Tres Consejos del Dalai Lama para la Paz en Colombia

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Por: Lorena Gómez*

Las cámaras sonaban mientras él entraba a la sala caminando a paso lento hacia nosotros. Todos inclinamos la cabeza uniendo nuestras manos pronunciando al unísono "tashi delek your Holiness”, el saludo en tibetano. Yo me senté expectante e inquieta buscando cómo acomodarme en el sofá con el vestido tradicional que unos amigos Wayúu me habían regalado. Una vez sentados todos, quien moderaba el encuentro introdujo a nuestro grupo:

-“Su Santidad, ellos son jóvenes generadores de paz en distintas áreas del mundo. Cada uno va a decir su nombre y país de origen.”

Pero el Dalai Lama interrumpió el momento. Nadie sabía qué esperar. Con un movimiento suave se puso el micrófono y dijo: 

-“Para mí, la mejor forma de presentación es ver cada rostro que tengo en frente. Cuando veo dos ojos, una nariz y una boca iguales a los míos siento que somos el mismo ser humano. Realmente a mí no me importa cuáles son sus países o sus creencias, eso es secundario! Hacemos demasiado énfasis en las diferencias pero eso crea más división. El remedio para esto es ir a un nivel más profundo y decir que somos uno porque mental, emocional y físicamente somos lo mismo. Pero bueno, como para la gente suele ser importante esto de presentarse, aunque para mí no mucho, por favor continúen" concluyó riendo.

Dharamsala es una ciudad pequeña al noroeste de India donde los tibetanos han creado su segundo hogar durante los últimos 61 años. En octubre del año pasado, 3 colombianos y otros 22 líderes de paz provenientes de países en conflicto como Siria, Irak, Afganistán, Somalia, entre otros, viajamos hasta allá para conocer al Dalai Lama y recibir sus consejos.

El líder que los mismos monjes budistas han visto contadas horas de su vida, dedicó dos mañanas enteras a escucharnos y hablar con franqueza sobre los dilemas y contradicciones que todos los miembros del grupo le transmitimos. Eso pasó delante de 41 mil espectadores a nivel mundial. Pero aún más interesante fue almorzar juntos momos, verduras salteadas, banano, pan y té detrás de cámaras, rodeándolo mientras nos hacía sus chistes, muecas y risitas inocentes.  

Su mirada fresca de la realidad recuerda que todo lo que sentimos, positivo o negativo, es cuestión de percepción. Según él, nuestra tarea más importante es hacernos más conscientes y responsables de los pensamientos y emociones que rondan nuestra mente, identificando lo que generan en nosotros y por ende en el mundo que nos rodea. ¿Para qué desperdiciar nuestra vida sufriendo si ninguno sabe cuánto tiempo vamos a estar aquí?  

Este es un breve recuento de los tres consejos que él considera vitales para promover una forma de ser pacífica; una idea muy distinta a la de “construir paz”.  Una cosa es la paz y otra los acuerdos para lograrla.

Antes que nada, hay que mostrar el verdadero problema

El Dalai Lama dice que los problemas del mundo (y Colombia no es la excepción) son creaciones humanas en su mayoría. Nacen de la crisis que tenemos en nuestro interior: son resultado de múltiples decisiones mal tomadas por personas que actúan de forma egoísta, con estrechez de mente y visión de corto alcance. 

Nos recomendó recurrir a la meditación analítica y no solo tranquilizante, para identificar cuál es el verdadero problema que debemos resolver: “Necesitamos investigar y analizar, no solo tener fe! Si solo nos dedicamos a rezar estamos desperdiciando la capacidad de nuestra mente. Con la meditación analítica la intención es ahondar en el por qué de las cosas y transformar nuestra mente en el proceso.”

