Teología para la paz

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"El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor; más el que tiene misericordia del pobre, lo honra" (Proverbios 14:31)

Por Juan David Cabrera Arocha.

La teología de liberación, en su variante católica, se fundamenta en la idea del amor al prójimo que predicaba Jesús. Pero este prójimo, como nos los recuerda el padre Gustavo Gutiérrez, precursor de la teología de la liberación, no puede verse aislado de las relaciones sociales en las que vivimos. El prójimo es la raza oprimida, la clase social explotada, el género inferiorizado; la salvación solo sería posible con la liberación de todos estos grupos oprimidos. Lamentablemente, nuestra estructura social actual mantiene el privilegio de unos pocos y la subordinación de la mayoría, en lo que se conoce como el pecado estructural. Pecado que se manifiesta con las vidas invivibles de la mayoría de habitantes del mundo, y por supuesto de Colombia. Pecado que solo cesará cuando se subviertan estas estructuras.

La teología de la liberación rescata el valor que tienen las religiones del mundo cuando se usan sus enseñanzas espirituales para fundamentar las luchas sociales, y así construir una sociedad más justa. Ese anhelo de justicia social se puede apreciar en las palabras que recientemente dijo el arzobispo de Cali, monseñor Darío de Jesús Monsalve, cuando afirmó que el gobierno de Duque promueve “una venganza genocida para desvertebrar, desmembrar completamente la sociedad, las organizaciones sociales y la democracia en los campos y en los territorios”. Incluso en el Vaticano, a través de Monseñor Bruno Duffé, ha apoyado al arzobispo indicando que este representa “el grito de los pobres y el grito de la tierra”.

Tristemente, otras vertientes del cristianismo en general y del catolicismo en particular se han aliado con el opresor, y han usado las enseñanzas espirituales para justificar una estructura injusta, un sistema social profundamente desigual. Vertientes cristianas y católicas apoyaron el no a la paz con una retórica vengativa y patriarcal. Muchas apoyaron la candidatura del candidato uribista a la presidencia olvidando que, durante el mandato de Uribe, el estado asesinó a diez mil personas en su inmensa mayoría pobres, en lo que se conoce con el eufemismo de “falsos positivos”.

Fiel a la tradición uribista, solo durante este año de mandato de Duque hemos visto el asesinato de 152 líderes sociales, muchos de los cuales eran indígenas y negros, muchos cuya muerte fue causada porque el estado no ha cumplido con su compromiso de defender a estas personas. Esto sin mencionar el asesinato de 29 desmovilizados de las Farc, también este año, quienes le habían apostado a la paz. Es lo que el profesor argentino Walter Mignolo calificaría como un genocidio a cuentagotas. Una venganza genocida.

Necesitamos una transformación radical de la sociedad. Necesitamos una teología de la liberación, no de la opresión; necesitamos una teología para la paz, no para la guerra.

*Investigador de Dejusticia

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