Ecoturismo para la paz: víctimas del conflicto lo promueven en Jamundí

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A través del programa de “Reactivación de rutas turísticas”, de la secretaría de Turismo de Jamundí (Valle del Cauca), quienes vivieron la guerra que azotó el sur del Valle del Cauca en la década de los ochenta y noventa ahora lideran caminatas ecológicas por lugares biodiversos que dos décadas atrás eran intransitables por ser considerados “zona roja”.

A poco menos de dos horas del casco urbano de Jamundí (Valle del Cauca), hay por lo menos siete ríos y cientos de cuencas hídricas poco transitadas. Estas cargan consigo la historia del conflicto armado que azotó este municipio, especialmente en la década de los ochenta y noventa, pero hoy, gracias al Acuerdo de Paz, se están convirtiendo en rutas bioturísticas.

Entre el 12 y el 19 de diciembre de este año, a través del programa “Reactivación de rutas de turismo”, la Alcaldía promovió 12 lugares ambientales y culturales que, en su mayoría, son desconocidos por la población porque durante décadas fueron catalogados como “zona roja guerrillera”. En Jamundí, históricamente hicieron presencia las guerrillas de las Farc y del Eln. De hecho, en 1999 el municipio fue conocido como “el refugio de la guerrilla”, por ser un sitio estratégico que conecta al Valle del Cauca con los departamentos de Cauca y Nariño.

La historia de Jamundí atraviesa a otros municipios del Valle, como Cali. En 1999 ocurrió el secuestro en la Iglesia La María, sector de Pance, en el sur de la ciudad. El 30 de mayo de ese año, hombres armados, que se identificaron como del Gaula, entraron a la parroquia alertando de un supuesto carrobomba, con el fin de que los 194 feligreses abandonaran el lugar. En camiones, los guerrilleros del Eln llevaron a las personas los Farallones de Cali. Uno de los lugares que atravesaron y en donde permanecieron unos días del cautiverio fue, precisamente, en el corregimiento de Puente Vélez (Jamundí). Allí, esta guerrilla arribó a un predio de más de 40 hectáreas que, para la época, estaba abandonado.

Ese predio es lo que hoy se conoce como la Reserva Natural Bonanza, un proyecto bioturístico liderado por María del Rosario Rodríguez, una contadora pública, víctima del conflicto armado que heredó de su familia el amor y la pasión por la naturaleza. “A nosotros nos había desplazado el Eln unos años atrás. Esa casa era de mis abuelos y tuvimos que salir de allí para irnos a vivir a Cali, entonces la casa quedó abandonada”, dice hoy, 21 años después del hecho.

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Ni ella ni su familia se enteraron de que el Eln había tomado el predio, que fue su hogar durante años, para mantener allí a los secuestrados. Fue a través de noticias y de información de la Fiscalía que se dieron cuenta de que donde un día había sido para ellos un lugar de tranquilidad, reinaba la zozobra. “Nos pidieron que aportáramos los planos del predio para que las autoridades planearan un rescate, veíamos en la televisión nuestra casa. Fue muy duro”, dice Rodríguez.

Por los rezagos de la guerra y el miedo al retorno, ella y su familia permanecieron lejos de la zona rural de Jamundí por 10 años más. Fue hasta 2009 cuando, por insistencia de los vecinos de la zona, regresaron a la casa con la intención de volver a hacer una vida lejos de la ciudad. “Pero cuando entramos nos dimos cuenta que de la casa que teníamos no quedaba nada, ya no estaba. Nunca repoblaron el lugar, que nosotros sepamos, pero este fue el centro de operaciones del Eln por un tiempo. Cuando volvimos esto parecía un solo monte, una sola selva”, recuerda María del Rosario.

Desde entonces, ella decidió tomar las riendas de esta herencia y levantar una reserva natural que fue la primera piedra para las rutas de turismo natural que se construyeron al rededor de este corregimiento. La Reserva Natural Bonanza lleva once años abierta al público y, más allá de ser un lugar ecológico y de cuidado ambiental, se ha convertido en un estilo de vida para Rodríguez, su familia, y quienes los visitan con la intención de desconectarse de la ciudad. “Además de hacer las caminatas y senderos, acá también hacemos yoga al aire libre, buscamos que las personas se conecten consigo mismas, por eso no tenemos energía ni conectividad, porque es un espacio para las personas. Comemos comida ancestral e incentivamos que la gente interactúe con los nativos, con la comunidad”.

Su trabajo ha escalado tanto que, este año, la Secretaría de Turismo de Jamundí, en cabeza de Arabella Rodríguez, la tuvo en cuenta para realizar la “Ruta de Las Brisas”, un recorrido de aproximadamente dos horas que desemboca en la llegada a los charcos Juanambú y Carbonero, dos de los afluentes más conocidos en la región. A esta ruta, que se desarrollo en la segunda semana de diciembre, asistieron unas 80 personas en ocho turnos de 10 personas.