Para practicarla nos dio los siguientes pasos, los mismos que Buda enseñó para analizar el sufrimiento: 1) Reconocer cuál es el [verdadero] problema para poder superarlo. Hay que analizar y mostrar cuál es la razón del sufrimiento. 2) Buscar entender el problema a profundidad analizando sus raíces: ¿por qué pasó? Si no lo hacemos, es muy posible que nuestras acciones al respecto resulten siendo superficiales 3) Preguntarse con franqueza si lo que está generando el problema tiene solución o no. Si analizamos que sí podemos tomar acción, no hay por qué preocuparse, y si no, tampoco tiene sentido hacerlo. 4) Pensar en cuál es el camino para alejar ese sufrimiento: ¿qué podemos hacer para resolver el problema? ¿qué tendría que cambiar y cómo podemos hacerlo? 5) Una vez tenemos una respuesta, decir “deberíamos hacer” no es suficiente. Es importante aceptar la realidad y actuar con determinación, esfuerzo y altruismo. Con esos tres elementos la confianza en nosotros mismos se mantendrá fuerte sin importar las dificultades.

Sanar el origen del sufrimiento de cada uno

Debemos comenzar por sanarnos a nosotros mismos. Cuando creamos nuestra propia paz mental, toda la vida se estructura de forma pacífica a nuestro alrededor. Así nos convertimos en un ejemplo coherente para que otros empiecen el mismo proceso. Observando nuestros problemas, no queda otra opción que aceptarlos, aplicar la meditación analítica y tomar acción.

“La sanación del trauma en las personas es fundamental, especialmente en los jóvenes. Déjenlos compartir y discutir lo que sucedió. Si las personas continúan teniendo mentes perturbadas, la violencia volverá. Organicen sesiones con personas que hayan pasado por experiencias traumáticas. Tenemos que entender cuál es el origen de su sufrimiento para poder transformarlo(…) Otros podrán usar armas pero eso no es sostenible. Solo la verdad es sostenible a largo plazo.”

Contrario a lo que se cree, la compasión y el principio de no violencia nos hacen más fuertes

El Dalai Lama explicó que los humanos somos animales sociales que buscan amor y evitan el sufrimiento. Esto nos hace tener un punto en común sin importar nuestras creencias políticas y religiosas. Al igual que nosotros, la persona con la que experimentamos emociones difíciles en el fondo busca evitar su sufrimiento. Reconocerlo activa nuestra capacidad biológica de sentir compasión.

Dijo que la violencia es un instrumento de la rabia, una emoción sin base sólida. Cuando alguien la ejerce muestra su debilidad y pierde su identidad en el proceso. Escoger la no violencia no solo es el camino para solucionar conflictos, sino para que nuestra paz interior y discernimiento crezcan. Ese es el verdadero coraje.

Los invito a que vayamos más allá de nuestra cercanía limitada a este o aquel grupo o identidad, y en su lugar cultivemos un sentido de unidad con toda la familia humana. La actitud de ‘nosotros’ contra ‘ellos’ puede, y a menudo conduce a conflictos, incluso a la guerra. Mucho mejor y más realista es pensar en términos de ‘todos nosotros’.”

- ¿Alguna vez los colombianos hemos considerado lo que tenemos en común, “eso” que nos une más allá del fútbol? ¿Qué valores interiores nos caracterizan o cuáles quisiéramos cultivar como sociedad?

Antes pensaba que las víctimas y victimarios eran quienes tenían traumas por sanar. En Dharamsala entendí que ese proceso nos compete a todos porque crecemos y vivimos inmersos en actos, palabras, pensamientos y agresiones físicas muy violentos. Ese dolor que hemos acumulado por años está silenciosamente guardado en nuestro cuerpo.

Como nosotros no sabemos qué significa vivir en paz, solo la imaginamos como ausencia de conflicto. Si escuchamos al Dalai Lama el cambio está en que aprendamos a vernos y a ver a los demás con compasión. Este y otros valores como la no violencia y la armonía harían que la paz interior y la exterior se conviertan en un camino en lugar de ser “un destino” al cual llegar.

Regresé al país considerando que crear una nueva receta de símbolos y valores nacionales nos ayudaría a imaginar una forma de ser distinta. Podríamos empezar por replantear el himno, la bandera o cambiar el término ‘víctimas’ por ‘sobrevivientes’ y ‘dolor’ por ‘dignidad’. También podríamos entablar más relaciones diplomáticas con países que promueven la no violencia para aprender de ellos, por ejemplo.

* Antropóloga - Youth Peace-Builders Exchange with H.H.D.L. Fellow - US. Institute of Peace

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