Por: Christian Rodríguez

La guerra comenzó por casa

Después del tango en la máquina de discos y un aguardiente, tío Gilberto se levantó de la mesa y de una trompada le tumbó varios dientes al famoso pájaro que días atrás había amenazado a mi papá, su sobrino preferido. - Y andá por tu pistola que acá te espero, ¡cobarde!-dijo, mientras pájaro Federico salía cuesta abajo como un tierno gorrión.

Copacabana era un pueblito conservador. Algunas casas a las orillas del rio Medellín por gentes venidas de San Pedro, Girardota o el oriente antioqueño le habían dado vida a este caserío cuya especialidad era salar carnes para quienes iban y venían de la entonces Villa de la Candelaria.

Con la guerra entre liberales y conservadores el rio se convirtió  en una autopista de cadáveres, aunque también de  imágenes tiernas de niños jugando a atraparlos. Muchos tenían abierto el cuello y la lengua salía como corbata. Los pequeños competían quien habría de encontrar más señores muertos. Y en una de estas, parece que mi padre sacó del agua al cadáver equivocado y su asesinó se había molestado tanto que lo amenazó.

Tío Gilberto era grande y moreno, con más alma de poeta que asesino. Siempre bien vestido con el pelo engominado, buena loción, pantalones de paño y camisas manga larga a rayas. De buen trato aunque introvertido, y sumamente respetuoso con las mujeres, en especial con aquellas que se dedicaban a consentirlo en los burdeles. Un liberal del pueblo, como le decían a los gaitanistas.

Impensable que Tío Gilberto terminara sus días como jefe bandolero dedicado a destruir todo lo que tuviera color azul. Aún más, cuando por su inteligencia se invirtieron los pocos ahorros en el viaje a Bogotá para su carrera de abogado que nunca comenzó. La revolución le había permeado la médula y también el caudillismo su corazón. Por esto, la trompada al reconocido sicario conservador fue el comienzo de su decadencia y el intento de reconciliación con su parentela hasta que pasó la desgracia.

Algunos familiares al sur del Valle de Aburrá, pudientes por el comercio del grano de café y conservadores hasta el cansancio, habían decidido celebrar en familia, en una de sus casonas la navidad. Fiesta donde todos estarían por primera vez sin distingos. Para tal fin, nadie debería hablar de política y religión.

Fue así como el 24 de diciembre de 1950, antes de que llegara el niño Dios a la media noche, después de una conversación pasada de nota entre el tío Gilberto y su primo Víctor sobre quien debió haber ganado las elecciones en el país. Y al escuchar el primero que el segundo se dirigía a su líder como un “negro de pueblo bien muerto”, y que en cambio su presidente era católico y blanco, venido de ciudad, tío Gilberto sacó el revolver que llevaba en el ciño y le descargó dos balazos en el pecho a su primo conservador. Asustado, y apenas pensando en lo que había hecho, salió en huida montaña abajo aunque pocos días después lo encontraron a la orilla del rio dentro de una nube de gallinazos con la lengua afuera. Se la sacó el nuevo pájaro que llegó a Copacabana pagado por la familia.

Mi papá jamás volvió al rio y aun viejo de vez en cuando extraña los abrazos de tío Gilberto que solía cantarle sentándolo en sus piernas esos tangos que lo hicieron aunque asesino un tierno poeta…, “verás que todo es mentira verás que nada es amor si al mundo nada le importa, gira, gira”.   

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