las filas de cualesquiera de las instituciones de la Fuerza Pública. ¿Por qué no? En la pasada convocatoria participé, pero en esta me abstuve, pues no los creo con el profesionalismo suficiente para elegir a quien critica con argumentos su trabajo.

Máxime tras el sambapalo que se formó hace un mes entorno a la voz disidente del comisionado Carlos Ospina −el único de ideología diferente a sus otros 10 colegas, incluido de Roux−, episodio que enrareció el ambiente y obligó al presidente del organismo a dar explicaciones que nadie le había pedido.

Salidas confusas a los mass media en las que el argumento inicial fue el trabajo armónico y bajo una misma atalaya luminosa del conjunto de comisionados, para luego dar paso a un grupo pluricultural y pluriétnico que libra verdaderas batallas de ideas, argumentos y contraargumentos. La epítome de un sistema de pesos y contrapesos.

Esta crisis mediática de la CEV −la segunda que yo recuerde en la corta historia del organismo−, dejó en la opinión pública más dudas que certezas sobre el carácter pluralista, objetivo y sin sesgos que impera en el seno de la Comisión, de la que se dice que Alejandro Valencia Villa es el verdadero poder a la sombra. ¡Amanecerá y veremos!

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