Por: Laura Baron-Mendoza

Innegable y persistente otredad

“No eran las ideas las que salvaban al mundo, no era el intelecto ni la razón, sino todo lo contrario: aquellas insensatas esperanzas de los hombres, su furia persistente para sobrevivir, su anhelo de respirar mientras sea posible, su pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio”.

Ernesto Sábado

 

Mientras Colombia está en un momento clave de develamiento de realidades, pasadas y presentes, que exigen definir el uso que se le ha de dar, se avizora la incapacidad de erigir un nuevo orden incluyendo al otro. Con todo, ese otro existe y persiste; es el revolucionario que pide transformar una realidad, cambiar un orden asimétrico que perpetúa la existencia de aquella esencial heterogeneidad del ser aludida décadas atrás por Abel Martín. Al querer negar la otredad y silenciar la necesaria transformación, los otros son quienes salen a relucir promulgando un lado no popular, un lado alejado del desarrollo económico depredador como eje central. Ese otro, que se pretendió ningunear en términos de Octavio Paz, siempre ha estado presente y hoy se erige con fuerza pese a la persecución de la que se convierte en objetivo … militar. 

La desmovilización paramilitar a principios de los 2000 y el inicio de la reincorporación de las FARC-EP, son parte de los intentos por finalizar etapas explosivas (literalmente) que han dejado a Colombia en un estado de contemplación; momento en el que se asombra y se interroga a sí misma ¿qué somos? ¿quiénes somos? ¿qué queremos ser? Colombia vuelve sobre sí, lo cual es, sin lugar a duda, una oportunidad para crear y, por tanto, distinguirse. Sin embargo, la reconfiguración de la explosión, que pretendía concluir, ha impuesto retos adicionales que prolongan la hostilidad del ambiente y por tanto oscurece las respuestas a estos interrogantes.

“Estamos de la mano con la comunidad, las personas de bien, trabajadoras y empresarios…”  Empecé a leer un panfleto que circuló en el Catatumbo en el mes de enero de 2020. Este, llegó a mis manos la semana pasada mientras me anunciaban la muerte de un líder del Nororiente; el río corría y el canto de los grillos y las ranas intentaba consolar la frustración ¿Acaso existe una autoridad tal para clasificar a las personas como “de bien” o “de mal”?  Esta zona de Colombia, en donde la coca forma mares en las montañas, el Fracking inicia y los actores armados imponen la ley y el orden, es aquella en donde la otredad deriva en objeto a negar y silenciar.

“…Indicamos que no queremos venezolanos, ni izquierdistas en nuestro país, estos ciudadanos también serán objetivos militares y si es del caso, también se darán de baja.” Firman Los Legionarios.

Lideres y lideresas, defensores y defensoras de derechos humanos, hemos ingresado en el saco de la generalización y la mortal estigmatización cuyo efecto es la exasperación de odios de las masas que resultan cómplices silenciosas de un exterminio que se normaliza. Ese saco se minimiza al mamertismo, la izquierda y el coco del castrochavismo; términos que hoy han sido prostituidos y, por lo tanto, carecen de significado. Aunque vacíos y huecos, son armas poderosas de destrucción que sólo se contrarrestan con una apuesta por la escucha, la empatía y lucha contra la posverdad; una lucha que parece entelequia tras escuchar las recientes cifras de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y las declaraciones de The Guardian calificando a Colombia como la Nación más sangrienta contra defensores. 

Si bien Colombia se desnuda ante su realidad, encontrando la oportunidad de someterla a un proyecto conjunto, su tradicional hermetismo y lectura en clave maniquea sigue sometiéndola a una crítica no intelectual, sino instintiva, y, por tanto, irrefutable. Dicha crítica precede la indiferencia la cual reafirma la insignificancia de la vida y el reinado del egoísmo, así como de aquella individualidad que condena notoriamente.

Liderar y defender. Si pretendemos darles contenido a estos victimizados títulos, ambos comparten la búsqueda de transformación de territorios sin responder a intereses exclusivos de demagogos y sin que estos se limiten a ser pintorescas fachadas para turistas. Esta realidad, inmersa en brechas socioeconómicas, que lucen condenadas a la eternidad, no se transforma con la promulgación de leyes mientras no se conozca el origen de quienes componen el territorio, sus tradiciones e ideología, en oposición a la permanencia de una jerarquía heredada y poco aterrizada. Asímismo, ese pasado y raíz, conocido y reconocido, es el primer ingrediente para conformar una Nación capaz de unir voluntades dispersas. Con ello, ese otro deja de ser objeto para convertirse en valioso agente de cambio huyendo de la violencia como único medio de dialéctica.

@laurabm02

 

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