Paro nacional: así avanzan las marchas en Colombia

hace 1 hora
Por: Camilo Álvarez

Un libro, un documental y una canción para recuperar la esperanza

¿Cómo no dudar de nuestra capacidad de superar el conflicto? ¿Cómo no sentir que la oportunidad histórica de mayor democracia se nos escapa de las manos?  El esguince de un sector de las farc-ep en retorno a las armas; Uribe Velez y su empecinada voluntad de guerra - sea nacional o internacional - y el crecimiento de la violencia política regional que pone en riesgo las elecciones locales del 27 de octubre traen consigo un desaliento propio de nuestro eterno retorno. 

Henos aquí 100 años después, con el corazón jugado al azar corriendo el riesgo que nos gane la violencia. “Hay cosas que están cambiando y ustedes no ven” nos dijo el padre Alberto Franco en una conversación acerca de las comunidades de paz del Chocó con la sabiduría que da el tiempo de aceptar que los cambios son lentos, también de recordar que cuando se avecinan cambios la pulsión y tensión hacia el pasado se hace más fuerte. Y en Colombia la guerra tiene más intereses en el pasado que en el futuro.        

Como un regalo de vida llegaron un libro, un documental y una  canción esta semana. Guayacanal, el más reciente libro de William Ospina, un acto de viajar hacia el pasado y hacía uno mismo, una invitación a vernos por dentro y descifrar nuestras raíces o al menos a sentirnos parte de algo más que de nuestro paso efímero. Una radiografía narrada en la voz de la colonización campesina, cafetera y guaquera. De las señales del siervo sin tierra que nos forjó como nación. Una foto en donde la belleza de las pausas de la guerra en nuestra historia, muestra que entre periodos de paz se es mejor sociedad y el rol fundamental que el campesinado ha jugado hasta nuestros días.

Cuenta Ospina la colonización campesina en los albores del  siglo XX movilizada por buscar tierra, donde el campesino encontró: 1) Que hasta la más lejana selva tenía dueño y 2) Que esas tierras habían sido habitadas mucho antes por pueblos indígenas. En la historia relatada las guacas -hallazgos arqueológicos de los pueblos exterminados o desplazados- terminó siendo la moneda con la que familias compraron tierra a terratenientes, tierras que en la bonanza cafetera forjaron pueblos en ciudades intermedias y dignificaron la vida de miles mostrando que el campo es generador de riqueza y cultura. Luego volvería o llegaría la guerra a esos lugares expulsando a miles a las ciudades. Un ciclo que aunque aciago muestra la fuerza colombiana y la irrevocable vocación de trabajo. 

“Bojayá, entre fuegos cruzados” es un documental realizado por Oisin Kearney y producido por la comisión interétnica de la verdad región pacifico CIVP que recoge la memoria de la masacre ocurrida en Bellavista la vieja el 2 de Mayo de 2002. A través de varios de sus liderazgos, en especial el de Leyner Palacios, nos da un retrato en el que se entiende la relevancia territorial del Chocó, las disputas de recursos naturales, los vejámenes de la guerra y la consecuencia/dignidad de las víctimas en la exigencia de sus derechos, en la decisión de asumir la paz y la reconciliación como camino para superar los males patrios.

Un viaje a la Colombia profunda que, sostenida en comunidad, ha hecho sociedad diversa, que interpela otro ciclo de exclusión: el de los consejos comunitarios, los cabildos indígenas y las organizaciones campesinas que se adentraron en la selva buscando libertad o protegiendo su casa ancestral. Bojayá nos muestra con claridad que aun con la mayor riqueza el extractivismo y  la violencia son generadores de pobreza. Un ciclo de 80 años después de Guayacanal en el que de nuevo gente con dinero se creyó dueña de una tierra que no conoce, impuso un nuevo ciclo de violencia y despojo en el que las comunidades otra vez fueron las más afectadas y menos vistas. 

En los dos casos, fueron las comunidades quienes abrieron los caminos, hicieron los puentes, construyeron sus casas, las iglesias, las escuelas. Son las comunidades las que cuidaron su entorno e hicieron de sus culturas la herramienta de sobrevivencia y supervivencia en territorios diversos y complejos. Comunidades con líderes como Leyner que gestan estado y ciudadanía, que promueven hacer en sus pueblos lo que el estado no pudo y tampoco quiso. Las lecciones de Bojayá sobre la paz, sobre la necesidad de insistir en el cumplimiento de los acuerdos, sobre el perdón y la reconciliación sin evadir responsabilidades y sobre un camino abierto sobre el cual aún queda mucho por andar, conmueve al tiempo que anima. 
Nos repetimos durante el proceso de paz que las víctimas eran las protagonistas, que el centro de atención e implementación era intentar reparar el daño y mejorar las condiciones de vida en el campo y regiones. Y las comunidades y sus memorias siguen enseñándonos, cuando hay incertidumbre, son las comunidades las que no cesan de enviar señales y lecciones de por dónde continuar, como en el libro y el documental.

La canción se llama Buenos Días Campesino y la canta Jorge Veloza:

Soy hijo de campesinos/ y lo canto con orgullo
Campesinos son los mios/como lo han sido los tuyos
Que vivan los campesinos/ y que los dejen vivir
Que el campo sin campesinos/que el campo sin campesinos existe sin existir.

@CamiloAlvarezB

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