Por: Columnista invitada

La primera casa de la memoria para las mujeres del Magdalena Medio

Por Laura Marcela Serrano Vecino*

Desde diferentes lugares de Colombia, las comunidades, colectivos y organizaciones sociales se han impulsado diversos procesos de construcción de la memoria histórica, encaminados a la reflexión, el encuentro y la reparación simbólica como un aporte fundamental para la no repetición de los hechos violentos. Una apuesta que parte desde el ejercicio pedagógico y político que quiere humanizar aquellos cuerpos que han sido deshumanizados por la guerra, romper los miedos que han sido silenciados por las armas y recuperar los sueños reprimidos por la violencia.

Aunque existen diferentes iniciativas institucionales que apuntan a la construcción de memoria y han sido un apoyo primordial para el desarrollo de los procesos en los territorios, los protagonistas de estos ejercicios han sido los grupos sociales y las comunidades que encuentran fundamental reflejar, representar y resignificar sus memorias en lugares, objetos y ejercicios concretos en correspondencia con sus vivencias y sentires. La Red Colombiana de Lugares de Memoria cuenta con treinta lugares e iniciativas que dan cuenta de la diversidad cultural y social del país y la importancia que esta tiene a la hora de narrar, relatar y establecer un marco de interpretación colectivo sobre los hechos sucedidos en el marco del conflicto armado.

Esta diversidad nos impide hablar de una memoria, debemos entonces referirnos a las memorias, plurales, diversas, dinámicas y en disputa permanente. Siempre confrontadas con las historias oficiales y luchando contra la invisibilización, el silenciamiento, la subordinación y sobre todo, el olvido. Callar la memoria de un pueblo o de un grupo social es callar su existencia, es ignorar lo que les ha sucedido, pero sobre todo, es ignorar sus proyectos de futuro.

El pasado es nuestro referente para el camino que andamos y es nuestra obligación mirarlo mientras continuamos el recorrido histórico. De esto se trata hacer memoria, mirar al pasado para transitar en el presente. No nos enfrentamos al presente, ni al futuro, sino a nuestro pasado. Y lo hacemos a través del reconocimiento de nuestra propia experiencia. Esto en un escenario colectivo implica un ejercicio de identidad con otros y con otras que han vivido experiencias similares, con quienes compartimos dolores, recuerdos y luchas.

Por eso nosotras, la Organización Femenina Popular en el Magdalena Medio, territorio azotado por la violencia social, política y patriarcal, hemos enfrentado nuestro pasado y construido el futuro desde la organización, la solidaridad, la resistencia y la dignidad. Esta tierra salvaje ha sido testigo del nacer de movimientos obreros, campesinos, sociales e incluso de la iglesia católica. Y en medio de ellos nos ha visto a las mujeres tomarnos su río, sus tierras, barrios, municipios, plazas y veredas para exigir nuestros derechos, educación para nuestros hijos, construir nuestras viviendas, recuperar nuestras tierras, buscar nuestros muertos y defender nuestros vivos. Estos hechos son el pasado que hoy enfrentamos y a partir del cual construimos nuestra memoria. Una memoria que no nos ubique más en el papel secundario, únicamente como las víctimas, madres, viudas, hermanas o hijas, sino que reivindique nuestro papel como sujetas autónomas, agentes políticos, sobrevivientes y sobre todo, constructoras de paz.

Nuestro territorio, que ha sufrido todas las causas estructurales del conflicto, con todos sus matices y manifestaciones en enfrentamientos armados, amenazas, asesinatos, desapariciones, torturas, violencia sexual, desplazamientos y, después de todo eso, la dolorosa impunidad rampante, es testigo del sendero caminado junto a otros y otras. Aquí hemos tejido los caminos de la solidaridad, la dignidad y la resistencia. Para esto hemos construido alianzas, símbolos, discursos, consignas, equipos, campañas, canciones, comedores, cooperativas, conocimientos y casas; casas que albergan todo esto en medio de dolores y esperanzas, que han brindado refugio y alimento a hombres y mujeres, que han sido sedes de sueños colectivos, escenario de decisiones difíciles y también de risas fáciles. La claridad  de estos recuerdos y sentimientos ha sido el insumo fundamental para la construcción de una nueva casa: la Casa de la Memoria y los Derechos Humanos de las Mujeres del Magdalena Medio, inaugurada el pasado 25 de julio en Barrancabermeja.

Esta Casa no solo quiere reconocer esta historia, sino que al ser el primer lugar de memoria con enfoque de género en el país, construida desde un proceso colectivo y popular con mujeres del Magdalena Medio, pretende transformar los imaginarios de quienes la visiten sobre el lugar que las mujeres hemos ocupado en los relatos sobre el conflicto armado desde un ejercicio reivindicativo sobre nuestras luchas por la igualdad como protagonistas de la construcción de paz en el territorio. Es el legado que nosotras construimos y con el cual le hacemos frente al legado que nos dejó la guerra, el de las relaciones rotas, el de la sospecha del vecino, el de la desconfianza con el amigo. En esta casa decimos que todavía defendemos la vida y sembramos la paz, aun en medio de las grietas de la muerte.

En esta Casa Museo hacemos un recorrido por la historia, en su dimensión temporal y espacial, construida desde un profundo sentir femenino, con todo lo que significa ser mujer en el Magdalena Medio, siendo nosotras mismas territorio, siendo nuestros cuerpos y mentes también territorio de paz; siendo víctimas, pero siendo también sujetas políticas, sobrevivientes y constructoras de paz. Desde este hilo narrativo y a través de elementos auditivos, visuales y plásticos que invitan a la interacción del visitante con ellos, presentamos las conflictividades vividas en la región, la historia del movimiento social y particularmente de las mujeres y la Organización Femenina Popular en sus diferentes etapas: nacimiento, autonomía, resistencia, transición y recuperación.

La Casa Museo de las Mujeres es una apuesta también por la reparación colectiva de la Organización Femenina Popular, víctima de más de 148 hechos victimizantes viendo afectado no solo la integridad de sus participantes en la esfera individual, sino también en el debilitamiento del proyecto social y político abanderado por 47 años, la estigmatización de su nombre y sus espacios, las dificultades en el acceso a la justicia y el miedo compartido que afecta silenciosa pero latentemente el bienestar emocional y la salud mental y física de las mujeres.

El diálogo con otras organizaciones sociales, la iglesia y con instituciones como el Centro Nacional de Memoria Histórica, la Unidad de Víctimas y la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad, así como el apoyo de entidades como la ONGD Atelier y la Generalitat Valenciana, han dado pie a un proceso proyectado de forma amplia e incluyente sobre el territorio y los diferentes sectores que han configurado el movimiento social del Magdalena Medio. Este espacio es, por tanto, también un reconocimiento a los hombres, mujeres y expresiones organizativas que han construido el tejido social de la resistencia en la región.

*Organización Femenina Popular.

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