Por: Diana Gómez Correal

La memoria, la historia y los ausentes en la disputa por la verdad

En un país que ha perdido tantas vidas, los ausentes, aquellos que están muertos y quienes permanecen desaparecidos, hacen parte de la geografía nacional y del mundo de la política. Las ausencias marcan la composición de la memoria, y la hacen no solo extremadamente profunda, sino también inconsciente, corpórea, sensorial, emocional, al tiempo que verdaderamente política.

En la historia de los familiares que se han organizado para exigir verdad y justicia, y quienes han puesto en el centro la construcción de paz y no la venganza, ni la armada ni la jurídica, la memoria, a falta de un sistema que aplique justicia, es la materialización de la dignidad. Por la potencia que tiene la memoria y su rol en la reconstrucción del pasado y la historia, hoy, en tiempos de aplicación de una paz negativa que busca silenciar al oponente (la guerrilla), y las verdades de la violencia de aquellos que siendo parte de las élites y del Estado son responsables de atroces crímenes, las instituciones estatales encargadas de la historia y la memoria nacional han sido ocupadas por el espectro más conservador de nuestra sociedad.

Pareciera que el Centro Nacional de Memoria Histórica y el Museo Nacional, van a poner en marcha lo que Nietzsche llamó la historia anticuaria y la monumental. La última generaliza y pierde la individualidad del pasado. Este es idealizado y solo uno de los múltiples pasados tiene el derecho a continuar hacia el futuro. Esta historia no es capaz de producir una veracidad completa. La historia anticuaria, por su lado, enfatiza tanto la costumbre como la tradición, y venera el pasado, así como todo lo viejo. Nuevas tendencias son concebidas como amenaza, la vida es momificada.

Ninguna de estas dos historias le hará bien a Colombia, pues serán vehículo y fundamento de la continuidad de la polarización y la violencia. La construcción de paz no es fácil. Nunca lo será. Si bien la paz liberal que dejó la Presidencia pasada no es la panacea, al menos ella tenía la posibilidad de abrir el camino para una paz transformadora. La paz negativa, la paz del olvido de ciertos crímenes, y de la acentuación de otros, difícilmente abrirán el camino para la coexistencia que hoy requiere forjar Colombia en aras a dejar atrás el conflicto armado y la violencia.

Lo paradójico es que quienes creen en la paz transformadora no se detendrán. La memoria rebelde y obstinada de los familiares, los movimientos sociales y los pueblos que han sido objeto de violencia sistemática en Colombia como los que habitan en el Cauca, seguirá caminando. Hoy esa memoria debe contribuir a una historia crítica que debe servir para el florecimiento de la vida, para la construcción de un futuro lejano al pasado que causó la violencia.

Los artilugios jurídicos en torno a la JEP, y el recorte de presupuesto a la Comisión de la Verdad y la Unidad de Búsqueda a Personas Desaparecidas, puede que retrasen es a la violencia aunque aún falte. La posibilidad de la paz transformadora, y con ella de una democracia real, no la arrebe cometido, pero no lo detendrán. Este país ha avanzado en capacidad de análisis y en un posicionamiento ético con respectoatarán de nuevo sin que quede constancia en la historia de sus responsables.

La violencia proveniente de la extrema derecha ha querido borrar física y simbólicamente del espectro político y social a quienes piensan diferente y proponen una sociedad más equitativa. Si bien la materialidad física de muchos líderes sociales y de la oposición ya no está, su materialidad vital sigue presente. Los ausentes siguen vivos, en el aquí y el ahora. Benjamin en sus reflexiones sobre la historia y el nazismo, planteaba que ni los muertos “estarán seguros ante el enemigo cuando este venza”. Si bien esto es cierto, quizás solo ahora este filósofo pueda corroborar que los vivos tampoco están seguros del accionar pasado y presente de los ausentes. Ellos mueven el mundo y hacen parte de la política, aunque su práctica y definición tradicional no tenga la capacidad de reconocer su continua presencia.

*Profesora CIDER-Uniandes @DianaMGomezC

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