Nos acostumbramos al miedo

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Por Óscar Parra*.

Tantos años de estigma han puesto al miedo como un elemento permanente del paisaje, muchos periodistas hemos evitado por décadas investigar en profundidad las actuaciones de miembros de instituciones como el Ejército o la Policía.

Ya han pasado casi tres semanas desde que salió publicada la investigación sobre los ‘perfilamientos’ que realizó el Ejército a más de un centenar de líderes sociales, periodistas y políticos. En Rutas del Conflicto hemos recibido el apoyo de muchos colegas periodistas y profesores, de amigos, pero también han llegado palabras que refuerzan el miedo. Alguien que es muy cercano me dijo en tono de regaño que era mi responsabilidad lo que le podía pasar a mis colegas o inclusive a mi familia. Que no entendía cómo había terminado en esta situación si no era ningún secreto lo peligroso que podía resultar ‘meterme’ con militares o policías, que me lo había advertido varias veces.

Y aunque sus palabras estaban marcadas por el afecto y la preocupación por mi bienestar, terminaron por avivar el temor. En mis 17 años como periodista, nunca había sentido miedo por las consecuencias de mis actos como en estos días. Existen varios indicios que señalan que terminamos ‘perfilados’ por pedirle información al Ejército sobre el dinero que reciben de empresas petroleras y mineras, muchas señaladas de violar derechos humanos, en qué lo invierten y cómo lo fiscalizan.

Efectivamente, no hice caso a las advertencias: promoví y apoyé a mis compañeros y compañeras para que exigieran y publicaran lo que consideramos es una información clave dentro de un simple ejercicio de control de recursos públicos desde el periodismo. Y aquí está un asunto central en medio de esta situación tan compleja que vivimos como reporteros: ¿por qué como periodistas, como ciudadanos del común, debemos sentir miedo de las instituciones que deben protegernos?

Tristemente la idea del ‘enemigo interno’ sigue estando vigente en lo más profundo de muchas instituciones del Estado. Hace apenas unos cuatro o cinco años, una joven cadete del Ejército me dijo que después de los primeros años de formación era claro que el objetivo a combatir era el ‘comunismo’. Aunque gran parte del mundo superó los dilemas de la Guerra Fría, aquí se sigue señalando como una potencial amenaza a ese ‘monstruo’ bastante difuso en las mentes de algunos agentes del Estado en los que caben políticos de oposición, líderes sociales y periodistas que los cuestionan, entre muchos otros.

Tantos años de estigma han puesto al miedo como un elemento permanente del paisaje. Muchos periodistas hemos evitado por décadas investigar en profundidad las actuaciones de miembros de instituciones como el Ejército o la Policía. Los que lo han hecho y otros más, por diferentes motivos, han terminado sumergidos en una vida llena de protocolos de seguridad para esquivar robos de información, interceptaciones, y hasta atentados contra sus vidas.

Esta historia debería terminar. Cuando veo a mis jóvenes compañeros y compañera de Rutas del Conflicto, algunos de ellos con apenas 23 años y ‘fichados’ por inteligencia militar, pienso que tienen todo el derecho a vivir otra vida. Ojalá sigan ejerciendo su oficio como lo hacen ahora y lleguen a la madurez de sus carreras sin intimidaciones que contar, sin chistes flojos que disfracen de medallas al buen periodismo, las miserias de sentirse perseguido por su trabajo.

Aunque todo lo que he sentido durante los últimos días me lleva, quizá, a un exceso de prudencia en las opiniones propias, en estos momentos en que la cabeza aún está tibia, siento que es importante seguir participando del debate y no parar de exigirle al Estado protección y respuestas.

En los últimos días han sido recurrentes los pronunciamientos por parte de miembros del Ejército y de varios sectores políticos que insisten en la honorabilidad de una institución que debe ser querida por todos los colombianos.  Creo que esa exaltación heroica, en estos momentos, solo termina poniéndonos un estigma mayor, al graduarnos de enemigos de una entidad a la que no se le debe cuestionar nada.

También considero un error plantear el debate en si solo son unas manzanas podridas o si es la totalidad del Ejército, la Policía o la institución del Estado involucrada en el escándalo de turno. Si todos son buenos o si todos son malos. Lo que sí es evidente es que la recurrencia en estas acciones en contra del supuesto enemigo interno, plantea un problema estructural que sigue engendrando abusos, que solo salen a la luz pública de cuando en cuando.

Es un debate que creo se está dando ya hace un tiempo dentro de la misma fuerza pública, y pruebas de ello son las mismas filtraciones que han expuesto los últimos escándalos y los cientos de casos de militares y policías que han asumido sus responsabilidades ante la Justicia Especial para la Paz.

No somos enemigos de nadie. Como periodistas y ciudadanos, simplemente queremos ejercer el derecho que nos da la Constitución para hacerle seguimiento a las actuaciones de los funcionarios públicos, sin sentir miedo.

*Director de Rutas del Conflicto.

 

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