Por: Juliana Bustamante Reyes

Una nueva oportunidad

Los últimos días han sido especialmente movidos frente a los temas de paz y reconciliación en Colombia.  Los procesos de construcción de paz, luego de una negociación política y una desmovilización, han mostrado en otras partes del mundo, como en Colombia, que no son fáciles y que, generalmente, traen consigo una buena dosis de nueva violencia y revictimización. Ello obedece a que ese tipo de acuerdos no convencen ni convienen a todos los sectores porque, de hecho, afectan a algunos que viven de la guerra desde lo político o desde lo económico.

Con el anuncio de Iván Márquez, Jesús Santrich y el Paisa la semana pasada de rearmarse para seguir luchando con miras a refundar la patria, hecho mediante un manifiesto absurdo de cerca de 35 minutos, que, por obvias razones, solo le llegó a la opinión pública a pedazos, confirmamos que la apuesta por la paz, nunca fue de todos los que dijeron que estaban comprometidos con el proceso. Las muestras de lo forzado que para algunos resultó ese acuerdo, se vieron desde el principio y evidenciaron, además, una lucha de poder dentro de las propias FARC. Así, mientras el Paisa y Santrich nunca quisieron desmovilizarse ni dejar atrás la ilegalidad, lo que se percibe de Iván Márquez es su rechazo a ser el ‘segundón’ del grupo reinsertado, detrás de Rodrigo Londoño. Y el resultado de todo este espectáculo -que no debería sorprender- es que, de un lado, el país está viendo a unos jefes políticos serios y comprometidos con la reinserción y la paz; pero de otro, está devolviendo a los nostálgicos de la guerra fratricida, la esperanza de volver a ése, que parece ser el estado natural de Colombia.

Hace menos de un mes celebramos el bicentenario de nuestra independencia que el Gobierno decidió presentar como un período en el que no hemos salido de una guerra para entrar en otra con gran orgullo y valor. El mensaje no fue encaminado a construir sobre el avance de haber logrado desmovilizar a la guerrilla más antigua y fuerte del continente, sino a exaltar la capacidad guerrera de nuestro ejército. Nada más adecuado para responder a esta narrativa que el reencauche de un reducto guerrillero que desde ya amenaza con acciones terroristas en favor de los abandonados de siempre. Esos manipulables en el territorio a quienes, a pesar de sus suplicas, el Gobierno no ha acompañado con determinación en su tránsito a la paz. En tiempos de elecciones, todo este escenario instrumentaliza la confianza de tantos colombianos en la transformación del país.

Sin embargo, y a pesar de todo, conviene también encontrar en estos obstáculos, oportunidades. La crisis del proceso que se ha venido fraguando desde hace meses y que la semana pasada se concretó con ese mensaje desde la selva, nos presenta nuevas posibilidades que vale la pena rescatar. En primer lugar, nos estamos encontrando ante un nuevo liderazgo político de personas que decidieron -realmente- cambiar las armas por los argumentos y que le dan la cara al país, incluso en sus peores momentos; que plantean visiones distintas de país pero que lo hacen en el marco de las normas y la deliberación política propia de una democracia. Por su parte, las reacciones de algunos ante ese mensaje aclaran también ante todo el país las posturas políticas guerreristas que se disfrazaban con falsas pretensiones por una paz distinta.

En contraste con esto último, la revelación de la semana pasada puede ser la mejor oportunidad para que el Presidente, después de haber estrechado las manos con el líder del recién creado partido FARC hace unos días, asuma de una vez por todas, una posición que ha insinuado, pero que no ha logrado precisar frente a los esfuerzos por avanzar en el camino de la reconciliación. No le queda fácil siendo parte de un grupo político manejado autocráticamente, pero está en la única posición que le permite encontrar su propia voz en este crucial asunto.

A los ciudadanos, de otra parte, la traición cantada de los guerrilleros que hoy se levantan como simples delincuentes de una banda criminal, este evento puede servirnos para encontrarnos en los asuntos que a todos nos interesan como colombianos; para entender que tal vez la paz imperfecta que se ve en el Congreso, es mejor que la guerra que plantean los disidentes desde el monte. Como nación, en todos los niveles, ésta puede ser la ocasión para unir esfuerzos encaminados a fortalecer el proceso de reconciliación, a revisar los errores que se han cometido, pero a no perder el norte de movernos hacia adelante, teniendo la construcción de un país diferente como derrotero. Las víctimas de este largo conflicto que también creyeron en construir una mejor Colombia, se merecen nuestra determinación por seguirlas reconociendo, honrando y reparando, sin olvidar su dolor, pero tampoco su esperanza.

 

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