¡Murió el Diego!

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¡Murió el Diego...! Sí, murió: el soldado, el policía, el campesino, el médico que atendía pacientes con Covid, el usuario de Transmilenio, el ambientalista, el líder social, el periodista, el maestro, el rebuscador, el minero, el enfermero, el inmigrante venezolano, el biciusuario, el erradicador, el raspachín, el habitante de calle, el jornalero... ¡Murió el Diego!

Su muerte en trágicas circunstancias no arrancó grandes titulares de la prensa, tampoco un cubrimiento exagerado y desmedido de los medios de comunicación masiva del mundo y de Colombia y, mucho menos, reportajes rimbombantes y especiales de televisión, donde, siendo un mortal como lo somos todos, se le igualara con Dios.

Su prematura partida jamás motivará lágrimas de sus compatriotas, mucho menos que las autoridades decreten duelo nacional durante tres días o que sus restos mortales permanezcan en cámara ardiente para que sus congéneres le den el último adiós, pese a que él también fue el diez en la vida de alguien.

Con gran tristeza he atestiguado este absurdo social, que —teniendo como referente indiscutible los contenidos mediáticos sobre la muerte del excelso jugador de fútbol argentino Diego Armando Maradona_, dirige los reflectores hacia ciertos acontecimientos de la humanidad, privilegiando de paso su cobertura por parte de la prensa, mientras desecha otros que, por así decirlo, dan menos vitrina, exposición y rentabilidad.

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Esta ‘maradonamanía’ debe motivar profundas reflexiones de nuestra parte, no sólo en su natal Argentina sino en el mundo. ¿Cómo entender que la masa irreflexiva idolatre a un ser humano de carne y hueso? ¿Cuál es el rol de la prensa frente a estos fenómenos sociales? ¿Por qué una vida vale más que la otra? ¿Asistimos al nacimiento de los nuevos valores de la sociedad posmoderna? ¿Cómo opera el mercadeo en estos episodios?

La muerte de ‘El Pelusa’, verbo y gracia, opacó el asesinato a sangre fría y en estado de indefensión del subteniente Carlos Arturo Becerra, crimen atribuido a las disidencias de las Farc que están a órdenes de ‘Gentil Duarte’. El episodio apenas mereció unas pocas líneas o segundos en el contenido de algunos medios, como ocurrió con el asesinato del líder social Édgar Hernández, en hechos acaecidos en Puerto Caicedo, Putumayo, el pasado 23 de noviembre.

Seguramente los casos de Carlos Arturo y Édgar engrosarán las frías estadísticas de nuestra infinita tragedia, como quiera que su muerte ni quita ni pone. Estoy convencido de que en sus dos años como oficial del Ejército, el subteniente Becerra, por ejemplo, hizo más por Colombia que Maradona en sus sesenta años de vida, o Hernández por su gente en la vereda La Independencia, donde fungía como presidente de la Junta de Acción Comunal (JAC). ¡Pero eso poco les importa a los medios, a las autoridades y a los colombianos!

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En esa línea, quisiera permitirme la libertad de extrapolar este luctuoso episodio del deporte de la ‘pecosa’ −el cual confieso me apasiona, en especial cuando juega la tricolor— a otro escenario: nuestra coyuntura nacional. La polarización que trajo consigo el Acuerdo Final, auspiciada y alimentada desde diferentes frentes, está generando que la muchedumbre caiga en fanatismos peligrosos en torno a dos apellidos políticos: Uribe y Petro.

Una verdadera bomba de tiempo para un país que aún no encuentra su rumbo y que intenta salir de la oscuridad en la que está sumido. Nada bueno puede resultar de estos enfrentamientos intestinos, en los que los medios de comunicación tienen gran culpa, pues alientan la ocurrencia de otro baño de sangre de cara a los resultados de los próximos comicios.

En su última columna de opinión, el periodista cordobés Óscar Montes habla de los verdaderos problemas que trasnochan al “país nacional”. Ojalá muchos leyeran este magistral escrito que constituye un merecido jalón de orejas. Atender estos problemas debería ser la preocupación de un gran frente de unidad nacional, precisamente en el epílogo del año de la pandemia y en el prólogo de los tiempos de pospandemia.

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