Por: José Obdulio Espejo Muñoz

Un oficial, un caballero

Quise utilizar el nombre original de este filme estadounidense ochentero para titular esta columna, espacio en el que brevemente relataré un episodio que marcó mi vida militar para siempre.

Corría el mes de julio de 1992 cuando culminé mi curso como oficial del Cuerpo Logístico y Administrativo del Ejército en la Escuela Militar José María Córdoba en Bogotá. Al dar lectura a los traslados se me indicó que debería presentarme en el comando de la Octava Brigada en Armenia, para la fecha una ciudad que me era desconocida a mis escasos 22 años de edad.

El oficio remisorio en mi poder marcaba un domingo a las ocho a.m. como día y hora de presentación. No me pareció extraño, pues en la milicia se trabaja 24 horas, pese a que el lunes era festivo por aquello de la Ley Emiliani. De la terminal aérea de Armenia tomé un taxi que me condujo al cuartel general de la unidad operativa, arrastrando penosamente conmigo dos valijas en las que llevaba mis escasas pertenencias. ¡Oh sorpresa!, en este recinto sólo estaban los soldados que ese domingo prestaban su turno de guardia.

Le pregunté a uno de ellos si había un casino para hospedarme, recibiendo un no rotundo por respuesta. "Vaya al Batallón de Servicios, mi teniente; quizá allí encuentre dónde pasar la noche", señaló el imberbe soldado. Con un ademán me indicó que la unidad quedaba pasando la calle.

Ya en el lugar, me identifiqué ante el sargento comandante de guardia del batallón, explicándole mi contratiempo. Con su mano señaló a un uniformado, que resultó ser un teniente que, ese domingo, fungía como oficial de servicio de esta unidad. "Aquí no hay donde alojarlo, Espejo; vaya hasta el Cisneros y tal vez allí tengan una habitación disponible", me dijo sin ofrecer mayor solución.

Miré el interior de mi billetera, en la que apenas había tres o cuatro billetes que reunidos sumaban escasos 50 mil pesos de la época. Este dinero alcanzaba para sobrevivir un par de días, claro está sin costear una habitación de hotel o sufragar constantes viajes en taxi.

Pese a todo, continúe mi odisea sin tener posibilidad de otras opciones.

Un taxi me condujo hasta la entrada de la sede para la época del Batallón de Ingenieros Militares Francisco Javier Cisneros. Mi primer contacto fue con el oficial de servicio de esta unidad, quien, a esa hora, pasaba revista general de la guardia y el dispositivo dispuesto en el lugar.

Luego de identificarme con la debida diligencia y mostrarle el oficio con el que era remitido por traslado, lo puse al tanto de mi necesidad de tener un sitio para alojarme hasta la mañana del martes. "Espejo, el casino está full...", me dijo. Cuando todo parecía perdido y las esperanzas se esfumaban como agua entre las manos, su voz de mando rasgó el silencio que reinaba en el lugar: "Mi sargento, un número de guardia". En milésimas de segundos, un soldado enérgico ˗como decimos en nuestro particular lenguaje˗ estaba parado frente a nosotros.

"¿Qué ordena, mi teniente?", preguntó este soldado con cara de niño. "Acompañe a su teniente Espejo hasta el casino. Dígale al administrador que él va a dormir en mi habitación. También dígale que sume a mi cuenta lo que él consuma y lo incluya como extras de alimentación", señaló aquel oficial que había conocido minutos atrás.

"Mire, Espejo, yo estoy de servicio y tengo que dormir en la guardia. Así que mi habitación está libre y usted la necesita. Allá encontrará toalla, chanclas para el baño y crema dental. Utilice lo que necesite", me dijo con un tono de voz paternal que me dejó tranquilo. Desde ese día vi en este superior a un amigo. Él me dio una lección de vida. Me enseñó a brindar ayuda desinteresada y a tender la mano generosa a quien, como yo, llega por primera vez a un lugar por traslado. Ser ese guía que todos requerimos alguna vez en nuestras vidas.

Lo he visto crecer en la milicia con honor, honradez y rectitud. Hasta fui testigo de cómo se enamoró de una odontóloga que hacía su rural en el Batallón de Artillería San Mateo ˗donde fui finalmente a parar en esos primeros meses de vida militar˗, con quien finalmente contrajo nupcias y hoy tiene un hermoso hogar y dos hijas.

Ese oficial es el hoy brigadier general Mauricio Moreno, actual comandante de la Segunda División del Ejército. Su nombre salió a relucir en uno de los artículos de la revista Semana en los que se habla de corrupción en el Ejército. Específicamente en el escrito en el que aparecen los facsímiles de formatos en los que oficiales del oriente del país se comprometen a mejorar sus resultados operacionales, lo que muchos han interpretado como el resurgir de los mal llamados falsos positivos.

A esta ligera conclusión han llegado muchos, tras conocerse la publicación de un artículo en The New York Times en el que se detallan las órdenes del comandante del Ejército sobre efectividad y resultados de las tropas bajo su mando. Pues bien, el único pecado del general Moreno es el de cumplir la orden de su comandante y plasmar sus propósitos en un papel.

Lástima, como dijo el Papa en una reciente entrevista al referirse a los pecados de la prensa, que la unidad investigativa de Semana no haya ido más allá. Quizá así habrían conocido de primera mano la trayectoria del general Moreno, además de constatar que él no tiene investigación de ningún tipo en su contra. Quizá también hubiesen documentado su trabajo social en Cauca y Chocó y cómo, en las fuerzas de tarea que comandó en estas regiones olvidadas, privilegió las desmovilizaciones sobre las capturas o las muertes en combate.

Sé, además, que un hombre creyente como él jamás ha cohonestado con el delito y mucho menos se prestaría para asesinar inocentes como conjetura Semana en su escrito. Sé, también, que él no estaría de acuerdo con estas líneas, pero el deber de la amistad obliga. Él también me enseñó la primera ley de la amistad: “a los amigos sólo pedir cosas honradas y sólo cosas honradas hacer por ellos”.

 

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