Resistencia a falta de verdad

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Los pasados 5 y 6 de noviembre se conmemoraron 35 años de la toma del Palacio de Justicia por el M-19 en 1985 que estuvo seguida de la retoma a mano de militares y que terminó causando una de las tragedias más determinantes de nuestro conflicto e historia de violencia política reciente.

Desde entonces, han sido muchos los libros, documentales, reportajes, investigaciones, obras de teatro y expresiones artísticas de todo tipo, que, desde diversos ámbitos y ópticas, han intentado recuperar una verdad que en buena medida también ha querido ser consumida por otras formas de violencia. Hasta el día de hoy, incluso después de varios procesos judiciales llenos de tropiezos, de una condena internacional por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y de un informe de una Comisión de la Verdad creada para este caso, son más las preguntas que las certezas que persisten. La verdad sobre uno de los actos más violentos de nuestra historia la hemos venido conociendo gota a gota y cada vez que hay avances, aparecen nuevos elementos que los desvirtúan.

Después de lo ocurrido con el Magistrado Auxiliar Carlos Horario Hurán, que se creyó muerto en el fuego cruzado hasta que un video en 2010 demostró lo contrario, ya no sólo pesa la frustración de los pocos resultados de las investigaciones, sino, sobre todo, ver la adulteración y el desvío de la información que deliberadamente se ha hecho desde el primer momento. La censura a los medios que aquél día de 1985 ordenó la Ministra de Comunicaciones y la manipulación de los cuerpos de las víctimas y de la escena de la confrontación que destruyó pruebas fundamentales para esclarecer los hechos en su momento, fueron el inicio de una campaña orquestada para ocultar la verdad a toda costa.

Han sido demasiados los reveses. En el 2018, nuevas diligencias de la Fiscalía y Medicina Legal, demostraron que los restos de dos de las víctimas que se creían debidamente identificadas y que estaban ya sepultadas, correspondían a dos personas distintas. Es decir, mientras aparecieron dos desaparecidos, desaparecieron dos que nunca se consideraron parte de ese grupo. Así, volvió a revictimizarse a los familiares, a poner un manto de duda en todos los hallazgos y, al final, la verdad sigue pendiente.

La oportunidad de profundizar en el conocimiento de lo ocurrido en la toma a través de las entidades del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición no es del todo alentadora. De un lado, la verdad de los participantes del M-19 en la toma no podrá conseguirse nunca, pues ninguno de ellos sobrevivió. Además, algunas de las investigaciones judiciales contra militares que llegaron lejos, al final retrocedieron, y la participación ante la JEP de Arias Cabrales admitido en mayo pasado por la jurisdicción -condenado a 35 años de cárcel por su participación en las desapariciones- parece más oportunismo que un real interés por aportar a la verdad. Cabe además preguntarse si hay suficientes razones para pensar que los resultados de nuevas investigaciones van a lograr aclarar algo. La actual Fiscalía no es precisamente garantía de compromiso con la justicia pendiente y tampoco es razonable pensar que el actual Centro Nacional de Memoria Histórica vaya a apostarle a ir más lejos con este asunto ni a que vaya a hacer un mejor estudio del caso del que ya hicieron en su momento la Comisión de la Verdad, el sistema interamericano o las decisiones judiciales internas adoptadas por la fiscal Ángela Buitrago.

Este año, a pesar de la crisis sanitaria que enfrentamos, de nuevo los familiares de las víctimas se reunieron en la Plaza de Bolívar para reclamar verdad y justicia. Además se hizo un acto con una segunda entrega a la familia del magistrado Reyes Echandía de sus restos y se hicieron algunos encuentros virtuales para homenajear y seguir manteniendo vivo este debate, uno de los cuales fue el lanzamiento del libro ‘Mi vida y el Palacio’ de Helena Urán la hija del magistrado Carlos Urán. Es en este escenario de resistencia donde realmente parece residir el significado de la tragedia del Palacio de Justica en 1985. Tal vez sean estos esfuerzos y la tenacidad de estas personas que siguen trabajando por preservar viva la memoria lo que realmente nos siga recordando la trascendencia de lo que allí sucedió y que, a falta de justicia, visibilice la realidad de que por más de tres décadas ha habido una mano negra detrás de este caso que no ha dejado -y que parece que no va a dejar- conocer la historia completa.

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