Por: Columnista invitado

Queremos que descansen en paz

Por: Leyner Palacios Asprilla*

Ese lunes 11 de noviembre, el Atrato estaba tranquilo y en el cielo había nubes dispersas que no lograron ocultar el sol chocoano que cuando quiere quemar quema con todas las ganas. Sobre el largo bote con tablado de madera vimos acercarse los cofres, blancos unos, caoba otros. Los cofres cruzaron el río de vuelta, haciendo la ruta al contrario de la que hicimos los desplazados en el 2002, remando con las manos porque no alcanzamos a coger el canalete, huyendo sin ropas y sin enseres, escapando del horror de la guerra.

Han tenido que pasar 17 años, cinco gobiernos y mucho sufrimiento para que por fin la comunidad de Bojayá pueda recibir los restos de sus seres queridos muertos después de la masacre del 2 de mayo de 2002, uno de los actos más bárbaros y aterradores del conflicto armado colombiano. Han tenido que pasar 17 años para que por fin una institución oficial cruce el río de vuelta y de la cara.

Las Farc cometieron un crimen horrible que destruyó por completo a nuestra comunidad. Sabemos de sobra quienes lanzaron la pipeta que dejó 98 víctimas y un reguero de muertos en la iglesia de Bellavista, pero la mayoría del país ignora que la culpa por esos hechos no se acaba ahí. La Organización de las Naciones Unidas señaló desde el comienzo que la masacre de Bojayá fue un crimen de guerra y que la responsabilidad es tripartita, no sólo la guerrilla fue culpable, sino también los paramilitares que habían impuesto un régimen de terror en el río Atrato y también la Fuerza Pública que dejó desprotegidas a estas comunidades a pesar de las múltiples alertas y llamados que habíamos hecho desde años atrás. No empezamos a pedir auxilio un día o dos antes de la masacre, cuando ya todo era inevitable.   

Sabemos quién lanzó la pipeta, pero el país ignora que el general Mario Montoya, el mismo que dijo alguna vez que quería ver litros de sangre, se apareció por esos días en Bellavista escoltado por los paramilitares del Bloque Elmer Cárdenas, los mismos que cortaban cabezas a los campesinos y jugaban fútbol con ellas, como hicieron con la cabeza de Marino López en un pueblo del río Cacarica. Es sano que por fin el Estado de la cara y cruce el río de vuelta para asumir sus responsabilidades en esta tragedia que resume en buena medida lo que significó el conflicto armado para los pueblos étnicos del Pacífico: la destrucción de nuestras lógicas de vida y de la relación que teníamos con la tierra y los ríos. Bojayá fue un etnocidio cometido por los hombres en armas. Por todos, sin distinción, porque la pipeta fue sólo el acto final.

No obstante, nuestra comunidad jamás ha apostado por el odio. Bojayá también resume la otra cara no tan conocida del Pacífico y sus comunidades, que han sido grandes constructoras de paz y de iniciativas que rechazan la violencia.

En Bojayá pudimos recibir los cuerpos de una horrible masacre, Colombia también podrá sacar adelante esta paz que siempre será mejor a la guerra que se asoma. Nuestro reto es ser capaces de buscar a los desaparecidos y enterrarlos, nuestro reto es ser capaces de detener la confrontación, ser capaces de desterrar las armas de la política, ser capaces de contar y de oír todas las verdades de lo que ocurrió. Queremos que nuestros familiares descansen en paz, por ellos y por nosotros también, lo mínimo que deberíamos ofrecerles es una última morada sobre la que no resuene el horror.

*Secretario General de la Comisión Interétnica de la Verdad del Pacífico

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