La verdad sobre el crimen de Álvaro Gómez

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Por: José Antequera*

Como ciudadano, como víctima, la verdad sobre el crimen de Álvaro Gómez me ha generado una profunda rabia y decepción.

El hecho en sí lo puedo comprender, con toda la tristeza que produce, después de más de 60 años de conflicto en el que se produjeron tantísimos asesinatos y hechos ignominiosos. No obstante, mi rabia y mi decepción se profundizan porque me genera repudio que ese hecho en particular hubiera sido ocultado durante tanto tiempo.

Que un acto así, de una guerrilla que se reivindicaba revolucionaria no hubiera sido explicado en su momento, implicó muchas cosas sobre las que mi cabeza y mi corazón no pueden pasar sin desconcertarse. Entre otros, que a partir de allí esa guerrilla revolucionaria se haya permitido la condena de un hombre de nuestro pueblo a pagar por un crimen que no cometió, con todo lo que eso puede significar para una familia, me parece una contradicción insalvable. Además, que mi papá, tan joven y tan brillante, lo mataran poniendo la cara desde la UP por esa guerrilla revolucionaria y que su nombre y el de tantos otros que están en los cementerios en sus mismas condiciones termine asociado a ese ocultamiento y sus consecuencias, me produce ganas de gritarle a Dios.

Como ciudadano también, comprometido como he estado con la memoria, la construcción de paz y democracia real en Colombia, por la revolución en la que me enseñaron a creer, valoro esa verdad precisamente porque su exposición tiene un gran costo. Más allá y sobre todo, así se piensa cuando se tiene este compromiso, por las consecuencias que puede producir.

Por lo que esto significa, quienes conocen y podrían reconocer tantas verdades ante la JEP y la Comisión de la verdad no reciben un desafío, sino una ofrenda de reconciliación, una afirmación de la decisión de cumplimiento, una disposición de las fuerzas históricas y presentes que aún reúnen los líderes del Partido FARC para aportar a la no repetición por medio del respeto a la democracia.

Estamos invitados a reflexionar sobre nuestra historia reciente más allá de las versiones que tenemos afirmadas en este país en el que hemos usado políticamente la muerte y su memoria tanto para lamentarnos sinceramente como para sacar pecho hipócritamente. Sería absurdo que las oportunidades de esta reflexión se desperdicien en nuevas justificaciones que ahora se dediquen a repetir que claro, Álvaro Gómez era el de las “repúblicas independientes y el atentado personal”, y que Chucho Bejarano aceptó el bombardeo a Casa Verde, para seguir en este círculo vicioso de nunca acabar.

La conclusión que tenemos que sacar de todo esto, y lo tenemos que hacer transitando por nuestra experiencia y por las verdades que desconciertan, porque no nos sirve asumir fácilmente el “Nunca más” como slogan, es que la única manera de no seguir viviendo inmersos en tanta vergüenza y tanto heroísmo inútil, es que lo tenemos que cambiar todo, o casi todo. Que extirpar el destino de la guerra misma, que será más degradada cuanto más fracasemos en la búsqueda de la paz, es justo lo contrario de lo que estamos haciendo, convirtiendo cada verdad en una mera polémica noticiosa para otro ring de boxeo, cada reivindicación de derechos en una acción infiltrada por el fantasma eterno de las guerrillas, cada intento de solución política en el mandado de un país extranjero, cada esfuerzo de diálogo en una traición de clase o de principios, cada indignación en un plato para el oportunismo.

*Director del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación.

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