La no violencia en la Colombia de 2021

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Justo ahora, cuando aún hierve la muerte de Dylan Cruz, de Javier Ordoñez y de cada muchacho asesinado en septiembre de 2020. Justo ahora cuando no para la cuenta de asesinatos a líderes sociales a firmantes de paz y empieza la campaña electoral con la agitación del trapo viejo y sucio del porte de armas. Justo ahora, tenemos que hablar de no violencia.

Ya sé que muchas personas rechazan cualquier clase de violencia, “venga de donde venga”, desde una perspectiva hipócrita y represiva. Señalan como inmoral cualquier cosa desordenadora del orden de jerarquía aún si se trata de injusticia y privilegio. En cambio, autorizan la fuerza de represiva de la Policía, del Ejército y hasta de una agencia privada, con todos sus abusos, siempre que defienda el interés propio, propietario.

Ya sé que muchas otras acusan a quien cuestiona el ejercicio de la violencia por su supuesta cobardía; por evadir el más alto grado de compromiso que se supone implica el exponerse con violencia a la reacción violenta de los adversarios y por subvalorar las razones irrefutables e históricas que explican la violencia legítima - defensiva.

Ya sé que a la violencia se puede tener derecho. También escuché a esa valiente madre mexicana, cuya hija fue asesinada, en un video muy conocido en redes sociales en el que afirmaba: “y si quemo, y rompo, y hago un pinche desmadre en esta ciudad, ¿cuál es su pinche problema? A mí me mataron a mi hija (…) tengo todo el derecho a quemar y a romper. No le voy a pedir permiso a nadie porque yo estoy rompiendo por mi hija”.

Si la realidad es que somos individuos de dignidad sagrada e independencia, que nos juntamos libres e iguales porque eso nos preserva de las amenazas, la cuestión de la violencia es de derecho y así, de poder. Entonces el monopolio de las armas en el Estado es un precepto sujeto a que se satisfagan las expectativas de esa concesión. Si no está satisfecha la seguridad, la violencia puede privatizarse por derecho de cada quién a defenderse con las armas que pueda comprar. Las elecciones, y eso es lo que ocurre en Colombia, pueden ser atractivas ferias de oferta para resolver ese asunto individual, para mí y para los míos.

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Pero la realidad es otra cosa. Somos seres humanos, es decir, somos siempre dependientes, interdependientes y no tenemos la elección de juntarnos porque esa es la condición de nuestra existencia; la condición de nuestra libertad y la medida real de nuestra igualdad.

Una cosa es la anti-violencia que puede ser ingenua sobre el derecho legítimo a la defensa. Pero estoy hablando de no violencia, que es un compromiso ético con la igualdad de los seres humanos basada en la certeza de que mí vida, tanto como la vida de mi adversario, se necesitan mutuamente y ambas tienen derecho a ser igualmente valoradas e igualmente lloradas al momento de la muerte.

La no violencia no es pasividad, ni actos demostrativos de corrección política, ni acción política diseñada para la aceptación mediática. La no violencia es la decisión de actuar con la certeza del derecho merecido individual, decidiendo la vía de la creación del derecho necesario humano. La no violencia es fuerza organizada que exige y expone al sufrimiento, tal vez más que la supuesta valentía de los armados, como se ve una y otra vez en nuestra cartografía de la memoria.

La no violencia también es una estrategia que no se ejecuta en cualquier lugar o cualquier momento. Es fundamental “cuando la violencia parece saturar el mundo y parece no existir ninguna salida inminente”, como dice Judith Butler. Es necesaria cuando la situación, por su gravedad y degradación, permite aumentar la capacidad de convocatoria sólo a condición de que se ejerza una acción sostenida no violenta que habilite la confianza en que las cosas pueden ser distintas. Obliga a involucrarse en la solidaridad y la exigencia de justicia, para Dylan, para Javier Ordoñez, para cada joven asesinado por el abuso y la brutalidad policial, para los y las líderes sociales, para los y las firmantes de paz…

Justo ahora tenemos que hablar de no violencia.

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