Por: Columnista invitado

Los pasos de Jesús: una reflexión sobre El Testigo

Por: Miguel Hernández*

Ya había visto la exposición, pero sólo hasta el viernes pude ver "El Testigo", documental sobre el trabajo de Jesús Abad Colorado como fotógrafo de la guerra durante los últimos veinticinco años. Ambos son un espejo de este sinsentido cotidiano que es nuestra violencia. Ambos nos enrostran los alcances de nuestra crueldad. Al volver sobre sus pasos, Jesús nos muestra (quizá sin querer) nuestra fundación mítica. Con sus fotos y con su voz desentraña la historia común a todas nuestras historias; nos ofrece un mito con el cual entender el desasosiego de nuestra barbarie, y nos regala el entendimiento profundo que solo es posible en lo mítico.

Porque los mitos no son historias comunes y corrientes. En los mitos, las comunidades se dan principio y fin. Todas las sociedades tienen mitos fundacionales; mitos en las que se fundan simbólicamente y que definen modos de ser, de vivir, de sentir. Los mitos dibujan el gesto de las sociedades en el tiempo, y por eso su temporalidad es distinta a la de las historias comunes y corrientes. El tiempo mítico es cíclico: no avanza hacia el futuro ni se ancla al pasado, sino que se sintetizan (pasado y futuro) en el presente. Y entonces los mitos revelan una cierta condición de nuestra experiencia, precisamente porque la atraviesan toda. Conocer nuestros mitos es tan necesario como conocer nuestra historia.

Y algo de mítico tiene ese documental (más que la exposición): inicia, casi como epígrafe, contando el mito de Caín y Abel, y luego Jesús comienza a volver sobre sus pasos, y encuentra en ellos el rastro de Caín, y a lo largo del documental vemos ese mito repetirse una y otra vez, y al final Jesús conversa con una mujer protagonista de una de sus fotos, y casi podemos ver el momento exacto en que el mito se encarnó de nuevo, para volver a repetirse. La niña (en la foto) clava una cruz en la tierra que cubre el cadáver de su padre luego de una masacre. La mujer (la niña de la foto) que conversa con Jesús le cuenta (nos cuenta) como luego terminó siendo guerrillera, como quiso vengarse tantas veces de los caínes que la convirtieron a ella, también, en Caín.

Yo no sé si Jesús sea un hombre religioso, pero creería que sí. Varias veces, Jesús se toma un momento para rezar, para elevar un padre nuestro, para entrar en las iglesias, para citar la biblia. Jesús nos ofrece un lenguaje común en el cual encontrarnos, y nos muestra un mito al cual referirnos. Nos cuenta de aquella vez en que encontró escrito con tiza en un tablero, luego de una masacre, la historia de Caín y Abel, del hermano que mata a otro hermano, del primer asesinato, del crimen que resume todos los crímenes y en el que podemos ver inaugurado este modo nuestro de existir, y dice (fatalmente): "yo en Colombia no he podido saber quién es Caín y quién es Abel".

Y la verdad es que no importa; no importa quién sea quién, porque todos hemos sido caínes y abeles. Todos hemos querido matar (o que maten) a alguien y a todos nos han querido matar (o que nos maten). Ese mito no revela tanto la identidad de los culpables, como la naturaleza de una relación; de nuestra relación con el mundo y con los demás, atravesada por el crimen (o su inminencia). En ese mito judeocristiano con que nos describe Jesús Abad Colorado es posible hallar un origen simbólico a nuestra barbarie. Y es (tal vez) otra ironía fina del azar que sea un hombre llamado Jesús quien nos lo diga.

*Politólogo y literato.

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2019-08-03T11:30:00-05:00

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Los pasos de Jesús: una reflexión sobre El Testigo

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