Los niños y niñas, ¿víctimas ocultas en esta crisis?

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Por: Haidy Sánchez Mattsson @sanchez­_haidy

Desde su aparición, la pandemia del Covid-19 nos ha mostrado cómo ha monopolizado prácticamente toda nuestra existencia, apoderándose en gran parte de nuestros pensamientos, sentimientos y de nuestro entorno; poniendo no solamente en “jaque” la salud de todos, sino también la economía y la estabilidad social del país.

Ni siquiera en un guión de la telenovela o de la película más vista o taquillera de las últimas décadas, nos hubiéramos imaginado una cotidianidad confinados, con teletrabajo, cumpleaños, estudios, conciertos o funerales virtuales. Y mucho menos a todas las sociedades del mundo (con excepción la sueca) cerradas.

Opuesto a lo que muchos creíamos, que al estar confinados observando la fragilidad de nuestro sistema global y la vulnerabilidad humana se darían cambios estructurales y se reduciría la corrupción, la impunidad, las masacres, los asesinatos, las persecuciones, la polarización y el vandalismo; tristemente hemos comprobado , que no pasó nada. Estos fenómenos incrementaron aún más.

Y en medio de todo este oscuro panorama, está un grupo muy vulnerable: los niños y niñas. Ellos están allí, con nosotros, mirando, escuchando, informándose por las redes sociales, creándose sus propios imaginarios, nutriendo su mundo interior con la información que el mundo exterior les proporciona diariamente desde sus celulares, televisores y para los más desafortunados: en vivo y en directo: ¡están allí siendo testigos de absolutamente todo!

¿Nos hemos puesto a pensar nosotros los adultos como se sienten nuestros niños? ¿Qué piensan ellos de nosotros? De lo que perciben y ven?

Hemos sacado tiempo para darle importancia a la pregunta: ¿qué mensaje o valores son los que les estamos trasmitiendo a ellos? Tal vez no todos creen que sea importante hacer un alto en el camino y reflexionar sobre esto. Pero déjenme decirles que sí lo es.

Recordemos todo el tiempo, que a ellos les ha tocado dejar de ser niños por meses, no han podido salir a correr, jugar, patinar, ir a fiestas con amigos, a piscina, ni a cine. Han estado metidos en una burbuja donde la única forma de conectar con el mundo exterior ha sido por medio del mundo digital, abstracto y lejano. Cuando lo que precisamente caracteriza el desarrollo infantil y le ofrece condiciones positivas para su crecimiento integral es el poder hacer experiencias y aprendizajes de lo concreto a lo abstracto. En meses ese aprendizaje ha sido prácticamente nulo.

Entonces, fuera de la situación que han tenido estos meses, ¿tenemos los adultos que venir a darles malos ejemplos? Porque cuando algunas personas destruyen el Trasmilenio, incendian algunos CAI de la Policía o destruyen edificaciones, les están enviando un mensaje claro y rotundo a ellos de que el vandalismo es aceptado. Cuando algunas personas matan, torturan, roban negocios, instituciones y dineros destinados a los más vulnerables también se les transfiere a esa nueva generación que la violencia y la deshonestidad es legítima, que está validada.

Considero que vale la pena volvernos a preguntar: ¿son esas malas enseñanzas que pretendemos que se integren en la formación socio-moral y en la construcción de la personalidad de nuestros niños y niñas?

Porque si de valores se trata, debemos recordar que los verdaderos valores, esos que enaltecen la dignidad de cada ser humano, están basados en el respeto, la solidaridad, la igualdad, la tolerancia y el pacifismo. Lastimosamente parece que con el paso de los días, del avance de la pandemia y de la crisis social en la que estamos consumidos actualmente, estos han perdido su espacio en nuestra cotidianidad .

Desafortunadamente, lo que sí parece tener mucha cabida es la tendencia a promover la deshonestidad, la injusticia , la antipatía, el egoísmo, la irresponsabilidad y la indiferencia, es decir, promover los antivalores, un infortunio para la democracia.

Todos tenemos una responsabilidad social muy grande en el futuro de los niños y niñas de nuestro país. Los entes más importantes en su crecimiento son la familia , la escuela y los amigos cercanos, convirtiéndose estos a su vez en piezas indispensables para la construcción del desarrollo psicoemocional y moral de ellos. Por eso mismo , tenemos la obligación de darle a estos pequeños seres en crecimiento, bases seguras, saludables y amables, para de esta forma ayudarlos a comprender el mundo de nosotros los adultos, del que ellos también hacen parte.

Tenemos que transmitirles valores genuinos, enseñarles a perdonar, a ser empáticos y a querer al otro. No podemos estar con hipocresías, con ambivalencias, ni podemos manejar la “doble moral”, porque realmente es eso lo que le estaríamos dejando de legado.

El desafío es fomentar los valores y no los antivalores, estimular constantemente comportamientos positivos y proteger a “capa y espada” a nuestros niños y niñas, para que no sean las víctimas ocultas de esta crisis social.

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