Por: Laura Baron-Mendoza

La marcha por la vida: Intento por resquebrajar la indolencia

Ante los ojos de la mayoría, prescindir de la libertad puede ser inconcebible. Sin embargo, tiene más sentido de lo esperado. Pocos humanos desean ser liberados de un sistema de hábitos y de la tranquilizadora rutina que obstaculiza ver más allá de la cotidianidad propia. Por lo tanto, en nuestra realidad, tan sombría que parezca, vivir en la esclavitud, la cual en este contexto la equiparo con ceguera, termina siendo el común denominador.

Hace poco leía la versión apócrifa de un episodio de la Odisea en donde el alemán Lion Feuchtwanger relata cómo unos marinos, convertidos en cerdos bajo el hechizo de Circe, resistieron firmemente a ser devueltos a su condición humana. De hecho, el único marino liberado por Odiseo, conocido como Elpenor, acusó a su libertador de forzarlo a la asunción de riesgos, la responsabilidad y, por lo tanto, la toma de decisiones. Dicho esto, la pregunta insoslayable es si como colombianos estamos listos para liberarnos de una ceguera esclavista que no nos ha permitido palpar la gravedad de lo que ocurrió y sigue ocurriendo en nuestro país.

Con todo, debo decir que opto por inclinarme hacia la afirmación según la cual la verdad, aquella que el ser humano prefiere evadir, es la que tiene la virtud de liberar, y que la consecuencia de esa temible libertad se cristaliza como núcleo esencial de lo que podemos denominar autonomía y la base de la cooperación solidaria. A pesar de esto, también puedo entender la posición de duda en donde el peso de la responsabilidad por lo que pasa, más allá de la rutina individualista, puede devenir en un tormento con efecto paralizador.

Esa verdad liberadora es la de la muerte de más de 700 lideres y lideresas, el asesinato de más de 130 ex miembros de las FARC-EP, el ataque a miembros de las fuerzas armadas y de policía, las nuevas olas masivas de desplazamiento interno, el confinamiento de pueblos indígenas en el Chocó, entre otros. Sin embargo, esa misma verdad, indiferente e invisible para la gran mayoría, pareciera revelar un panorama paralelo de anomia (ausencia de normas). ¿Podríamos entonces hablar de una paradójica existencia concomitante entre anomia para unos y esclavitud para otros?

Por un lado, tenemos un sector de la población ciego y con temor a ser liberada por la verdad. Lo anterior, toda vez que, sin duda alguna, es más ligero depender de un código de conducta y sujetarse a una rutina, que despertar ante ese escenario oscuro del otro sector de la población que continúa resistiendo los estragos del anhelo del poder político y económico. Finalmente, tenemos otro sector que, aunque pareciere carecer de un sistema de orden normativo, sigue rígidamente un sistema de reglas crueles, egoístas y, sobre todo, inestables y desconocidas por el resto. La incertidumbre de las reglas de juego en los territorios disputados por diversos actores armados implica duda, miedo y silencio. En otras palabras, la supuesta anomia es ilusoria. Aquellos que continúan desplegando la violencia armada siguen unas normas que, aunque inconstantes y anónimas, existen y son las que generan la pavorosa realidad que compone la verdad liberadora.

Ese temor, esa incertidumbre y desconocimiento de las reglas de juego en diversos territorios, son la razón para que el sector esclavo exija la libertad y comience a cuestionarse a sí mismo. La exigencia de libertad ante esa cotidianidad cómoda en la que la gran mayoría está sumergida no implica una agonía, sino que supone prevenir una para aquellos que invitan a la empatía.

La marcha por la vida, del próximo 26 de julio, es un intento de miles de Odiseos para devolver la humanidad, liberar de la ceguera y congregar a Elpenores que puedan ejercer sus derechos, así como exigir la garantía de esas normas que conocemos como capaces de permitirnos coexistir sin eliminarnos. Podemos liberarnos de una ceguera esclavista que ni el 20 de julio de 1819 logró visibilizar. Podemos abrir nuestros ojos a un feroz entorno que ruega nuestra atención, pues somos parte de esa realidad que exhorta finalizar con el juego de la individualidad.

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