Ni el COVID-19 puso en cuarentena la persecución a los líderes sociales

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Por: Haidy Sánchez Mattsson

La crisis sanitaria del COVID-19  ha opacado temporalmente la visibilidad de los asesinatos y amenazas que los líderes sociales siguen viviendo en Colombia. Pero a pesar de eso, solo en abril, seis líderes han sido asesinados y otros saben que tienen la muerte sentenciada, saben que al levantarse la cuarentena la vida de ellos será incierta.

Las diferentes generaciones no pueden recordar haber vivido una situación tan desconcertante, temerosa y desalentadora como la que vivimos actualmente a causa de la pandemia. Así como tampoco recuerdan haber visto tanta gente y esfuerzos unidos para combatir “el enemigo de la humanidad ” como ha denominado al COVID-19 Tedros Adhanom, director de la Organización Mundial de la Salud. Pero también es cierto que a pesar de tanta incertidumbre, esfuerzos mancomunados de muchos sectores y personas por superar esta crisis, cuarentenas, enfermos y muertos, algunas situaciones no cedieron ni entraron en cuarentena.

Una de ellas, es la situación de vulnerabilidad de los líderes sociales. Para ellos las amenazas, los desplazamientos y los asesinatos continúan. Nada ha podido amedrentar a sus perseguidores. Los líderes sociales siguen siendo, para algunos, objetivo de exterminio porque se siguen viendo como una amenaza. Así como para muchos son el talón de Aquiles, porque estos líderes siguen firmemente sus principios y convicciones y están dispuestos a armar la de "Troya" por defender su comunidad; comportamientos incómodos y desaprobados por algunos. Pero es que el sentimiento de solidaridad de estas personas parece ser más grande que el mismo miedo cuando ven que los habitantes de su comunidad tienen hambre, que no tienen acceso a la salud, que los niños no reciben educación, cuando sus tierras se las saquean y a sus ríos se los envenenan.

Todos sabemos que el foco de atención actual en nuestro país está prácticamente volcado en su totalidad a hacerle frente a la emergencia de salud ocasionada por la pandemia y a los casos de corrupción encontrados en la mitad de todo este caos. Así que  todos los esfuerzos de protección están encarrilados a solventar esta crisis. El Gobierno que ya venía tambaleando con su flojo plan de protección y seguridad a los líderes sociales ahora sí que no tiene planes para hacerle frente a este problema que fractura el tejido social del país. Y sabemos que al debilitarse el tejido social las voces se silencian y el mensaje es claro: “el diálogo para resolver las diferencias no es necesario”.

Pero si bien es cierto que estamos en un periodo crítico, en una odisea, en el que nuestro contexto se ha trastocado, también es cierto que mucho antes de la pandemia ya le era difícil al Estado llegar a zonas vulneradas y seguir con el cumplimiento del Acuerdo de Paz y principalmente velar por una de sus tareas más imprescindibles: la protección de la vida.

Yo personalmente sigo convencida de que entre los factores que pueden ayudar en la reparación del tejido social, donde además sabemos que los líderes sociales tienen su campo de acción; están la disminución de las desigualdades socioeconómicas y los cambios de fondo a nivel de seguridad en las comunidades, para que  de esta forma se puedan reducir las desbordantes brechas sociales ya existentes.

El rediseño de una sociedad justa y segura, que ademas florezca después de la pandemia, es una ficha indispensable; pero que también exige proactividad y liderazgo de sus gobernantes para coordinar acciones desde distintos ámbitos. De igual modo, exige la proyección de escenarios de inclusión, de protección y de atención equitativa para las comunidades y grupos vulnerados. Pero indudablemente, la exigencia mayor es que los mandatarios defiendan a capa y espada a los líderes sociales. Que garanticen no solamente una cuarentena, sino la desaparición absoluta del otro virus que lastimosamente los ataca y debilita: el virus de la violencia, el de las amenazas y el de los asesinatos.

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