Por: Christian Rodríguez

Por guerrillero, negro y marica  

Nunca supe si por negro, por guerrillero o por marica lo mataron con tanta crueldad, como a una rata destripado contra el asfalto. “Horrible como asesinaron a ese muchacho”, se oía en las calles del pueblito rezandero. La muchedumbre hipócrita que lo escuchó gritando auxilio en la madrugada sabía que era la voz del hijo de Raquel Zapata, y “ni por el putas” (como dicen los paisas), “a esa gente no se le puede ayudar, ¡ni de riesgos!”

Al negrito Zapata desde chiquito le gustó la plata, eso lo sabía todo el mundo, pero nunca el negocio fácil. Esa vaina de ser narco y vivir paseando en carros último modelo con la mejor hembra (y eso sí que menos) nunca le llamó la atención. Introvertido y rezanderito, eso sí; como la mamá que envejeció fea pero de joven fue dizque una de las putas más ardientes y bellas de la comarca. Digámoslo: del suroeste antioqueño, cerca de Fredonia y el río Cauca, de las tierras del innombrable.   

Hasta el cura dijo en la homilía del domingo, que la muerte (no asesinato) del joven Arturo Zapata ocultaba un mensaje divino, como un llamado a la corrección del mundo. Y no  erraba el orador ante la multitud. ¿De qué otra manera podría leerse el cruel asesinato de un homosexual declarado que creía en las ideas del Ché, hijo de una mujer señalada y para colmo, mulato y ateo?

-¡Ja, hágame el favor!, ese muchacho andaba buscando la muerte, ¿y pa´ que volvió pues? – aun dice una tía cuando le pregunto.

No le fue bien en la guerrilla, allá también lo maltrataron por marica. Le gustaban esas ideas de cambiar el mundo por otro mejor y a la brava si era necesario, pero dicen que ni una mosca mató. Era cobarde, o por lo menos no un guerrero. Sin embargo, lo mataron como al peor criminal, con sevicia, cruelmente como a un marrano en navidad. Solo Raquel llegó como en una escena de Stendhal a recoger los pedazos de carne que quedaron en el suelo.

Arturo Zapata fue el primer desmovilizado de verdad. Se escapó de la guerrilla y volvió con su realidad personal, sin ningún esquema de seguridad e intentando rehacer su vida. En la noche de su muerte venía de guardar el carrito de comidas rápidas cuando se encontró con el temido bloque paramilitar Cacique Pipintá, los enviados del cielo para corregir al mundo.

El primer machetazo fue en las piernas, así, duro, desgarrador, para que aprenda a ser un hombre, carajo. No lo mataron todavía, jugaron con él como un gato con su presa. Varios machetazos más que entraban y salían con fuerza en las manos, y el tronco, esos seguramente por guerrillero, por creer en esas ideas del diablo, de comunistas, de ateos. Y hasta tiempo de patearlo hubo, costillas reventadas, huesos rotos. Eran más de veinte los verdugos contra un pobre hombre desarmado, “pero así son las cosas de Dios”, no faltó quien dijo en el pueblo. Y como podrán imaginar pasó aquello que después fuera moda en Colombia, le cortaron la cabeza.

Ni un disparo de la policía atrincherada que a menos de una cuadra tuvo que sentir los gritos del torturado. Ni un malditosea del cura en el pulpito días después del asesinato. Ni un llamado a la cordura del alcalde. Ni una pequeña movilización de los poderosos, ni mucho menos de las voces críticas. Solo los gritos de Raquel en la soledad del pueblo juntando la cabeza al lado del cuerpo de su hijo. Esa sería la maldición de lo que vendría después.      

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2019-07-12T10:56:13-05:00

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