¡Quién iba a pensar que un virus sería el mayor activista de nuestra época!

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De repente el Coronavirus nos mostró que la desnutrición del otro es nuestra propia desnutrición. Que el desempleo del otro es el nuestro propio. Que la desprotección y miseria del otro son nuestras también. De repente todo lo que creíamos sólidamente construido se desmorona ante nuestros ojos y la única forma de contener la tragedia es garantizar el bienestar de cada uno de los ciudadanos y ciudadanas.

Supimos que un millón de personas en el país no tenían acceso a agua potable sencillamente porque no tenían cómo pagar. Entendimos lo que realmente significa que el 60% de las y los trabajadores vivan en la informalidad. La bomba de tiempo del hacinamiento y las pésimas condiciones de salubridad en las cárceles explotó. Estamos muy cerca de entender dolorosamente la importancia de un sistema de salud robusto y público, no hay medicina prepagada que valga en estos momentos. Vamos camino a abrir los ojos frente al rol informativo y educativo que deben jugar los medios de comunicación.

Estamos sintiendo cómo es vivir sin un techo. Por fin, estamos valorando el rol tan importante de las mujeres en esta sociedad. De las maestras, enfermeras y amas de casa –hablo de ellas, porque son profesiones altamente feminizadas- y por más las peores pagas. Vamos a darnos cuenta que sin el trabajo no remunerado no sobrevivimos, y que la violencia de género en el hogar no es show de las feministas.

Nos va a pesar no haber invertido más en infraestructura rural y en el bienestar de nuestros campesinos y campesinas. Creímos que el centro de desarrollo eran las ciudades y hoy son estas el epicentro del caos.  El Coronavirus nos está dando como nunca antes una buena cuota de realidad, pero no de esa que experimentamos por un rato cuando hacemos una obra de caridad, cuando leemos un libro o vemos un documental. No, esta vez somos nosotros, todos, viviendo en carne propia lo que se siente e implica la carencia de derechos humanos.

Esta crisis vino a mostrarnos que acumular no garantiza la sobrevivencia humana; el coronavirus será quizás el mayor mecanismo de distribución de la riqueza que conocerán nuestras sociedades contemporáneas. Comprendimos que el sector público y los Estados son más relevantes que nunca, que el gasto social no es comunismo, y que este sistema económico es frágil e inflexible, por ende peligrosísimo. 

Hace pocos días Branko Milanovic – economista experto en desigualdad global- tuiteó lo siguiente: “número insuficientes de ventiladores, tapabocas, equipos de protección, etc., en los hospitales, es el reflejo de una aproximación que asume que las cosas se comportarán igual siempre, que son estables y predictivas. Que no se necesita precaución redundante. Entonces cuando llega la crisis, quedamos todos completamente expuestos.”

Tristemente tendremos que aprender que los bienes públicos no pueden estar a merced del mercado. El mercado optimiza y se basa en la eficiencia y demanda inmediatas, por eso hoy lloramos no tener más camas de cuidados intensivos. Estamos entendiendo que somos un sistema interconectado y no individuos independientes, que nuestro bienestar depende del bienestar de otros, de todos.

Por primera vez en la historia estamos todos y todas en la misma página, estas sociedades hiperconectadas nos muestran que el drama es global. La crisis puso a flote todas las externalidades negativas de este sistema, todo lo que pospusimos y no quisimos resolver. La arrogancia y supuesta inmortalidad de este modelo económico las acabó en cuestión de meses un ser microscópico. 

¡Quién iba a pensar que un virus sería el mayor activista de nuestra época!

*Esta columna representa la opinión de la autora, y ni no de la organización a la que pertenece.

 

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