Ingresó al grupo armado ilegal cuando tenía 13 años

De guerrillera a guerrera: una excombatiente que rehace su vida en Bogotá

Lejos del campo y del conflicto, hoy, en la capital, una exguerrillera de las Farc comienza de nuevo su vida. Tiene 25 años y sueña con ser comunicadora social.

Ecomún es un fruto de la Paz y recientemente estuvo mostrando sus productos en Agroexpo. / Fotos: Cristian Garavito

Con tono de voz bajo, en medio del bullicio de una cafetería cercana a la Plaza de Bolívar, en Bogotá, María Alejandra* dice: “Cuando la entregué sentí que perdí una parte de mí —guarda silencio un instante—. Nosotros ya habíamos hecho una dejación de armas antes de la firma del Acuerdo de Paz”.

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Ese día, el 14 de mayo de 2017, su vida se partió en dos. Entregó su AK-47, un fusil de calibre 7,62 mm, que la acompañó más de la mitad del tiempo que estuvo en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). “Ese momento me llevó a muchos recuerdos, a muchos lugares en los cuales hubo historias, sacrificios y sufrimientos”, recuerda.

Ella ingresó a la guerrilla cuando apenas tenía 13 años y aunque no se considera una víctima, al insistir que se sumó a las filas por voluntad propia, para la ley su caso fue un reclutamiento ilícito. Ella fue uno de los 16.879 niños y adolescentes que participaron en el conflicto, de acuerdo con registros del Centro Nacional de Memoria Histórica.

María nació en 1994 en Arauca, pero se crió en San Vicente del Caguán (Caquetá). Ahí tuvo su primer contacto con la organización armada ilegal. “Desde que tengo memoria recuerdo a las Farc. Conocí sus campamentos cuando estaba pequeña”.

Con el arma encima

Un año tardó María en aprender a usar un arma a la perfección; a identificar los postulados de Karl Marx y Vladímir Lenin, y a introyectar la ideología, que los comandantes del grupo difundían entre los militantes. A sus 14 años, en vez de estar estudiando para obtener su título de bachiller, como los niños de su edad, se estaba graduando de la “Escuela básica”, el primer espacio de aprendizaje por el que pasaban los miembros de las Farc.

Tras recibir esa preparación pasó a la “Unidad Normal Alexánder Martínez”, donde se formó como enfermera, en la selva de las Sabanas del Yarí (Caquetá). En esa época, con 17 años, entre clases de primeros auxilios y las responsabilidades impuestas por el reglamento, se enamoró de un joven, también guerrillero.

“Teníamos mucho en común. Al principio me parecía una locura, porque éramos buenos amigos, pero finalmente nos hicimos novios”, recuerda mientras clava su mirada en la mesa de esa cafetería. Allí también conoció el desamor. Después de un año de noviazgo, su pareja murió en un combate con el Ejército. “Su familia lo pudo enterrar, pero por cuestiones de seguridad yo no pude ir a darle el último adiós”.

Así, en el corazón del conflicto armado, perdió a muchos amigos y compañeros. Fue una víctima más de la guerra, al igual que miles de colombianos. Sin embargo, como a muchos niños, le tocó madurar a las malas. Al cabo del tiempo pasó a la inteligencia del “Estado Mayor del Bloque Oriental”, donde vivió la vida cotidiana de cualquier guerrillero y sus últimos días como combatiente.

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Soltar, otra oportunidad

El 26 de septiembre de 2017, cuando se firmó el Acuerdo de Paz en Cartagena, María Alejandra sintió emociones encontradas. Por un lado, felicidad porque consideraba que estaba dando un paso y un aporte para la construcción de la paz. Por el otro, incertidumbre al pensar que el Gobierno no cumpliera sus compromisos, “como está pasando hoy”, sostiene.

Sin embargo, no había vuelta atrás. A los días se mudó a uno de los “puntos de preagrupamiento”, en la vereda El Tigre, en el departamento del Meta. Luego fue a parar a una zona veredal, en Mesetas (Meta), donde homologó el bachillerato y sacó la cédula, que la acreditó como ciudadana colombiana. Además, obtuvo la amnistía, que selló su pasado como guerrillera de las Farc y le abrió la puerta a lo que sería una nueva oportunidad para empezar de cero.

En ese lugar estuvo seis meses, pues tenía un objetivo claro: ayudar a su madre económicamente. A partir de eso, decidió que era tiempo de salir y comenzar su nueva vida. Entonces se comunicó con una tía que vivía en Bogotá, quien se comprometió a ayudarla mientras se estabilizaba laboralmente. Esa estabilidad fue llegando de a poco.

Los primeros meses recibió subsidios del Estado y luego consiguió trabajo cuando ingresó a la empresa Economías Solidarias del Común (Ecomún), la primera gran cooperativa de las Farc. Esta tiene 125 formas asociativas, especie de microempresas que producen múltiples productos como carne de búfalo, cervezas y productos alimenticios.

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En medio de la cantidad de emprendimientos que nacieron con la paz, María Alejandra encontró un espacio en la Cooperativa Tejiendo Paz (Cooptepaz), que se dedica a fabricar uniformes para diferentes empresas en la capital. “Al principio no sabía ni cómo se prendía una máquina de coser”, cuenta. Sin embargo, ahora es toda una experta, como las otras 17 personas que laboran ahí, entre los que hay exmilitantes de las Farc o su familiares.

Ahora hay mucho trabajo, porque tienen un contrato grande con uno de sus principales aliados, Área Limpia, el operador de aseo que recoge la basura en la localidad de Suba. Ellos les fabrican los uniformes a sus empleados, puntualmente, a los que trabajan en las calles. Por eso, se han especializado en hacer overoles, camisas, botas y cachuchas.

Es imposible saber a simple vista que esta joven, a pesar de sus 25 años, tuvo una historia tan larga en la guerrilla de las Farc y en el conflicto. Ella, de estatura baja y de sonrisa amplia lleva una carga que le ha costado en la reincorporación a la vida civil: los estigmas, que la obligan a temer por presentar hojas de vida y estudiar en una universidad. No obstante, actualmente su apuesta es la paz, su arma, las palabras, y su sueño, ser comunicadora social.

*Nombre cambiado por petición de la fuente

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2019-08-16T22:00:00-05:00

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2019-08-16T22:00:01-05:00

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María Dilia Reyes Torres - [email protected] - @Madinewss

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