Ordenar la casa

Noticias destacadas de Opinión

"Los trapos sucios se lavan en casa", reza con sabiduría el refranero popular. Al parecer, este axioma no se estaría aplicando con celo en el Ejército Nacional, como bien se puede coludir de la lectura de los últimos acontecimientos que sacuden el seno de esta fuerza.

Ya se van a completar dos años en los que los asuntos del Ejército Nacional se ventilan en los mass media. Nunca había sucedido tamaño despropósito en sus 200 años de historia. Quizás asistimos a un grave problema de indisciplina en las filas o a una torpe estrategia de comunicaciones en el campo de la información pública o bien a la combinación de ambas.

Considero que el reciente episodio de la revista Semana es un poco más de lo mismo, aclarando que, para el propósito de esta columna, no entraré a discutir la veracidad de la información publicada, mucho menos cuestionaré el trascendental rol que cumple la inteligencia militar. La única certeza es que el intempestivo llamado a calificar servicios de al menos once oficiales un día antes de la publicación −entre ellos un general y varios coroneles y  mayores− y la solicitud de retiro de otro general de reciente graduación, merecen una explicación clara y contundente.

Culpar a la prensa de la salida de estos oficiales y en general de lo que está sucediendo y calificarla de amarillista, corresponde a un análisis simplista, torpe y miope. Los medios y sus periodistas trabajan con fuentes de información que les suministran  documentos o les dan declaraciones que soportan el contenido de sus productos periodísticos. Así, desafortunadamente, viene sucedido en el caso del Ejército, con uniformados activos y tal vez retirados que fungen como fuentes de información válidas al filtrar facsímiles de documentos oficiales o dan declaraciones bajo el sigilo y la reserva periodística.

Quisiera, entonces, compartir una hipótesis muy personal acerca de qué podría estar pasando y que en buena parte podría explicar este zambapalo de WikiLeaks a lo criollo, conjetura que ronda mi cabeza desde hace tiempo. Hoy más que nunca vislumbro una escisión en las filas de la institución castrense; esta ruptura no es distinta a la que viven el país político y los colombianos de a pie en relación con los alcances de facto del Acuerdo Final entre el gobierno y las Farc.

La evidente división que reflejaron las urnas tras el plebiscito del SÍ y el NO alcanzó a permear a la institución castrense en sus escalones de mando. Una de las facciones en disputa correspondería a quienes apoyaron de forma incondicional las intenciones de paz del gobierno anterior; la otra, a todos aquellos que se han mostrado escépticos y renuentes a tragarse por entero todos los sapos de lo pactado, máxime cuando la JEP y la CEV −las dos puntas de lanzas del SIVJRNR− erran en su actuar, dan palos de ciego y no son ecuánimes ni objetivas. Para ponerle nombre y apellido al asunto: santistas versus uribistas.

Para tranquilidad de aquellos que tildan a los uniformados de guerreristas, el quid del asunto no es la paz  en sí como propósito nacional, como quiera que los militares entendemos su carácter de mandato constitucional. Tiene que ver con los cambios doctrinales y organizativos que se suscitaron en esta fuerza durante y después del proceso de negociación y su efecto en puntos álgidos como su rol en el devenir presente y futuro de Colombia.

Para muchos, el Ejército redujo su capacidad operacional durante buena parte de la negociación y en los meses siguientes al posacuerdo. Este retroceso facilitó  el rearme de las disidencias de las Farc y la redistribución del control territorial por parte de otros grupos armados ilegales dedicados al narcotráfico y a otros crímenes trasnacionales. He aquí uno de los puntos cardinales de este desencuentro.

Retomando, entre telones estaría la mano de la politiquería criolla azuzando a una u otra facción. Esta conjetura se murmura con bastante regularidad en corrillos y en tertulias y se comentan en grupos de mensajería virtual como WhatsApp, de los que participamos por igual militares activos y retirados.

Los medios de comunicación masiva son el tinglado de esta confrontación. Dada su condición de altoparlantes o cajas de resonancia, desde estas tribunas se vienen librando verdaderas escaramuzas, empleando para este propósito la filtración de informaciones de los campos operacional y de inteligencia.  A la fecha, nadie ha rebatido estos contenidos noticiosos en cuanto a su autenticidad, veracidad y fidelidad, bien ante las autoridades competentes o, mejor aún, en los estrados judiciales.

Quienes hemos servido a la patria bajo banderas sabemos que los hechos que reseñó la prensa el fin de semana no tienen su génesis en el libre albedrio. Un uniformado de rango medio no asume tareas de esta naturaleza sin que medie una orden superior. De ser así, estaríamos asistiendo a un grave problema de indisciplina en dos de las áreas más sensibles en cualquier organización militar: las operaciones y la inteligencia militar.

Si todo fuera color de rosa y simplemente fuera una persecución orquestada por los enemigos del Ejército, no se explicarían las oportunas salidas a la prensa del Comandante General de las Fuerzas Militares para hacer frente a esta nueva tempestad mediática y el tono y contenido de sus declaraciones.

Durante mi ejercicio como oficial en los años 80 y 90,  me formé y crecí profesionalmente en un Ejército monolítico, cohesionado y respetuoso del imperio de la ley. En él, los vocablos deber, honor, lealtad y patria tenían un significado superlativo. Creo que llegó la hora de ordenar la casa, tarea prioritaria que confío esté en capacidad de llevar a feliz término el actual comandante del Ejército Nacional, para bien de la institución y del país.

A manera de colofón, quisiera comentar que algunos oficiales, en actividad y de la reserva activa, me han llamado "soldadito de chocolate" en su afán de descalificar el contenido de mis columnas de opinión, como quiera que no fui tropero, dada mi condición de oficial del cuerpo administrativo del Ejército en calidad de periodista. En mi defensa diré que de los 23 años que serví bajo banderas, 21 lo hice como integrante de estados mayores en comandos de brigada, de división, del Ejército y finalmente del Comando General de las Fuerzas Militares. En este tiempo aprehendí de excelsos y avezados oficiales a reconocer los intríngulis del conflicto armado y a leer las coyunturas asociadas a este y al devenir sociopolítico del país.

Comparte en redes:

 

Te contamos que estamos trabajando en nuestra plataforma tecnológica para que sea más fácil de disfrutar, por eso no podrás hacer comentarios en los artículos. Estarán activos próximamente. Gracias por tu comprensión.