Un cumpleaños en medio de una pandemia

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La fecha de cumpleaños es otra construcción social como todas las demás en las que estamos inmersos, al final eso –claro–, es lo que nos hace humanos. Entonces se acerca esa fecha en medio de una pandemia y la escena no puede ser más surreal. Por supuesto, ese sentimiento de onminpresencia con el  que generalmente todos y todas cargamos nos hace llenarnos quizás de nostalgia, quizás de tristeza.

A mí la sensación que más me ha conducido en estos casi dos meses de “encierro” ha sido la de habitarme a mí misma. Cada vez que alguien me pregunta cómo me siento, la respuesta es: pasmada. Me siento pasmada porque me siento presente como nunca antes. En la vida siempre me ha guiado el movimiento, y pareciese tan paradójico que hasta una lesión en la espalda me detuvo de lo que me ha acompañado también siempre: bailar. Y que era mi refugio en estos días de “irrealidad”.

Entonces entendí que cuando Virgina Woolf hablaba de la necesidad de una mujer de tener su habitacción propia, no solo se refería a una física, se refería también a habitarse plenamente, completamente en un mundo que espera que nosotras las mujeres nos conformemos con habitar moldes, y que sirvamos sin límites a otros.

Hoy, en esto que llamamos cumpleaños, en medio de una pandemia, en un pequeño apartamento en París, sola, me siento más habitada que nunca. Obviamente vivo en una pugna constante, precisamente, entre todas esas construcciones que me acompañan y las que yo quiero construir.

Esas construcciones de una clase bogotona media-alta, odiosa, arribista, llena de restricciones y formas rígidas. Esa clase que nos divide desde la niñez entre A y B literalmente, entre los chicos y chicas que van a un colegio calendario B (de la élite) y los que no. Esa clase que te mide por tu ropa, tus viajes y por las veces que vas al club.

Sin lugar a dudas una clase gobernada por hombres, esos que nos recuerdan a las mujeres cuál es el rol que debemos cumplir para su complacencia. Esa que no acepta crítica, que te dice por quién votar, porque qué oso ser un mamerto. Esa que va todos los domingos a la iglesia y hace obras de caridad, pero que no está dispuesta a compartir los espacios públicos, que no acepta la diversidad y que por lo demás niega a sus ancestros. Esa que utiliza como recurso “las buenas maneras y la educación” para acallar a los que piensan diferente y a los que piden justicia.

Esa clase que me acompañó gran parte de mi vida, esa por la que sufrí tanto cuando por circuntancias que no relataré aquí me abrió tantas heridas. Sin embargo, esas, las circunstancias de las que aquí hablo, me abrieron la mente a un mundo que de lo contrario quizás jamás habría conocido. Empecé a tomar mis propias decisiones y a ser consciente de que mucho con lo que cargaba no eran más que imposiciones externas.

Luego supe que mi género también traía consigo pesos que nadie me preguntó cuando nací, un día como hoy hace 29 años, si quería cargar, si eso era lo que quería habitar. Nadie me preguntó si quería venir a un mundo que me apreciara por mi belleza antes que por mi inteligencia.

Así han sido estos 29 años de ires y venires preguntándome qué hay más allá de lo que me dijeron que era lo honorable, lo correcto, lo adecuado. A los 17 años dejé de ir a la iglesia –mi mamá aún sufre en silencio– pero también supe que jamás juzgaría a quien lo hace porque sería simplemente repetir lo que tanto condeno. Lucho todos los días por no volverme una tirana frente a esos que viven en esas formas, me cuesta profundamente y quizás por eso tuve que venir a vivir lejos. Lejos sufro de otros prejucios por ser latina, así que supongo que huir nunca es la salida.

La salida, sin sentirme una portadora de la verdad, es aceptar que soy todo eso, mujer, latina y que traigo en mí muchas de esas formas de clase que no me gustan –y otras que sí–. La salida es tratar, aunque falle, de ser consciente de ello, para cuando retorne el movimiento no olvidarme que nadie más que yo misma debe habitar este cuerpo.

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