Por: Charli Spansky

Recuerdos de Manuel Pérez, el sacerdote del Eln

Le conocí viejo y cansado de tanto andar. Sus manos arrugadas, con las que tantas veces consagró el vino y el pan en el cuerpo de Cristo, todavía sabían dar cariño a los niños pobres de aquel barrio de cartón y barro. Allá, anónimo, trabajando en silencio por la causa de la revolución, en una ladera de Cali, soñó despierto que un día bajarían a tomar el poder por asalto para repartir trabajo, educación y salud sin distingos. Sus recuerdos con el comandante Manuel Pérez, su amigo entrañable, lo dejaban absorto tardes enteras, como a un profeta ciego que mira al horizonte.

Se conocieron cuando por casualidad oficiaron una misa clandestina invocando los primeros mártires cristianos en una parroquia al sur de Bogotá. Allá se juraron lealtad a muerte con la causa de Jesús, darle de comer al hambriento, de beber al sediento y vestir al desnudo. Recitaron a coro como secta antigua de sacerdotes guerreros, que darían a cada quien según sus necesidades, y concluyeron que para tal efecto deberían hacer la revolución. Celebrado todo esto, algunos saltaron al monte como guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional, y otros permanecieron en la ciudad para trabajos logísticos y clandestinos de la organización. Manuel se iría a las montañas y él se quedaría, entonces separados para siempre su única relación sería el recuerdo.

Manuel Pérez era un hombre grande y apuesto, la sotana negra y el cuello blanco le hacían tener una autoridad que inspiraba respeto antes que temor, solía decir en aquellas tardes cuando lo recordaba. Sacerdote español que vino para ser misionero en el tercer mundo y que ante la pobreza del país decidió tomar las armas para combatir la injusticia. Fue el primero entre otros religiosos colombianos y extranjeros bautizados por el bálsamo revolucionario de la opción a muerte del padre Camilo Torres Restrepo. En las décadas de los 60 y 70 era impensable una opción radical por los pobres que no contemplara la lucha armada, y sacerdotes como Domingo Laín, José Antonio Jiménez Comín y el franciscano Fray Diego Uribe, entre otros, fueron su demostración.

Pero también Manuel y éste amigo suyo sufrieron fuertes represiones por la jerarquía de la Iglesia, aun conservadora y colonial. Muchos olvidan que hasta pagó cárcel en un convento en Santander, y que decenas de sacerdotes fueron suspendidos de sus funciones, granjeándose esta disidencia eclesiástica acérrimos enemigos, flor subversiva hija de la teología de la liberación. El primero y más peligroso contradictor, el cardenal López Trujillo y hasta el mismo cardenal Castrillón que murió en olor de santidad, a quien parece que Lehder (aquel narco tan famoso por sus estridencias) le financió la construcción de algún templo en Pereira. Pero el poder divino, hipócrita por naturaleza no se cansó de perseguir a sus clérigos y religiosos comprometidos por la liberación, por lo cual muchos terminaron engrosando las filas del Eln.

Como comandante en jefe del Ejército de Liberación Nacional (quizá el más grande), Manuel Pérez nunca dejó de ser sacerdote, el nacimiento de su hija y el amor con su compañera de lucha y de vida, también exreligiosa, profundizaron sus dotes humanas, hilo tan delgado entre la vida y la guerra. Todo eso recordaba su amigo en aquellas tardes de crepúsculo caleño, que el respeto del compañero Manuel (como solía nombrarlo), residía en su calidez humana con la guerrillerada y los campesinos. La gente lo quería por su sencillez, decía suspirando. Por su cercanía, entrega y coherencia, lástima que haya muerto tan rápido, concluía el viejo.

El último recuerdo, me dijo un día, fue aquel en que ayudó a sacar de la selva el cadáver de su amigo Manuel, muerto por alguna enfermedad. Su tarea consistió en recibir el cuerpo en alguna ciudad y despacharlo según las indicaciones hacia Cuba, donde lo esperarían su compañera e hija. Tal vez, decía recordando, fue la operación más importante de mi vida. Ni siquiera la ilusión de tomar el poder o atacar al enemigo me llenó de tanto sentimiento como aquella de darle el adiós definitivo a quien sin temor nos iluminó el camino de la entrega total al pueblo de Dios, los pobres de la tierra. 

¡En memoria de Mateus!

 

 

 

 

 

 

 

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