La conciencia de la humanidad y el Tribunal Permanente de los Pueblos en Colombia

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Por: Michael Monclou Ch.*

En la novela Los Ejércitos, de Evelio Rosero, se cuenta la historia de San José, un pueblo que podría ser uno de los muchos pueblos de Colombia que han sido desgarrados por el conflicto. Los habitantes saben que pronto llegará la guerra y recuerdan haber visto “filas interminables de hombres, niños y mujeres, muchedumbres silenciosas sin pan ni destino”. Escenas como estas son reales y diarias en el país, pero no han encontrado una respuesta contundente del Estado. Tal vez el Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP) pueda reclamar ante el silencio institucional y denunciar la violencia impune que persiste en Colombia.

Hace un año, más de trescientas organizaciones y personas defensoras de derechos humanos pidieron al TPP que sesionara Colombia. El TPP respondió, y por eso los días 25, 26 y 27 de marzo de este año se hicieron las audiencias para juzgar al Estado colombiano por el genocidio político contra amplios sectores de la oposición. El Gobierno fue invitado para ejercer su derecho a la defensa, pero no asistió a esta cita con la historia, como en un intento de silenciar ese pasado y presente incómodos.

¿Cuál es el antecedente del TPP? En 1966 los filósofos Bertrand Russell y Jean Paul Sartre, junto con otros intelectuales y humanistas, formaron el Tribunal Internacional sobre Crímenes de Guerra. Su fin era juzgar ante la opinión pública y las conciencias de los pueblos las atrocidades cometidas por Estados Unidos en Vietnam. Sus decisiones no fueron vinculantes, pero se convirtieron en un testimonio para que las generaciones futuras conocieran el dolor de las guerras. Un segundo tribunal, con la participación de Cortázar y García Márquez, sesionó en 1994 para juzgar la represión y las dictaduras en América Latina. En 1979 se fundó el Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP) como heredero de los tribunales Russell-Sartre. El TPP tampoco es una corte internacional que pueda juzgar a personas o países. ¿Significa esto que sus decisiones son irrelevantes? En lo absoluto. El TPP afirma que, debido a que las normas internacionales son aún imperfectas y los Estados las violan frecuentemente, su misión es llenar las lagunas del Derecho y denunciar cuando se estén desconociendo los derechos humanos. Es decir, el TPP reconoce que la garantía de estos derechos está por encima de los Estados. El reconocimiento y la denuncia se traducen en una interpelación a la conciencia, ética e inteligencia de la humanidad para poner en conocimiento del mundo la realidad social y política de los países y sus pueblos.

En Colombia, el TPP ya dictó sentencia en dos ocasiones: en 1991, para pronunciarse sobre la impunidad de los crímenes de lesa humanidad de América Latina. En ese fallo, el TPP afirmó que Colombia tenía un gobierno formalmente democrático cuya violencia institucional o parainstitucional perseguía acabar con toda persona u organización social, política o gremial que se oponga a las políticas vigentes. En 2008, la sentencia condenó al Estado colombiano por permitir la violación del derecho al trabajo, por violar el deber de proteger al medio ambiente y por su participación, directa e indirecta, en la comisión de crímenes de lesa humanidad, de prácticas genocidas y crímenes de guerra.

El primer día de sesiones, el TPP conoció casos de prácticas genocidas contra movimientos campesinos como la ANUC y el Coordinador Nacional Agrario y contra movimientos sindicales como la USO y la CUT. El segundo día se presentaron casos sobre la violencia sistemática e histórica contra movimientos políticos como la Unión Patriótica y, recientemente, contra los reinsertados de las FARC. El tercer día se presentaron múltiples casos sobre pueblos indígenas, afrocolombianos, poblaciones LGBTI y movimientos estudiantiles.

El padre Javier Giraldo, S.J., quien participó como vicepresidente del TPP, recordó que la Colombia que asiste a la audiencia es una Colombia perpleja frente al asesinato permanente de líderes sociales.

La sentencia será publicada en algunos meses y, tal vez, no sea de extrañar el sentido del fallo. Los años de una violencia tan cruel y desigual en Colombia parecieran seguir sin hablar a nuestra ética y conciencia humana. El dolor del otro no es mi dolor. Por eso, apelando al espíritu del Tribunal Permanente de los Pueblos, es necesario mirar al otro y reconocerlo como en una relación que el filósofo Lévinas llamó simétrica. Una relación en la que dejemos de convivir con el olvido del prójimo.

*Investigador de @Dejusticia; mmmonclou@dejusticia.org

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