El tour comenzaba en el Parque de los Cholados, uno de los sitios más icónicos de la zona urbana. Luego se dirigían hasta el corregimiento de Potrerito y, finalmente, entraban hasta la Reserva Natural Bonanza, donde María del Rosario dirigía el recorrido. “Fue una experiencia maravillosa porque cada vez que logramos que alguien venga acá, también logramos que dejen atrás los prejuicios que todavía hay sobre Jamundí y que se conecten con ellos mismos. Esto es la paz”.

Algo similar ha hecho Ramiro Velásquez, un hombre de 73 años que lleva 10 viviendo en el corregimiento de San Vicente. Su historia es la reencarnación propia de la resiliencia por el conflicto armado: Fue desplazado de su casa, hace 23 años, por las antiguas Farc. Vivió en carne propia el secuestro durante 12 días y hoy, después de su retorno, se convirtió en guía turístico empírico. De acuerdo con la secretaria de Turismo, Arabella Rodríguez, él fue una de las piezas claves para emprender este proyecto. “El alcalde nos pidió que hiciéramos algún programa para reactivar el turismo en Jamundí, de manera que se vieran beneficiadas las personas nativas y sus emprendimientos, entonces decidimos llamarlos a ellos, a quienes se recorren y conocen todo el territorio para armar los planes turísticos y promover estos destinos”.

Fue ahí cuando pensaron en Ramiro y en Fernanda Echavarría, una jamundeña amante de los viajes en montaña que, de manera autónoma, ha recorrido gran parte del municipio. Aunque Ramiro busca centrar su relato en los temas ambientales, es inevitable para él hablar de historia. “Acá uno le cuenta a la gente qué fue lo que pasó, fuimos muy azotados por el conflicto armado y eso dejó marca en todos. Yo cuento mi historia no para que me tengan lástima sino porque creo que es valioso que sepan en dónde están parados”.

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Su negocio no es sólo ser guía turístico, junto a su esposa también venden jugo de borojó, batidos y fiambre (un plato vallecaucano con carnes, papa y huevo, servido en hoja de plátano). “Estos lugares son maravillosos. Los ríos, los paisajes, queremos que la gente venga y conozca nuestro proyecto de vida, que es este”, cuenta el hombre. De lo que vivió en la guerra dice poco, apenas cuenta los hechos pero asegura que ni a su peor enemigo le desearía vivir el secuestro. “Nunca supe por qué me llevaron, seguramente es porque nosotros no queríamos irnos, nos negábamos a ser desplazados y aunque me soltaron pronto, es una experiencia que no quiero vivir nunca más”.

Ramiro Velásquez no tiene miedo de hablar sobre lo que se vivió en Jamundí hace 20 años. Dice, con certeza, que todavía hay presencia de algunos grupos armados, pero no en el corregimiento donde él vive. En los años que lleva ahí se ha dedicado a aprender los nombres y las historias de cada lugar icónico: sabe por qué el Charco La Ballena se llama así; conoce la historia de la Cascada del Indio y explica, una y otra vez, por qué los grupos armados elegían estas zonas para su control. “Nosotros somos mineros, acá hay mucha minería, nadie se imaginaba que podía vivir del turismo pero acá esa es la vocación. Eso y lo estratégico del corregimiento eran lo que nos hacía ser zona roja”, explica.

Por ejemplo, para Fernanda, era impensable recorrer la zona rural de su municipio dos décadas atrás. “Aunque nunca me ha dado miedo, uno sabía qué riesgos podía correr, pero ahora puedo decir que conozco Jamundí a la perfección, en mi bicicleta, y que conozco de su historia del conflicto por los relatos que cuenta la gente y no porque siga pasando”. Ella, junto a Ramiro, fueron los dos líderes de la Ruta “Estrella del Agua”, como le pusieron al tour ambiental por las cascadas del Mata de Guadua, El Indio y La Ballena.

Los esfuerzos por reactivar la economía local, que se vio fuertemente afectada por la pandemia, han sido muchos, especialmente a través de esta iniciativa y la acogida que tuvo entre los vallecaucanos. La secretaria de Turismo también habla de la historia de conflicto armado que vivió el municipio. “Acá hemos sido víctimas todos. Hace varios años se tomaron la Alcaldía, incluso”. Cuenta que la idea, inicialmente, era hacer una ruta turística del posconflicto en el sur del Valle del Cauca. Sin embargo, por petición de la comunidad prefirieron no centrar un recorrido turístico para hablar de este tema . Para Arabella Rodríguez, la intención es clara: “Esa historia hace parte de nosotros, no la podemos negar, pero ahora la idea es cambiarle la cara a Jamundí, que nos vean como un destino atractivo, muy biodiverso y rico, y no como un lugar peligroso o estigmatizado”.

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