Lecciones de una elección

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La estrepitosa debacle electoral de Donald Trump nos deja varias lecciones al conjunto de integrantes de la reserva activa de las Fuerzas Militares y de la Policía Nacional de Colombia, en especial a aquellos que coquetean por estos días con el mundillo de la política doméstica.

Lo primero es dejar esa maldita costumbre de atribuir a terceros la culpa de las desgracias que nos abruman, quizá muchas de ellas fruto de nuestro proceder individual o como colectivo, en épocas pasadas o presentes, ya sea por acción o por omisión o bien por la suma de estos y otros factores.

Verbo y gracia, me resistía a creer el contenido de algunos mensajes y trinos que leí en WhatsApp y en Twitter. Con absoluta seguridad y sin asomo de dudas, algunos cofrades afirman en estas social media que el triunfo de Biden es obra de los largos tentáculos de los foros de Sao Pablo y Puebla y sus maquiavélicas alianzas con la izquierda mundial.

De seguro que el autor de El príncipe se estaría revolcando en su centenaria tumba si escuchara y leyera tal entramado de teorías conspirativas, que, dicho sea de paso, desconocen las lógicas de la política estadounidense y mundial. Necesitamos argumentos equilibrados y análisis más profundos, serenos y ecuánimes.

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Claro que los postulados y objetivos estratégicos de ambos foros deben ser objeto de nuestra mayor atención, pero de ahí a atribuirles la capacidad de influir tan siquiera en el electorado de uno de los 5o estados de la Unión, me parece un verdadero exabrupto y la conjetura de un primíparo de cualesquier facultad de ciencias políticas o de relaciones internacionales. Para mí, el único culpable del fracaso de la campaña de reelección de Trump es el mismo Trump; las razones saltan a la vista de los expertos y de las personas del común.

De estos razonamientos iniciales con visos de silogismo se desprende la segunda gran enseñanza. En estos tiempos, marcados por una pandemia que cambió nuestra forma de percibir la realidad, jamás será exitoso un discurso político ciento por ciento radical o reaccionario.

Quizás se pueda obtener el triunfo para equis o ye periodo, pero un proyecto político de esta naturaleza estará condenado a consumirse en su propia llamarada. La única posibilidad de éxito −como ocurrió con el castrochavismo en Venezuela y otros movimientos de izquierda o de derecha de otras latitudes− sería el tránsito hacia la dictadura o la tiranía.

Por consiguiente, cualquier contenido programático debe ser universal, incluyente y conciliador. Debe aglutinar las aspiraciones de la totalidad de grupos sociales, pluriétnicos y pluriculturales, como los que habitan estas tierras. Si los Estados Unidos son un país que construyó sus cimientos y su grandeza sobre los hombros de los migrantes, Colombia −guardadas las proporciones del caso− tiene bases de sangre mestiza, afro e indígena, condición sine qua non que hace que los postulados hegemónicos y absolutos, vengan de donde vengan, no calen, máxime en estos tiempos.

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La tercera lección quizá sea la más importante de todas. La soberbia no ha sido buena amiga y consejera de la política y nunca lo será. Me imagino a Trump tragándose los sapos que jamás imaginó en su rutilante carrera como empresario y recién como el presidente 45 de los Estados Unidos de América. Él nunca asimilará que fue uno de los pocos inquilinos de la Casa Blanca que no logró la reelección.

Señalo este punto, toda vez que observo mucha soberbia entre algunos aspirantes de la reserva activa a ocupar cargos de elección popular, sobre todo por sus narrativas retadoras, excluyentes y extremistas. Verdaderos guetos ideológicos y mentales. Precisamente, la principal crítica que le hacemos a los politiqueros de marras desde nuestra cosmovisión de retirados.

La última, entre otras muchas enseñanzas, es dejar de considerar que Colombia es el ombligo del mundo y que el planeta entero conspira contra nuestro país. Nunca nuestra amada patria ocupará la primera página de la agenda de la Casa Blanca, sin importar si el Salón Oval lo ocupa Trump o Biden o cualquier otro republicano o demócrata. ¡Qué soberbia!

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