Por: Laura Baron-Mendoza

La inquebrantable persistencia de la violencia

Las guerras no son estáticas, son cambiantes. Hemos y estamos siendo testigos de una reconfiguración de la dinámica de la violencia colombiana luego de la dejación de armas de las FARC-EP. Dicho proceso constató previsibles vacíos de poder tentadores para otros actores, quienes fundamentan su deseo en la disputa del control territorial y los recursos que de este se derivan. Este escenario, que fue previsto y advertido, hoy es una realidad ocasionada por la debilidad del Estado para asegurar su presencia social en aquellos territorios.

Un ejemplo vivo de esta reconfiguración está en los municipios que conforman el Bajo Putumayo entre ellos San Miguel, Puerto Asís y Valle del Guamuez. Esta zona ha sido uno de los principales corredores de droga, tropas y armas hacia Perú y Ecuador, constituyéndose en escenario de disputa constante desde la década de los 80. Diversos actores armados han penetrado sus venas. A principios de los 90 fue el frente 48 de las FARC-EP el principal actor que impuso ley y orden en la zona, viendo su regencia interrumpida por el Bloque Sur Putumayo de las AUC desde 1998 hasta el 2006.

Luego de la desmovilización de este último, como parte del Bloque Central Bolívar, los reductos del paramilitarismo continuaron en la zona, lo cual hoy se afianza con la llegada de variados actores que ambicionan su poderío. Lo preocupante son sus confusas maneras de operar y, sobre todo, la falta de identificación. “No se sabe quién manda, y por eso uno no sabe con quién habla, ni cómo actuar” me dijo una lideresa. Esta actual dinámica de violencia armada se caracteriza por la desestructuración de la tradicional jerarquía militar dentro de los actores armados, el aumento de la brutalidad, los civiles como blanco principal de los ataques y, sobre todo, el reclutamiento mediante salarios que resultan atractivos en medio de la escasez, precariedad y vulnerabilidad. Con esto, la ley que impone es aquella de la incertidumbre, el silencio y la necesidad.

Un fenómeno tan universal y frecuente, como son las guerras, es causado por un status quo que parece inquebrantable en nuestra realidad. Este status quo se ha caracterizado por la no satisfacción de necesidades básicas en los territorios, así como la perennidad de un inalterable sistema de estratos sociales con efecto marginalizador cuya secuela es la polarización y la apatía.

El creer que sabemos el significado de la guerra, se constituye como una dificultad misma.  Así, tal y como el doctor hace un diagnóstico antes de recetar una medicina, una de las inaplazables tareas de las ciencias del comportamiento humano es la comprensión de los factores que motivan el conflicto, así como de aquellos que posibilitan su continuidad y sostenimiento.

Para quienes deseen unirse a los procesos de construcción de paz, es crucial la comprensión de la naturaleza misma de la guerra.  En vez de pintarnos la guerra como algo irracional, es ineludible reconocer que una de sus causas es generada por sistemas políticos y económicos determinados. En otras palabras, la guerra, en sí misma, es una alerta al deber de transformar y adoptar un sistema alternativo cuyo inicio radica en tener en cuenta a quienes, por alguna razón, deciden (re)tomar un arma y unirse a un actor armado (sea el que sea). La base de esa decisión responde, a su vez, a ese sistema político y económico que amerita una alteración. Para muchos, unirse a un actor armado no representa un problema sino la solución a sus dificultades. En otras palabras, una de las cuestiones a considerar en medio de la reconfiguración de nuestra violencia armada, radica en modificar los incentivos que animan a las personas a tomar un fusil, a financiar o perpetrar actos de violencia.

La materialización de la famosa y ya casi prostituida frase “una paz sostenible y duradera”, depende no solo de crear incentivos para la aceptación de la paz, sino de la creación de un escenario capaz de tener en cuenta las necesidades e incansables exigencias que continúan motivando a la gente a la guerra. Construir paz significa entonces estar listos para escuchar.

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