Por: Sebastián Pacheco Jiménez

Menos política más país

El estado actual de división en el país es agobiante. Jornada tras jornada el país anochece abrumado por uno u otro debate que además de desgastar a la opinión pública (nacional e internacional)  afianza, lo que es ya una rancia y repetitiva denuncia de la nociva polarización.

En múltiples aspectos de la vida pública, como los sociales, académicos, políticos e incluso en los medios de comunicación se está renunciando al debate técnico y argumentado, la política ha vencido; consecuencia, ya no importa la veracidad, tan solo la pugna por vender una idea ante la opinión, plena manifestación de la posverdad. Como resultado el país carece de soluciones tangibles, que se deriven de acuerdos esencialmente sociales y no necesariamente políticos.

Hoy estamos ante un panorama de transición sin transición, en ello no hace falta establecer culpas o culpables, ni recaer en el cliché de señalar al gobierno o al Estado como único culpable de absolutamente todo, ya que es una responsabilidad de la sociedad, como conjunto, en la que se comparten cargas, entre la administración, la oposición y los terceros apáticos, el momento actual no permite argumentos de ostracismo o inmunidad.

Al apreciar las evidencias históricas, se observa que un país no se construye a partir de radicalismos políticos, máxime cuando hemos presenciado y documentado el estrepitoso fracaso de las ideas y los modelos comunistas-socialistas; así como la incapacidad del sistema capitalista-neoliberal por resolver problemas graves y sentidos como el de la inequidad social y la concentración exagerada de la riqueza. Sin embargo, es mucho más difícil, pero conveniente, comprender que las sociedades prosperan más y mejor cuando se construyen desde el consenso y no desde la exclusión. Señores, el muro ya cayó y seguimos aferrados a sus ladrillos.  

Personalmente experimento un agotamiento frente a las formas y los discursos políticos que han totalizado el debate nacional, en particular los que propugnan por el mesianismo (de todos los sectores y partidos) y que han ayudado a nublar cualquier debate sensato. Las cosas no marchan bien y todo parece indicar que no van a terminar bien.

Seguro es, que el país acumula problemas serios y estructurales, que se han visto empantanados por el lobbismo y las agendas político-ideológicas, pero atención, esto no es un problema del gobierno actual, sino un asunto de raigambre histórica, que se ha manifestado, por lo menos, a lo largo de todo el siglo XX. Los mismos con las mismas y el país persiguiendo un debate que cambia de rostros y colores, pero que sigue procrastinando las soluciones de fondo. Conclusión, menos política más país.

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